Los escandalosos y numerosos pájaros criollos, silvestres, las elegantes tórtolas y las muchas golondrinas con el pescuezo y la cresta amarilla, esos cientos de aves de los llanos con sus alas obscuras casi negras, la mayor parte del cuerpo en un gris acerado que hacen sus anidaciones en la larga calzada que partía de la ruta polvosa y pedregosa después de haber dejado el viejo y lleno de hoyancos Camino Real paso de recuas, jumentos, carromatos pulqueros y diligencias con dirección a Puebla, Pachuca, Ciudad de México y Veracruz.
La más de media legua, calzada arbolada a los lados, con docenas de pirules, algunos altos y frondosos fresnos, junto a los estanques de agua y jagüeyes los melancólicos viejos de agua-ahuehuetes, útiles a esas avecillas de escenario al salir la luz a sus maravillosos coros de una formidable aria, y por qué no, hasta de una ópera completa con acompañamiento de envidiable sinfónica, interpretando delicadas partituras, se cortejaban, descansaban, piaban incesantemente, repentinamente volaban dejando la larga calzada formando en el azulado cielo vistosas evoluciones para desaparecer en el horizonte.
La anciana abuela se deleitaba completamente embelesada en su crónica de las haciendas pulqueras de los llanos de Apan, ligándolas ineludiblemente a los espulcaderos y muchas pulcatas de la vieja villa del mineral de Pachuca, aseguró que fueron inmensas unidades económicas que llegaron a sostener docenas de familias, a surtir de su producto a “la noble y leal capital del antiguo virreinato”, pues en su interior traspasando esos elevados muros por el acceso al cruzar el enigmático, pesado gran portón y el piso de artístico enlosado labrado a cincel y martillo o empedrado por donde ingresaban los importantes, encontrándose la administración, el despacho de las cuentas, de frente con un amplio cuadrangular patio interior de acceso que comunica a las múltiples y elegantes habitaciones principales.
Las diversas cocheras guarda de elegantes carruajes, los pasos para las caballerizas, la enorme y necesaria tienda de consumo, intrincados pasillos para los diferentes patios interiores, bellamente “ajardinados” a según la viejilla, la panadería, la chocolatería, la bodega de vinos y la fresquera de las diferentes carnes secas, saladas o ahumadas, los larguísimos macheros para los ganados; mular, jumentos, vacas toros, borregos, chivos, con un viejo abrevadero de piedra de tezontle color sangre, podía distinguirse un gran corral que ostentaba enorme tronco central para arrendar los animales frisones de tiro, asimismo para marcar con hierro de la hacienda, trasquilar y obtener la indispensable lana en la elaboración de cobijas, jorongos, cotorinas, colchones y almohadas.
En el otro extremo veíanse elevadas trojes, hórreos, bodegas de granos cosechados en la propiedad; maíz, frijol, alverjón, haba, trigo y cebada. Con agradable acceso posterior lucia un inmenso, alto, enigmático, sombrío de dos ventanas, piso empedrado, pequeño portal, con banca asiento de piedra o tabique llamada “pollito”, el recinto obscuro, húmedo y oloroso de los pulques, mentado tinacal, que a diario por dos veces recibía a los muchos tlachiqueros con acocote en mano que llegaban a depositar el dulce y delicado aguamiel en enormes tinas de gruesas vigas de madera, largos y extensos cueros de vaca o toro, artesanal e ingeniosamente curtidos y cocidos para evitar la fuga del preciado líquido. Arrebatada la anciana sin freno ni arriendo, mentó de artísticas ornamentaciones los decorados concebidos a mano a pinceles de desconocidos virtuosos en los muros de ahí donde los pulques, enorgulleciéndose de esos adornos simulando frisos, cenefas, circunvoluciones, así lo sintió como del añejo estilo mudéjar.
A pesar de esa singular belleza de las haciendas en producción, ella prefería y destacaba por así haberlo vivido el sistema de trabajo de los ranchos pulqueros, agrícolas y de ganado menor asentados con la confianza del padre propietario a no más de decientas varas del principal centro de plantación y crianza. Estas exiguas fincas de un grupo familiar llegaron a funcionar como verdaderos puntos de crecimiento, imitando en minúsculo a las grandes haciendas. También tenían sus patios interiores, sus amplias habitaciones, grandes salas y comedores, bodega, corrales y macheros, bordos de agua, sobre todo en lo que representaba el asunto de la elaboración de los pulques con sus agradables ornamentaciones, sin igualar los tamaños, lujos, fastuosidad de las importaciones europeas de las haciendas.
El cascabel al gato retiembla, quizá por estar en septiembre. Las desgracias naturales se suman a las provocadas por las administraciones de la clase disque política de altos vuelos mezclada con la cauda “empresarial” igual de corrupta para estafar a los hidalguenses, dando resultados que nos alejan profundamente del desarrollo, desesperanzadora y decepcionante realidad, nada más voltear a ver a nuestros deslumbrantes senadores del estado una taifa de personajes corrompidos, tramposos y de doble moral que solo dan nauseas. Escenario que con mayor fuerza se repite en otras entidades como las afectadas por el sismo de días pasados que arrastra a los pobres y miserables. La anciana, al sentir la mancuerna de las desgracias acarreadas por gobiernos corruptos sumadas a las adversidades naturales, ensimismada repetía palabras escritas en los muros de la célebre penitenciaria de Lecumberri coreadas cuando ingresaba un nuevo reo: “Parió la leona-éramos muchos y parió la abuela”, expresión que rescata en la obra El Apando don José Revueltas luego de su placentera estancia como huésped distinguido en ese recinto.

 

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