Humea dentro de las endebles e improvisadas casuchas levantadas con piedras y pedacería de tepetate, encimadas, sobrepuestas, unas a otras hasta llegar a una altura que apenas sobrepasa las tres varas, cubiertas de largas pencas de maguey con todo y espinas, ingeniosamente colocadas, cuatrapeadas, formando armoniosas tejas sobre troncos de ramas de piru, luciendo pequeña inclinación para dar salida a las lluvias. El grisáceo humo busca desesperado salida entre las rendijas de las acomodaciones del pétreo material, los casucos enclavados en uno y otro lado de los grandes llanos de Apan, colindantes a los ranchos y haciendas pulqueras de labor, en donde los enormes magueyes se enseñorean sin rivalizar con los surcos y milpas sembrados con cebada, trigo, maíz, alverjón.
Veíase a las mujeres cargadas en la espalda y cabeza con atados de abrojos, mezotes y ramas de arbustos para leñas alimento del fogón, caminan descalzas, pocas con resistentes y toscos huaraches de llanta y cuero, se acompañan de dos o más chiquillos luciendo harapos, varios perros presumiendo sus pellejos y dibujado costillar, únicamente las gallinas con su repentino cacarear interrumpen el sonido silencioso del viento que recorre los llanos del rancho al que pertenecen las tierras y chozas de donde da razón la anciana abuela.
En ese bucólico santuario de belleza campirana de finales del siglo XIX crece la miseria de estos terrenos con poca agua, los pequeños cuartos muestran algunos portillos o huecos entre el muro de piedras para ingresar inclinados a estos jacales, pues el espacio no llega a las dos varas de elevación, en su interior alardean petates enrollados en un rincón, pequeñas sillas de madera en bruto labradas a machete, una mesa bajita de tabla rústica, ahí en no más de 20 varas cuadradas habitan no menos de cuatro personas. A un costado, pequeño techo inclinado del mismo material de agave de la “casa”, apenas para cubrir el fogón con leñas humeantes y negras en donde se miran jícaras, jarros de barro, un pequeño canasto de tortillas que aparenta ser el centro del espacio, junto a él un molcajete con tecuicha-tejolote, varias cazuelitas de barro crudo con granos de sal gorda polvosa presumiendo restos de chiles serranos de color verde o rojos mordisqueados, tochones de tortillas duras arriscadas, dos o tres ollas de barro envueltas en su totalidad de gruesa capa de hollín o tizne, un garrafón grueso de vidrio verdoso con residuos del embriagador y apestoso pulque, en la parte inferior queriendo pasar inadvertida, una gruesa piedra negra curva labrada con tres patas soportando un pesado pedrusco; el prieto metate y su brazo.
Los ostentosos espacios de las haciendas de labor y pulqueras con amplias salas, estancias, dormitorios, cocinas, salones de juego con pequeñas mesas de cubierta de mármol para ajedrez y dominó, estas pomposas fincas llegaron a tener boliches todo de madera con más de dos líneas o mesas de tablones machimbrados, bolos y bola de ingeniosas maderas labradas. Los espléndidos enseres y hermosos muebles que formaron parte de las haciendas se fueron adquiriendo desde finales del siglo XVIII con gusto y suntuosidad en los exclusivos almacenes de importación de México, la más bella de las capitales del Nuevo Mundo en el virreinato español.
Los aposentos presumían relucientes camas de metal doradas, latonadas, inglesas o francesas, lo mismo de finas y olorosas maderas labradas a mano alardeando esplendorosos pabellones en magnífica seda china, causó asombro y fascinación las tapicerías de Compagnon de estampados coloridos, flores y vegetales. Sobrepasando el gusto los magníficos y ornamentados tapizados en los elevados muros con telas finas y de papeles de seda europeos, lo más lujoso en estampados, lo más divino, lo más elegante en las cortes del virrey, que solo inspiraban a la miel de la dulce ociosidad, únicamente igualada por los suculentos y condimentados placeres de la cocina proporcionados en la mesa.
Lo maravilloso y delirante de las ornamentaciones se extendía a las espléndidas y confortables bañeras, tinas de fierro fundido porcelanizado, haciendo combinaciones con las decoraciones de los peltres de lavamanos o lebrillos, jaboneras, aguamaniles o jarras y pequeñas vasijas útiles, bacinicas para “hacer las aguas mayores”. Tratando de imitar la fastuosidad de los tapices y lo agradable en decoraciones de los juegos de baño se repitieron las ornamentaciones en los tinacales de las haciendas y ranchos, careciendo de finos tapizados de telas y tapices en papeles y seda, fueron pintadas a mano, a pincel y pequeñas brochas, creando vernáculas plantillas o esténciles en técnica de estarcido. Esas expresiones trascendieron y viajaron junto con el baboso néctar en barricas, mulas, carretas y trenes a los innumerables expendios del embrutecedor y alcohólico producto a las aledañas ciudades consumidoras de la miel del agave como México y la villa de Pachuca. Quedó como empulcada la viejilla al entender de dónde llegaron esos elegantes frescos, en el acto implementó cala y la cata, en sus averiguaciones.
El cascabel al gato repica. ¡Ya vamos o ya tenemos fiscal anticorrupción!, el proceso parece lotería de feria con dados cargados y baraja marcada. Quedan tres de los nombrados ¿por el Ejecutivo?, lo preocupante es que el Legislativo, como de costumbre maiceado y sujeto a las decisiones del gobernador, intenta limpiar la simulación invitando al tongo y cachupo al sector empresarial y autoridades de organismos docentes, cuando ya hasta el velador de los pasillos del Congreso sabe quién es el favorecido. La abuela diría: “¡La corrupción no respeta ni la designación del fiscal anticorrupción! ¡Actúan como si la población se integrará de inimputables retrasados mentales! ¿A quién protegen la espalda?”

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