El primero de julio nos ha dejado varias lecciones, la primera y más importante, nos enseñó que la alternancia democrática está ya firmemente anclada en la cultura política de los mexicanos, transitando esta hacia un valor fundamental: ser una sociedad realmente liberal-democrática. El reciente proceso permitió asumir la democracia como un ethos, como un modo de vivir y convivir y “por lo tanto, como una condición general de la sociedad (Bryce). Que la alternancia se haya consolidado afirma la transición y legitima la gobernabilidad, esa credibilidad le otorga, a partir del primero de diciembre al gobierno Federal por el momento, los apoyos necesarios y el consenso de las elites para impulsar un nuevo modelo de política social y económica, sin embargo, eso no significa un cheque en blanco. Los ciudadanos han aprendido con esa experiencia que con su voto deciden quién debe gobernar y cómo debe quedar integrado el Poder Legislativo, está afirmación evidente, obvia, terminó por confirmarse en todos los cuerpos de la sociedad, en la sociedad organizada, en los movimientos sociales reclamantes, en los sectores desmovilizados renuentes a la participación política, en resumen: una sociedad civil activa que obligó al Estado a ser sensible, receptivo y respetuoso de la voluntad colectiva. El primero de julio permitió transitar del desencanto democrático a la democracia liberal.

La jornada del primer domingo de julio nos enseñó también que no existen ganadores absolutos e invencibles, los ganadores de hoy pueden ser los derrotados de mañana. Que la agenda social y económica es la clave del triunfo (o la derrota), la primera, revela una sociedad que exige a sus miembros verse y tratarse como socialmente iguales. La agenda económica, de manera resumida, significa igualdad económica y por lo tanto redistribución del ingreso que persigue un bienestar generalizado. La continuidad del modelo económico-social que se instrumente dependerá de las respuestas y resultados que demanda la cargada agenda: corrupción, violación de los derechos humanos, violencia, crimen organizado, impunidad, seguridad, salud, crecimiento económico, empleo, educación y de manera muy destacada resolver la pobreza y desigualdad.

La administración que inicia el primero de diciembre alcanzará los consensos y legitimidad para conservarse como elite gobernante si además es capaz de consolidar los tres pilares, que según el politólogo Francis Fukuyama se necesitan para “llegar a Dinamarca”, esos ejes son: la transparencia y rendición de cuentas; una burocracia capaz y eficaz y un sólido Estado de Derecho. Que esa jornada electoral haya transcurrido, en lo fundamental, sin incidentes mayores, refuerza el clima de gobernabilidad y prueba que los mexicanos son capaces de coexistir en la pluralidad y más aún que esta, frente a la diáspora ideológica, es necesaria pues con ella se construye la vida democrática.

Otra enseñanza que nos deja ese momento electoral es que el llamado gobierno dividido, la fragmentación del poder político, no es necesariamente una realidad inamovible. Con la mayoría en los congresos, el gobierno cuenta con la legitimidad y respaldo para impulsar sus propuestas de política pública. Una enorme fortaleza si los resultados son exitosos, una debilidad en caso contrario. Por último, una verdad de Perogrullo, este primero de julio los ciudadanos y su voto sepultaron la dictadura perfecta (Mario Vargas Llosa) para fortalecer la convivencia democrática.

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