La palabra desarrollo significa en términos generales que, en el mundo natural, social o cultural, una cosa active su potencialidad, con el fin de que lo lleve a un estado que lo coloque en una condición de mejoría con respecto al estado que guardaba anteriormente. Sus orígenes se remontan, según Gustavo Esteva, al siglo XVIII, en donde estuvo asociado este término al campo del saber biológico y solo después de este significado su uso se trasladó al ámbito social para denotar una condición de atraso que es superada por el desarrollo.

Casi a mitad del siglo XX, el término desarrollo fue entendido como la condición de dignidad vinculada a una cultura empresarial; mientras que su contrario (el subdesarrollo), como una condición negativa asociada a lo agrícola y el atraso. El acontecimiento que marcó este parteaguas en cuanto a su significado actual fue el discurso de Harry S Truman, del 20 de enero de 1949. A partir de que Truman definió que en adelante el viejo imperialismo ya no tenía cabida y que la nueva relación entre el imperio y sus colonias tendrían una relación reconceptualizada como desarrollo, se dio inicio a la era en la que las palabras se utilizaban para ocultar las nuevas formas de la grotesca relación del imperio con los países dominados.

El término desarrollo debería interiorizarse culturalmente, porque en adelante competiría con el de “distribución”, asociado con el surgimiento de las sociedades agrupadas en el bloque soviético. En ese sentido, el desarrollo se apuntó como el soporte de una visión en la que un conjunto de elementos de carácter económico, como el producto interno bruto (PIB), la masa salarial que se distribuía entre los trabajadores, las conquistas sociales, las instituciones de protección, se entendían como las potencias a las que se les debería acreditar aquel impulso que empujaría a nuevos escenarios de bienestar.

Muy pronto, el concepto de desarrollo entendido como crecimiento de la economía quedó al desnudo, porque las elevadas tasas de crecimiento no se reflejaban en el bienestar generalizado de la población, sobre todo de los países recién bautizados por el 33 presidente de Estados Unidos como subdesarrollados. Habría que precisar una cosa: sí, es verdad que el bienestar no se expandió a todo el mundo, pero la posguerra fue la época en la que la riqueza se distribuyó de mejor manera, pero no fue debido totalmente a la parte del crecimiento económico, sino que también a la política de blindar a la población de los países desarrollados contra el virus proveniente de las naciones del bloque socialista.

Desde los países clasificados como subdesarrollados, se acuñó el concepto de progreso, es decir, que el crecimiento económico debería hacerse acompañar por el progreso: acelerar los procesos de industrialización para que el crecimiento estructural se viera reflejado en el bienestar de la población. Tarea más que imposible en la medida en que la tecnología se produce en los países centrales. Lo cierto fue que ante la caída de la tasa de ganancia empresarial, luego de las concesiones para blindar a los trabajadores contra el comunismo y porque esto se traducía en un ambiente en el que los trabajadores fortalecían su confianza, la burguesía a nivel mundial, encabezada por Thatcher y Reagan, inicia la era neoliberal; fueron establecidas las políticas neoliberales.

Las políticas neoliberales fueron junto a la crisis ambiental el reflejo de la crisis de la civilización: Como resultado de la cultura occidental tenemos una crisis ambiental y humanitaria. Es una combinación del calentamiento global, el deterioro de la capa de ozono, la contaminación del agua, el fin de las reservas de recursos fósiles, la extinción masiva y el deterioro como nunca del nivel de miles de millones de seres humanos que viven con un dólar y hasta tres de ingreso diario. Más de la mitad de la población mundial. En los últimos años la riqueza creada socialmente se reparte solamente hacia los de arriba (Informe Oxfam).

En ese contexto, ya ni las políticas orientadas a resolver la crisis ambiental funcionan, incluidas las técnicas. Las grandes empresas promotoras de alternativas tecnológicas, que igualmente apoyan a figuras ecologistas mundiales y las promueven, piensan que será posible un nuevo desarrollo del mundo desde la perspectiva de un desarrollo verde. No están pensando en cambiar el paradigma que hizo crisis y que se llama “crisis de la civilización”. Estas empresas mundiales consideran que se puede manejar el problema ambiental en el contexto de la racionalidad occidental. Por supuesto que las medidas ambientales de carácter técnico son bienvenidas, pero su lógica es la de la acumulación de capital, y el capital es el principal enemigo del medio ambiente y la humanidad.

Ya veremos en otro momento el punto anterior. Las políticas sociales, incluidas las promovidas por instituciones mundiales, como la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés), en los hechos terminaron por utilizarse como medios contra el descontento social, sin importar el fomento del clientelismo y la pasividad de quienes recibían los beneficios de las políticas públicas. Las políticas sociales no se orientan ni se orientaron con el propósito de realmente terminar con las condiciones de vida de algunas capas de la población, sino con el fin de utilizar esas políticas para evitar el descontento social y canalizar la energía de esos grupos hacia los procesos electorales.

En este punto, aparece la crítica de Amartya Sen, Premio Nobel de Economía, al modelo de desarrollo económico y las políticas sociales inspiradas en el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial pero, sobre todo, por la Organización de las Naciones Unidas. Lo que él dice es que las políticas del desarrollo económico basadas en el PIB, incluida la intención de que el desarrollo sea social, no se filtran hacia la sociedad. Cuando lo hacen, estas se convierten en programas que en lugar de activar el espíritu libertario terminan por liquidarlo, porque se llevan a cabo con fines políticos. Por lo que apunta, las políticas sociales deben llegar a la población para activar el espíritu de libertad de las personas que las reciben.

Cuando inició el gobierno de la 4T y escuché los discursos humanistas de Obrador, pensé que se conduciría hacia los planteamientos de Sen, pero no. Lo que he visto es que la redistribución de los recursos ya no es a partir del PIB, sino del presupuesto, se dispersan bajo el criterio de eliminar la corrupción, lo cual está bien, dejando de lado a los intermediarios y los “moches”. El punto es que se corre el peligro de que se conviertan, aunque lleguen directo a los beneficiarios, en nuevos medios de control de los políticos locales, porque al final de cuentas la continuidad del modelo se decide en las urnas.

El modelo de la 4T debería interesarse por los postulados del desarrollo humano de Sen. La característica es que Sen considera que la ayuda debe tener un sentido libertario. Los asesores de Obrador deben saber cómo las políticas sociales pueden utilizarse para hacer que las libertades crezcan y no se queden en un acuse de recibido de los beneficiarios, como me parece que esto ocurre, aunque entiendo que es en el contexto de la 4T.

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