La década de 1990 convocó un nuevo orden económico global: la integración económica. Esa nueva relación venía acompañada de acuerdos, tratados e integrismos económicos, paradójicamente el capitalismo en lugar de consolidar y legitimarse en el espacio de la libertad individual y de mercado, agudizó el conflicto entre las sociedades abiertas y cerradas, Lawrence Summers ha llamado a ese nuevo régimen “mercantilismo autoritario” la expresión sugiere el papel central del Estado y de las empresas estatales, señalando que países autoritarios (como China o Rusia) han aprendido que la libertad de mercado capitalista es lo que permite a sus oligarquías conservar el control político, “entre más libertades privadas les permiten a sus ciudadanos, menos demandarán libertades públicas. La libertad privada (vender y comprar, heredar, viajar, la posibilidad de quejarse en la intimidad) mantiene el descontento a raya. Más aún, la libertad privada permite crecimiento económico, algo poco posible bajo control del Estado” (Summers). Con esa nueva ecuación política, esos regímenes y sus dirigentes pueden, literalmente, perpetuarse en el poder (Vladimir Putin es un ejemplo de ese control y permanencia). Si bien es cierto, tanto las oligarquías como los grupos disidentes saben que si impulsan cualquier tipo de ofensiva política contra el régimen este usará la ley para aplastarlos, pues en esas sociedades el Estado de Derecho y el sistema judicial independiente solo existen en el papel. Sin embargo, las oligarquías autoritarias también son frágiles, la libertad del espíritu siempre está presente, se los recuerda la Plaza de Tiananmén.
¿Hacia dónde avanza ese desorden mundial? El conflicto sirio (donde se entremezclan los intereses rusos, chinos, de E.U, la comunidad europea y la visión tribal y teocrática musulmana), la migración musulmana hacia Europa, en América Latina, Nicaragua, son solo una muestra donde la pobreza y la ausencia de libertad democrática han sido presa del autoritarismo, la discriminación, exclusión, racismo. Esa ruta de colisión avanza inevitablem0ente hacia lo que coloquialmente conocemos como el choque de trenes. ¿Qué hacer? ¿Cómo reducir esas tensiones? A esa tarea de reflexión y de solución de conflictos ha dedicado su mejor y mayor esfuerzo intelectual, el Festival Internacional de la Imagen (FINI), que en esta, ya, su octava edición, convoca a universitarios, intelectuales, académicos y ciudadanos; para comprender, discutir, analizar y trazar los mapas posibles de acuerdos y/o soluciones. El FINI es la voz de todos: universitarios, sociedad, jóvenes, voz libertaria para reflexionar sobre las fronteras y su doble reto: el nuevo autoritarismo y el nuevo extremismo. Desafiando ideas convencionales, los escepticismos, el orden establecido, nuestra universidad se constituye como defensora de la libertad y puente que une la vida de cada persona y la historia colectiva de todos los seres humanos.
Entre las primeras conclusiones que ya nos ofrece el análisis del FINI está la certeza de que el nuevo orden global que tiene la oportunidad de mantener la paz es un orden pluralista que acepte que existen sociedades abiertas y sociedades cerradas; algunas libres y otras autoritarias. El edificio del constitucionalismo liberal se construye en una “convivencia pluralista y en principios y valores laicos: por un lado, la autonomía y libertad individual y por otro, la legitimación democrática del poder” (Giovanni Sartori). Es solo a través de la libertad que articula la vida de los hombres, de las sociedades y de la democracia que podemos coexistir pacífica y civilizadamente como lo ha planteado el literato y filósofo indio Ahmad Salman Rushdie, “la plena libertad de expresión es la mejor defensa que tienen los débiles, los minoritarios, los que no pueden influir con su número”. Esa es la voz y la libertad que propone y defiende con dignidad e ideas nuestra universidad.

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