Las tragedias no solo sacan los mejor y lo peor de los seres humanos, también exhiben en estado puro las virtudes y los defectos de una sociedad en su conjunto. Si algo deja en claro el sismo de hace unos días es la compasión y la solidaridad de los mexicanos para con los caídos en la desgracia. Eso, en lo positivo. Lamentablemente también hace evidente el enorme vacío de liderazgo que experimenta nuestro país.
Todos estamos de acuerdo en la necesidad de meter mano al bolsillo y ayudar a los que perdieron todo, pero desconfiamos hasta el infinito de las vías disponibles para canalizar los recursos en beneficio de las víctimas. Ha sido maravilloso ver la presión de la opinión pública sobre los partidos políticos y sobre el Poder Legislativo para que se reasignen a favor de la reconstrucción los faraónicos presupuestos dedicados a las elecciones y otros gastos de las cámaras. Una presión de tal magnitud, que ha obligado a cada uno de los partidos a declarar públicamente su beneplácito a la medida.
Hasta allí hay consenso. Lo que sigue es una rebatinga aún más caótica que los minutos posteriores a un sismo, cuando el cuerpo y el alma siguen cascabeleando tras la brutal sacudida. Por lo menos en ese instante suelen aparecer líderes espontáneos que piden a los vecinos alejarse de las paredes y protegerse de cables sueltos y desprendimientos; surgen personas que desatascan el tráfico con gestos claros y asertivos; capataces improvisados que ponen orden en una cadena de brazos que descombra un edificio.
Por desgracia el país no cuenta con esos liderazgos, espontáneos o no. Existe una crisis de legitimidad tal de la clase política que la credibilidad está por los suelos. Enrique Peña Nieto ha hecho lo posible por aparecer con su chaleco de explorador en todos los escenarios posibles, sabedor de que el manual de supervivencia política exige no cometer el pecado de distanciamiento exhibido por Miguel de la Madrid en el temblor de 1985. Por lo menos no se ha puesto a jugar golf durante estos días, algo que se agradece.
Pero a todo el mundo le da repelús aceptar que sea Hacienda o cualquier otra institución federal quien canalice el reparto de las partidas extraordinarias destinadas a la asistencia de las víctimas. En plenas precampañas presidenciales, en las que Hacienda, Educación Pública y Gobernación están presididas por los candidatos oficiales en punta, el “sospechosísmo” no es gratuito. En las elecciones del Estado de México de este verano los ministerios federales fueron convertidos en oficinas de promoción del voto priista. Tratándose de una elección aún más importante, existen muy pocas dudas de que la maquinaria oficial volverá a recurrir a las prácticas clientelares en los próximos meses, en particular con todo aquello que deba entregarse a votantes potenciales.

 

Por su parte, el Fondo de Desastres Naturales (Fonden), que sería la vía obvia para administrar y asignar los recursos extraordinarios para responder al sismo, es objeto de enormes críticas por su opacidad. Según el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI), el Fondo de Desastres es en sí mismo un desastre de transparencia y legalidad: tiene cero sobre 100 puntos en materia de lo que la ley le exige ventilar públicamente. Este año el presupuesto regular le otorgó 6 mil millones de pesos y las normas le obligarían a hacer público el padrón de beneficiarios de los apoyos otorgados. Algo que los funcionarios del Fonden ignoran olímpicamente. ¿Cómo no sospechar que hay un manejo político y clientelar de tan cuantiosos recursos? Bansefi, el banco oficial que canalizaría los recursos a los damnificados a través de tarjetas de débito, está dirigido por Virgilio Andrade, el amigo de Los Pinos que debió salir de la Secretaría de la Función Pública por sospechosos vínculos con sus padrinos políticos.
Los partidos de oposición han propuesto otras alternativas, pero por lo general siempre a organizaciones sociales afines a su agenda. Alguno exige la formación de un fondo extraordinario encabezado por ciudadanos para ejercer los recursos. Movimiento Regeneración Nacional (Morena) de plano mejor designó a un comité de personas destacadas (entre ellos Elena Poniatowska), aunque todos simpatizantes de López Obrador.
Carlos Slim ha ofrecido su organización humanitaria para canalizar la ayuda de los donantes con la promesa de aportar un peso adicional por cada peso depositado en las cuentas de la fundación. Pero Slim mismo despierta suspicacias entre la población en su conjunto y, evidentemente, no es una opción para dar salida a los recursos públicos.
En suma, no es que no supiéramos que existe un vacío de liderazgo en el país. Pero es triste constar que incluso en la tragedia no hay manera de asumir una tregua, un pacto de caballeros. Demasiada mezquindad o quizá simplemente la precaución que deriva de tantos años de opacidad y corrupción.

@jorgezepedap
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