Tania Magallanes
Jefa de redacción de
La Jornada Aguascalientes

Cada quien supera el desamor de distintas maneras. Hay quien decide tirarse a beber, se engancha a una droga o busca cualquier adicción para superar la ausencia del ser amado. Hay quien elige otra pareja de inmediato para evadir cualquier asomo de soledad. O quien, estoico, decide afrontar la ausencia asumiendo el dolor. En estas fechas en que los aparadores se llenan de ositos y chocolates, el Maldito Vicio aborda el lado oscuro del amor.

En mi historial amatorio tengo el registro de abandonos. Por supuesto que me doy cuenta que también he abandonado, lo que no significa que no haya llorado cada una de mis separaciones amorosas, las ausencias, las soledades y el desamor. Todos los que nos subimos a ese sufrido barco a la deriva hemos sorteado las luchas internas y nuestras propias ruinas. Hemos pasado de la melancolía a la rabia, de la tristeza a la agresividad.

Del amor al odio. Hemos arrastrado nuestro podrido cadáver enamorado por todos los rincones de la cubierta buscando sin buscar tierra a la vista, un horizonte que perfile la costa donde ya nos quede grande la frustración.

Dejar de ver al sujeto amoroso es una de las experiencias más traumáticas que podemos tener las personas. No percibir su olor, su voz grave y contenida, escucharlo respirar, atender sus palabras, decirle las nuestras o sentir su tibia piel nos arroja sentimientos de desolación tan fuertes que hemos comparado esa pérdida con la muerte. Es a todas luces una catástrofe en la vida de las personas. Sabemos de personas que, amparados bajo la separación pero con previos trastornos, decide cometer suicidio si el amado ya no está. La razón de su vivir, el sentido a la vida. Otra preferirá que el amado sea el que muera y ejercerá todo su poder y egoísmo para arrastrarlo a un duelo permanente.

Sin embargo, el sentimiento de la separación es tan diverso como diversas son las personas. Hay quienes se arrancan los dientes de dolor y los que soportan estoicamente la ausencia. Tenemos separaciones más dolorosas que otras y muchas conciencias esclavizadas por los conceptos de amor mal entendido que no permiten sortear esas situaciones sin renunciar al masoquismo: a acariciar las fotos, nombrarlo sin parar, tirarse en los sofás a llorar con bote y cuchara de helado en mano, a idealizar a perpetuidad a las personas y su ausencia como si de ellos dependiera la vida.

En Eternal sunshine to the splotless mind Joel sufre porque Clementine decidió emprender una nueva vida sin él y borrarlo de sus recuerdos, no entiende por qué lo hizo y la detesta y la ama al mismo tiempo por su abandono, tanto como para también borrarla de su memoria. Pero así es en todos los amores malogrados. La Carlota de Fernando del Paso por momentos ama y odia a Maximiliano, su Max, por haberla abandonado con su muerte, pero también por el olvido en el que la tuvo en vida, por haberlos condenado a un amor imposible. Hasta Emma Bovary quiso que la tierra se abriera bajo sus pies cuando su amante Rodolphe la abandonó, trastornada “ni hablaba ni oía nada y hasta daba la impresión de que ni siquiera sufría, como si el alma y cuerpo se hubiesen puesto de acuerdo para descansar juntos de tantas agitaciones”.

El abandono entre personas siempre ha existido, sin embargo, también existe la posibilidad de que no se necesite al amor de nuestros amores para sufrir porque ya no está. La imagen ideal que teníamos de nosotros mismos, sentir que logramos las aspiraciones y satisfacciones con esa persona, la invisibilizan por completo cuando se va. Se va y dejamos de ser lo que éramos con ella. Ese sabor a ausencia queda no porque se fue, sino porque nosotros dejamos de ser. Freud escribió que ese tipo de narcisismo es “el complemento libidinoso del egoísmo inherente a la pulsión de autoconservación”, que años después nombraría como Eros para redefinir la angustia ante la pérdida de un “objeto” amado. Un buen mecanismo de defensa para mitigar el dolor, culpando al otro por su abandono y porque dejamos de ser.

También del amor al odio solo hay un paso y en este orden natural pueden entenderse todos los desamores, aunque tengo la hipótesis de que no siempre es así. Perpetuar el odio hacia el objeto amado (por mucho que digan que al odiar rechazamos y alejamos para mitigar el dolor) cuantas veces hace que continúe la pasión y obsesión que no permiten cortar de tajo ni con el sufrimiento, ni el desamor ni con el otro, el que se fue. Ya no hay amor, pero el odio mantiene viva una chispa enfermiza.

Pero estoy convencida de que no hay peor forma de abandono que la indiferencia. Sentir que el otro nos olvidó y que no tenemos un poco de su atención, que su mundo sigue girando mientras el nuestro se detuvo por completo, es una tormenta en el vaso de agua en el que nos hundimos. Ni a barco llega.

El desamor, el dolor, el abandono, con sus lagunas y psicosis, tan múltiples y diversas, deberían dejar al menos la suposiciones de que serán el hilo conductor que nos lleve alguna vez de regreso al amor. La travesía es larga, tediosa y dolorosa. Tal vez un día habremos de dejar de idealizar el sufrimiento y encontremos la costa. Una vez más.
Mientras, la poesía es la perfecta aliada en nuestros pesares:

Cuarto canto de abandono
Efraín Huerta

Estoy muriendo solo de veloces venenos
mezclados con un llanto perfecto de agonía.
Estoy con las heridas claras del abandono
y el repetido canto burlón de la ceniza.
Estoy bañado en tristes y crueles
desesperanzas,
cual brillo desmayado de virtud en derrota.
Estoy con una mano señalando la aurora
y el corazón cansado de su tímida sangre.
Estoy como gritando por el frío y la pena,
siendo nomás un leve pétalo de violeta.
Estoy nadando en brumas, crucificado en la
deshecha adolescencia que viví sin saberlo.
Estoy en lo que dicen las ventanas abiertas:
palabras, desconsuelo y doméstica lujuria.
Estoy cargado de odio y bien encarcelado
por aniquilamientos, abandonos y noches.
Estoy, secos los labios, interrogando a nadie
por mi destino idéntico a bandera raída.
Estoy sólidamente pegado a la tristeza
y en trance melancólico de no poder llorar
por tu ausencia de estrella, maravillosa mía,
por tu voz infinita como sudor que brota
cuando somos campanas en desorden y besos,
por tu fina traición a las lluviosas tardes
en que comíamos uvas y redondos granizos.
Estoy muriendo solo de veloces venenos
mezclados con un llanto perfecto de agonía.
Estoy chorreando lenta, penosísima angustia,
como ahogado que mide el espesor del mar.
Estoy en el confuso día sin equilibrio
y caen las mariposas como perfume seco.
Estoy con ese húmedo destello de la muerte
con fuerza que es latido de párpados calientes.
Estoy sin juventud, dolido, inexplicable
como fiebre en el mármol o rosa desteñida,
con las manos abiertas a la dicha del mundo
y una quietud mortal en el alma quemada.

Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Luis Frías, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, Óscar Baños, Rafael Tiburcio, Tania Magallanes, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Víctor Valera, Sonia Rueda, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.

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