En medio del dolor y la devastación causados por el sismo del 19 de septiembre, como una luz en la oscuridad, el pueblo mexicano ha mostrado una vez más su sincero desprendimiento y capacidad de actuar colectivamente, solidariamente con sus hermanos en desgracia. Brillante ejemplo han dado muchos jóvenes ofreciendo sus modestos pero emocionados esfuerzos, en un gesto humanista espontáneo hacia quienes perdieron sus hogares y seres queridos. Digno de elogio es ese sentimiento limpio que les motiva y que muestra la generosidad propia del pueblo, su sensibilidad para hacer suyo el dolor ajeno, y es que solo el pueblo es capaz de comprender en toda su profundidad a quienes sufren.
Pero junto a esta solidaridad franca y desinteresada aparecen otras que no lo son tanto. Una es la de los grandes empresarios, los gigantes del capital, incluidas muchas transnacionales, que se “conduelen” de la suerte de los damnificados y ofrecen donativos altruistas, partes insignificantes de sus inmensas fortunas, amasadas con el empobrecimiento del pueblo al que hoy ofrecen ayuda. De ese pueblo que habita en condiciones precarias, en lugares de alto riesgo, porque son los más baratos, en lechos de arroyos, sitios inundables o junto a cerros que fácilmente se desgajan; de ese pueblo que por su pobreza construye casas con materiales de baja calidad, propensas a derrumbarse con facilidad ante el embate de huracanes, deslaves o sismos. Si bien es cierto, nuestra región es de alta sismicidad, la desgracia sufrida no es de origen solo natural; el siniestro se asocia con una situación de empobrecimiento que priva a la mayoría de las condiciones más elementales de confort y seguridad.
Gobiernos y partidos se suman al coro de conmiseración, ponen su óbolo y se dicen “preocupados” por la suerte de los damnificados. Lamentablemente, esto se contradice con la práctica cotidiana de la mayoría de los gobernantes que, cuando la población se acerca a solicitar vivienda, empleos, aumentos de salario, instalaciones escolares de calidad, infraestructura urbana, construcción de hospitales, etcétera, la reciben con la letanía neoliberal de que eso es populismo; que aumentar los salarios “provoca inflación”; que no hay recursos para atender sus “desmesuradas exigencias”. Y a los que insisten se los tacha de “desestabilizadores”, “chantajistas”, de pretender “fines ocultos” y otras lindezas, y hasta a la cárcel van a parar. Y no hay modo de ocultar que la devastación causada por los sismos tiene como trasfondo factores sociales, gubernamentales. Más aún. Un sistema responsable de construcción de obras y viviendas, apegado a las especificaciones y exigencias técnicas de la ingeniería, podría reducir las desgracias y daños, si no del todo, sí en buena medida.
Muchos hospitales, caminos y puentes fueron construidos sin atender los procedimientos técnicos de rigor y su estructura es, por tanto, endeble, incapaz de soportar los embates de la naturaleza. Este es el contexto en que sobreviene la destrucción, provocada por un fenómeno natural, sí, pero también por la pobreza, el desamparo y el abuso.
A este respecto, y dicho sea de paso, considero que una forma realmente efectiva de mostrar que puede haber sensibilidad en los medios oficiales es que, sin tardanza, el gobierno federal y locales elaboren un censo exhaustivo de pérdidas de viviendas, no solo en las grandes ciudades, lo más visible, donde puede haber lugar al lucimiento, sino en comunidades campesinas marginadas, y emprendan un programa masivo de construcción de casas y de recuperación de todas las destruidas, con apoyo oficial efectivo y rápido. El gobierno tiene los recursos necesarios, los que pagamos todos con nuestros impuestos.
Pero volviendo a la solidaridad de los pobres con los pobres, siendo tan valiosa y loable, es deseable que vaya aún más allá, que madure, evolucione, alcance niveles superiores y no se restrinja a determinadas ocasiones, cuando se caen las casas y muchos lamentan la pérdida de sus seres queridos, sino que sea permanente y organizada. Nadie que haya aliviado el peso de sus semejantes habrá fracasado en este mundo, dijo Charles Dickens. Pero el sistema predominante no promueve esta filosofía de vida; al contrario, a quienes se consagran a trabajar y luchar sin descanso por los pobres, sobre todo a quienes pretenden combatir la desigualdad y la pobreza desde sus raíces, atacando causas más que efectos, a esos se los persigue y encarcela, y se azuza en su contra a la prensa; el sistema no soporta la solidaridad permanente, fiel y decidida, esa que arrostra todas las consecuencias. Se felicita la de un día, pero a condición de que la gente retorne pronto a su pasividad, a su vida privada, y no se tome en serio el vivir para ayudar (que incluye de manera central organizar y educar) a los necesitados para enseñarlos a defenderse y exigir una vida mejor; eso inquieta a quienes detentan el poder económico y político. La ayuda al prójimo debe ir a las causas de sus males y pasar de su forma espontánea, solo nacida del buen corazón, a una forma superior, consciente y organizada. Puesto que el motivo es permanente, la respuesta social debe serlo también.
Siempre hay hambre y necesidad en las casas de los pobres. Los salarios son miserables; muchos mexicanos enfermos no se curan porque el ingreso familiar no alcanza para pagar cirugías o medicamentos costosos. La desnutrición vulnera a un sector importante de la población.
Las instalaciones escolares, sobre todo rurales, son inseguras, incómodas y peligrosas: muchas, simples jacales de varas o tablas, frecuentemente sin sanitarios, puertas o ventanas. Miles de comunidades rurales están incomunicadas. En las ciudades, como exhibió el sismo, muchas personas trabajan en condiciones infrahumanas, situación propiciada por un sindicalismo desvirtuado que abandonó la defensa de los obreros, la lucha por mejores salarios, seguridad laboral y prevención de accidentes. Cuántas fábricas hay donde los trabajadores carecen del equipo de protección más indispensable (botas, guantes, cascos, uniformes, etcétera), por negativa de las empresas y contubernio sindical.
No es exagerado decir que el sismo, por enésima vez, pone de relieve las profundas injusticias que laceran a nuestra sociedad, como gobiernos insensibles, partidos políticos que no representan los intereses populares y sindicatos que abandonaron a los trabajadores y se coludieron con las empresas. Y también, hay que decirlo, nos muestra a un pueblo instintivamente fraterno, presto a dar la mano al necesitado, pero que no alcanza todavía a despertar de su marasmo, inconsciente de su situación de explotado y de las causas de su explotación. Vemos hoy cómo los efectos destructivos de los desastres naturales se potencian por otro desastre: la pobreza, la marginación y el abandono. La indefensión no es solo ante la naturaleza: lo es también ante el poder de quienes detentan el control económico y político de este país y que hoy se presentan como sus salvadores.

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