Las generaciones que nacieron a partir de la década de 1980 saben perfectamente lo que significa el término crisis, esta ha sido su permanente condición de vida. Sin embargo, en los ya lejanos años 1955-1970 México fue considerado como un caso exitoso de despegue económico, en el que la diestra aplicación de la política de estabilización había conservado el equilibrio macroeconómico a lo largo de un periodo de rápida industrialización y, por lo tanto, estaba fortalecido por el proceso mismo de crecimiento.

El país se encontraba frente al llamado desarrollo estabilizador, un periodo de crecimiento rápido sin inflación, proceso que ocurrió entre los años 1955 y 1970. Por varias razones es importante analizar los años referidos: la primera, porque el modelo económico instrumentado durante esos años probó su eficacia; demostró que México podía crecer a tasas del 6 por ciento del producto interno bruto (PIB), con una inflación por abajo del 3 por ciento. Es así que tenemos que preguntarnos: ¿qué estrategia lo permitió? Y, luego, ¿qué se hizo mal para que ese momento exitoso se perdiera?
De acuerdo con EK Fitzgerald, ese crecimiento estuvo acompañado por una rápida industrialización fincada en el conocido modelo de sustitución de importaciones, con la presencia de los problemas de intensidad de divisas, propiedad transnacional, creación limitada de empleo y concentración regional. Diversos análisis coinciden en que fue el extraordinario desempeño de la agricultura –como fuente de divisas y alimentos para las ciudades por un lado, y por el otro, como apoyo al ingreso rural y dique de contención a la migración interna–, lo que apuntaló al resto de la economía, desempeño derivado de las grandes inversiones estatales en
obras de irrigación e infraestructuras carreteras de las décadas de 1940 y 1950.

Pero el crecimiento agrícola se desaceleró a mediados de la década de 1960 hasta caer muy por debajo de la tasa de crecimiento de la población, principalmente como resultado de la declinación de la inversión pública. Frente a la experiencia económica reciente, este tema debe analizarse con minucioso cuidado, pues partiendo del muy exitoso comportamiento que el sector primario tuvo durante los años 2012-2018, donde la agricultura alcanzó un superávit cercano a los 35 mil millones de dólares, es preocupante que se esté proponiendo que los recursos para el campo se reduzcan sustancialmente.

Otra decisión que afectó al modelo de desarrollo estabilizador fue el mal logrado intento del gobierno de Adolfo López Mateos para llevar a cabo una reforma fiscal. Se pretendía elevar la carga impositiva federal de 8 por ciento del producto nacional en 1960 a 12 por ciento en 1965 y 16 por ciento en 1970. La base de esta reforma era el gravamen directo del ingreso a la propiedad. Sin embargo, para 1962 los intereses comerciales habían logrado detener la reforma y, de hecho, bajo el gobierno subsecuente de Gustavo Díaz Ordaz la carga fiscal se orientó hacia los salarios, con lo que las metas de la reforma lopezmateista estuvieron lejos
de alcanzarse.

En suma, la economía durante ese periodo confió no en la rigidez de los controles al crédito y de la oferta monetaria que controlaban la inflación y en las balanzas de pagos de tal manera que alentara un rápido crecimiento, sino más bien, en el tácito acuerdo entre los bancos y la Secretaría de Hacienda para financiar un modesto déficit fiscal a cambio de que no se llevara a cabo una reforma fiscal.

En la década de 1960 fue posible mantener bajo los impuestos las tasas de inversión pública y el déficit fiscal gracias a las reformas anteriores, pero haber cancelado la reforma fiscal fue, en buena medida, la razón principal del fracaso del modelo. Las lecciones que nos dejan esos años deben ayudar a reflexionar y atajar los efectos perversos de la recesión que viene; esta será menos severa si se instrumenta una reforma fiscal que ayude a reactivar la inversión pública y que ponga acento en el campo y en industrias, como en la metalmecánica y de la construcción.

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