No siempre ha existido en la historia la propiedad privada o individual, que excluye a otros de la posesión y usufructo de los bienes. Durante miles de años, la sociedad se organizó en comunidad, con base en la propiedad común sobre los medios, trabajo común y distribución del mismo tipo. Lo incipiente de sus herramientas hacía débiles a los hombres y necesaria la vida en colectivo; el escaso desarrollo de sus medios de producción determinaba la forma de la propiedad y, por tanto, de la organización de la producción y distribución del producto.

Con el surgimiento del esclavismo apareció la propiedad privada; eso ocurriría, por ejemplo, en Egipto en 2600 antes de Cristo. Así, la afirmación tan común de que “siempre han existido pobres y ricos” carece de sustento histórico, pues ese fenómeno es propio solo de los últimos cuatro o cinco milenios de la historia humana.

Propiedad privada y esclavismo surgen cuando hay un excedente que repartir, cuando la producción diaria de cada hombre permite satisfacer sus necesidades y deja, además, un remanente que puede ser acumulado. Por ello, el esclavismo es un fenómeno violento en su forma, pero económico en su esencia; no se explica, como algunos pretenden, por razones subjetivas, por ejemplo, que ciertos individuos ambiciosos y crueles capturaron a otros más débiles para ponerlos a trabajar en su provecho. Si así fuera, ¿cómo explicar, por ejemplo, que los aztecas no hubieran evolucionado hacia el esclavismo, aún siendo capaces de dominar militarmente a otros pueblos?

Pero las cosas cambiaron en el mundo cuando se desarrollaron los medios de producción y fue posible generar un excedente, lo cual permitió la acumulación, la propiedad privada (incluso sobre el hombre mismo) y sobre ella el esclavismo. Y más tarde, evolucionaron las herramientas de manera que el hombre pudo producir de manera separada, como el artesano de la Edad Media o el siervo de la gleba, que poseían sus herramientas individuales y se sostenían con ellas. Vemos, pues, que el grado de desarrollo de las fuerzas productivas determina la forma de la propiedad.

Pero esa no es solo efecto, sino que actúa de regreso, asumiendo el papel de causa. Por ejemplo, quien posee la propiedad puede controlar y comandar la producción, así, el dueño de los medios dirigirá el proceso e impondrá sus condiciones y el trabajador, desposeído, habrá de subordinarse y obedecer. En segundo lugar, influye sobre la apropiación del producto, derecho exclusivo del dueño de los medios, gracias a su monopolio.

La propiedad sobre los medios es también decisiva en la determinación de las clases sociales: es el criterio principal que define la pertenencia a una u otra clase; por ejemplo, en la sociedad moderna, los proletarios son quienes no poseen medios de producción, a diferencia de la clase poseedora. Y como no se puede producir solo con las manos, los primeros se ven obligados a emplearse como asalariados.

Para que haya trabajo asalariado se requiere de ambas clases. Por eso fue necesario históricamente que unos quedaran privados de toda propiedad. Por todo eso, la propiedad privada de los medios de producción y la existencia de una masa de seres libres de toda propiedad son la piedra angular del sistema de trabajo asalariado, condición que mantiene su validez hasta hoy y, por eso, es condición vital para el sistema que el proletario perciba solo lo estrictamente necesario para su subsistencia, pues si ganara más podría ahorrar y poseer medios que le permitieran liberarse del trabajo asalariado.

Pero si bien, el desarrollo de las herramientas engendra formas nuevas de propiedad, también esas contribuyen a su vez a desarrollar o a frenar la producción. Cuando se envejecen, dejan de ser impulso al progreso y se convierten en obstáculo.

Nuestra época asiste a un fenómeno de gran importancia en cuanto a la relación entre propiedad, producción y apropiación, que no podemos soslayar. A medida que se desarrolla la producción industrial, la maquinaria y las herramientas son cada vez más complejas y solo pueden ser operadas por grandes grupos; por ello, la producción se hace cada vez más social, siendo posible solo mediante la acción conjunta y coordinada de grandes grupos humanos en trabajo común, en estrecha y vital cooperación, algo similar a lo que ocurría en los albores de la humanidad, con lo que pareciera que en cierta forma retornamos a los orígenes. Por ello, se dice que la sociedad moderna vive en una contradicción insalvable: una producción cada día más social y una apropiación más individual, lo cual demanda una solución que concilie ambos aspectos. De ocurrir eso, la sociedad cobrará, como ha ocurrido en cada cambio de ese tipo, un impulso renovado de progreso económico y bienestar.

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