El primero de julio confirmó el tejido vivo, la oposición constructiva, el no importa la circunstancia, la fragilidad interior y los sueños que aguardan sin cara, sin nombre, que buscan reconocerse y reconciliarse para asistir a su nuevo nacimiento, el del líder, el que camina hacia la tierra prometida, conduciendo al México agraviado, violento, que hoy, al menos en estos días, se(re) encuentra con la esperanza, la dignidad, el país que en estos momentos deja a un lado el desencanto, su denso malestar, su ira apenas contenida; celebra ofreciendo legitimidad, cauce democrático, instituciones preservadas, mayorías parlamentarias, cohesión social, participación masiva, civilidad; hoy, cuando se necesitaba, aparece la sociedad activa habitada por ciudadanos que encontraron en su voto el medio para expresar demandas, proyectos, agrupación social, inquietudes, reclamos, metamorfosis, mutación, capacidad de cambio.
El político de la tenacidad, plantea Silva Herzog, es “en esencia un hombre de principio único y visión fanática… No tiene dudas ni titubea y, por medio de la concentración de la fuerza de voluntad, de la brusquedad y el poder, logra pasar por alto gran parte de lo que sucede a su alrededor”, ¿en ese espejo se mira López Obrador? él, el político tenaz, duro, astuto, sensible, pero que, hasta ahora, solo ha hablado del pasado cuando el país necesita que hable del futuro, que transite de la prédica al diálogo, del poder concentrado al espíritu libertario en el que prevalezca el imperio de la ley, que pueda ir del mesianismo al respeto genuino por la crítica y la disposición a escuchar.
En este momento de triunfo quizá el mejor consejo sea evitar y/o de plano cancelar el tono profético, mesiánico, advertir el extravío que conduce al autoritarismo, en medio de la celebración la reflexión de Daniel Cosío Villegas es absolutamente oportuna, el historiador pensaba que Luis Echeverría “no está construido física y mentalmente para el diálogo sino para el monólogo, no para conversar sino para predicar”, pero la circunstancia es otra, hoy el país no puede transitar del discurso de la indignación al discurso religioso, la transición y el cambio deben reconocer la difícil circunstancia económico-social; la crispación política; la violencia e inseguridad, la corrupción; para construir el ánimo reformista por incierta y riesgosa que resulte su ejecución.
Mary Shelley da vida a un ser espantoso de movimientos torpes y semivitales, un monstruo que parece un arma terrible, detrás del demonio del doctor Frankenstein existe una parábola: el peligro que entraña jugar a ser Dios, el peligro de la ambición puede animar a la política y los políticos a liberar fuerzas (sociales en este caso) que dinamiten la democracia, nadie quiere eso. Sin sobrecargar de adjetivos y virtudes a la democracia, los problemas de la democracia pueden resolverse mediante una mayor democracia. La sociedad no tiene problemas con la democracia, hay problemas en la democracia, su solución pasa por la legalidad y legitimidad que otorga ella misma. Después de la fiesta cívica que vivimos los ciudadanos debemos asumir que sin el imperio de la ley, una constitución respetada, sin organismos reguladores que mantengan la transparencia y rendición de cuentas, sin políticas económicas y sociales que favorezcan la distribución del ingreso y la eficiencia de los mercados y el capital, sin todo eso, la democracia moderna no es posible.

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