El pasillo era amplio, una luz parpadeante le confería un tono de dramatismo; Diego podía estar en cualquier penitenciaría del país. Un custodio caminaba delante de él, podía ver el cuello percudido de la camisa color caqui. Sintió un dolor en el vientre, repugnancia, eso era, simple repugnancia por ese hombre y ese sitio. Sus pisadas marcaban el paso del tiempo, eran lo único real.
*
Sara relee lo escrito, nunca ha ido a las penitenciarías, pero no importa, buscó imágenes en Google.
Prepara una taza de café, abre justo a la mitad el libro que compró hace unos días, se coloca los lentes, enciende un cigarro; programa en la computadora una toma de foto, como si alguien la hubiera descubierto en un momento íntimo e intelectual.
*
En todos los noticieros y los cortes informativos se encontraba ese rostro grotesco de dientes pequeños, regordete, de mirada esquiva y pelo graso dando su testimonio. Le decían el Chango:
—A mí me pagaban por hacer mi trabajo y yo hacía mi trabajo —los dientes afilados se asomaban levemente—, me daban 600 dólares a la semana, la sosa y tambos grandes. Yo dejaba la casa lista para que las camionetas llegaran en la noche, dejaban los montones de cuerpos y yo aventaba uno en cada tambo, sosa y agua. Si no cabían, los tenía que cortar. Me cuidaba con guantes gruesos porque una gota que salta te quema con un dolor que te arde hasta adentro. Dejaba esos tambos dos días y luego tiraba el líquido en el patio, quedaban unos dientes y esa plasta como un caracol cuando lo pisas. Después nada.
Diego apagó el televisor y miró la fotografía de su familia, frente al restaurante a la orilla del mar, donde la gente hacía filas para comprar los tacos de pescado.
*
—Creo que los tacos de pescado están de más, no aporta mucho a la historia —le dijo su amigo escritor.
—Es para que se vea como una persona trabajadora.
—Puedes mostrarlo de otra forma y no tan melodramática, ¿a dónde va ese pasaje?
—Te leo el final: “Miró en la fotografía a su esposa, ¿hace cuánto tiempo no sentía su cuerpo? Ambos se habían convertido en la versión oscura y lamentable de sí mismos. Ahí estaba la familia rota, la ausencia de su hijo y su hija ahora tan distante, tan lejana, tan adulta, tan silenciosa y triste”. ¿Notaste que hice énfasis al final?
—Es cursi y tampoco aporta mucho.
*
—¡Avance! —gritó el guardia—, no tenemos todo el día.
Diego parpadeó para sacudir los recuerdos que le nublaban la vista.
*
—Sara, ¿de verdad vas a usar tanto lugar común como nublar la vista?
—Sí, a la gente le parece poético.
*
Siguió a través del pasillo gris. A lo lejos se escuchaba una voz enérgica contando del uno al dos repetidamente.
—Recuerde que no debe tener contacto físico —comenzó nuevamente el guardia— y tiene 15 minutos.
Los pasos como un minutero terrible que marcaban el tiempo.
*
¿Y si mejor antes de que llegue al final del pasillo hablo del hijo?, se preguntó Sara.
En su taller literario le habían preguntado ¿quién narra?, ella contestó que en una obra del narco siempre debe hablar un narrador omnisciente. ¿Siempre?, ¿de verdad estás diciendo eso?, le preguntó el tallerista. Ella levantó los hombros y sonrió. No importa quien narra, debe sonar triste y distante, porque hablar de la realidad del país solo puede ser dicho de esa forma.
El tallerista no la recibió el siguiente día.
*
—¿Qué pasó?
—Nada, papá. Un tipo molestó a Caro y… ya sabes.
—¿Ya te vio tu madre?
—Todavía no, se va a poner a llorar.
—No puedes andarte peleando, hay gente muy loca, armada.
—Lo ignoré mucho tiempo, ya nos íbamos a ir pero el tipo se acercó y le dio una nalgada. No podía dejarlo. Entonces lo empujé, llegaron sus guarros y me pegaron, cuando les iba a regresar el golpe nos sacaron a todos, el de seguridad nos acompañó al coche y…
—¿Sabes quién es?
—Nunca lo habíamos visto.
—Saca un bistec del refrigerador y póntelo en el ojo, no puedes ir así a la universidad.
*
Sara entra a sus redes sociales, su fotografía de ella leyendo cuenta con un centenar de interacciones. Sonríe.
Busca en Internet la nota completa del caso de Diego, una crónica larga en donde el padre cuenta lo que ha sido buscar a su hijo durante casi 10 años, a ella le pareció interesante la historia del Chango, pero no quería contarla sin la dimensión humana.
*
Cuando el guardia abrió la puerta iluminó la habitación gris donde estaba el Chango, con los ojos vidriosos y la boca apretada.
—Quince minutos —le repitió el guardia.
El Chango lo miró con indiferencia.
Diego se sentó frente al hombrecillo de rostro redondo.
—Vengo a hablar con usted —comenzó diciendo—, quiero saber si conoce este rostro —sacó de su bolsillo la fotografía de su hijo.
El Chango miró de reojo y negó con la cabeza.
—Mírelo bien, ¿se lo llevaron alguna vez?, mírelo bien, se lo suplico.
El Chango volvió a mirar de reojo y negó.
—Lo sacaron de mi casa que está muy cerca de la suya, lo sacó la gente del Dandi. Mírelo bien, ¿no le llegó este cuerpo?
El Chango negó con la cabeza y se mantuvo en silencio.
—Se acabó el tiempo, don —le dijo el guardia.
—¡Mira bien esta cara! —gritó Diego—, ¡dime, hijo de la chingada, si deshiciste a mi hijo, pinche criminal, basura de mierda!
Los guardias sostuvieron a Diego, el Chango se levantó en el mismo silencio y con la vista pidió que le abrieran la puerta para regresar a su celda.
*
Las groserías imprimen dramatismo, pensó Sara. La escena final fue la noche en que el comando armado secuestró al hijo de Diego, tenía que imaginar el dolor. Puso una película violenta y copió las escenas.
Sara envió a una editorial su obra, la cuota de género y el tema le abrieron rápidamente las puertas del mercado.
Presentó su novela en la ciudad donde ocurrieron los hechos y marchó frente a un contingente de familias que buscan desaparecidos, de la mano de Diego y su esposa.
Hoy planea su siguiente novela sobre una adolescente que vive en un cinturón de pobreza y no tiene más opciones en la vida que ser asesina.

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Estudió la maestría en subjetividad y violencia. Es editora independiente y se ocupa de la gestión de proyectos culturales en la revista binacional Literal Latin American Voices. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatín. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Foecah. Realizó una residencia artística en Colombia donde escribió un libro de cuentos basados en el I-Ching, editado por el Cecultah. Ganadora del concurso de cuento Ricardo Garibay.