“Compañeras, compañeros. Nuestra propuesta como pueblos, naciones, tribus indígenas de este país, representados en el Concejo Indígena de Gobierno, es muy sencilla: estremezcamos juntos a esta nación, rompamos con las inercias viciadas que nos mantienen divididos, descolonicemos el pensamiento capitalista individualista y patriarcal para que podamos germinar y florecer los pueblos del campo y la ciudad y, con ello, florezcan también las ciencias y las artes al servicios de todas y todos en lugar de servir a las trasnacionales.” Con esas palabras, María de Jesús Patricio, Marichuy, vocera del Concejo Indígena de Gobierno en Ciudad Universitaria, deja nuevamente en claro la postura del Congreso Nacional Indígena-Concejo Indígena de Gobierno ante la importancia del arte y las ciencias y toca un tema que se encuentra en la mesa de debate de los artistas: el arte como herramienta al servicio del poder. En ese contexto no podemos evitar pensar en el muralismo mexicano actual, manoseado hasta el cansancio por los críticos de arte al servicio de las empresas privadas que conocemos como galerías, museos, espacios “alternativos”, instituciones culturales y hasta periodistas que en su ignorancia o simple falta de conocimiento, publican “investigaciones” contradictorias y manipuladoras sobre lo que es el muralismo mexicano actual, como el caso que en días pasados se dio en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en donde se dio a conocer una publicación sobre “nuevos muralistas” haciendo un compendio de artistas urbanos, mayoritariamente, que han sido patrocinados por empresas estadunidenses y trasnacionales para las que trabajan o reciben recursos: Comex, Vans, Convers, Playboy, galerías, ferias y proyectos de arte urbano como All City Canvas, un curioso plan que cuando se realizó en México solo tuvo participación de dos artistas mexicanos. O como el fraude millonario del “macromural” de la colonia Palmitas, en Pachuca, en donde con la venia de la presidencia de la República, del gobierno de Hidalgo y la complicidad de Pinturas Comex, se despojó y se le impuso a los colonos en su propio espacio urbano. La ostentosa publicación hace parecer que la ilustración, el grafiti, y el diseño gráfico monumental son el “nuevo” muralismo, hecho por artistas urbanos que, independientemente de la extraordinaria calidad técnica de muchos de ellos, los hacen parecer como los “muralistas” mexicanos, dejando al margen a una infinidad de jóvenes artistas del muralismo que con grandes trayectorias han fortalecido, desde lo visual hasta lo político, el espacio público y el territorio, forjando, inclusive, identidades visuales a nivel nacional e internacional. Tenemos muy claro que una de las cabezas de la hidra capitalista está enfocada y apunta sus baterías al arte, y tiene muy bien estudiado el poder de la imagen en el espacio público, de ahí que desde las políticas culturales del poder hegemónico, las rutas del arte vayan orientadas a satisfacer las necesidades individualistas de un pequeño y elitista sector que ha convertido al arte en una mercancía y sometido al resto de la población, incluidos los artistas, a sus mandatos, reconfigurando o tratando de reconfigurar, incluso, el aparato teórico que sustenta muchas formas de hacer arte, como es el caso del muralismo. Nuestra tarea como artistas no solo es descolonizar el pensamiento, también es descolonizar el arte “capitalista, individualista y patriarcal”, dejar de reproducir los cánones estéticos y rutas críticas que se nos están imponiendo desde empresas culturales, privadas, nacionales o trasnacionales que también son los instrumentos del colonialismo en materia cultural. El arte urbano, el grafiti y el muralismo no están peleados, son formas distintas de construir en el espacio público y no son lo mismo, permitir la ignorancia (el peor enemigo junto a la estupidez) y la manipulación dictada desde seudoespecialistas, es caer en el juego del capitalismo, es confrontar a los artistas, es confrontar las rutas artísticas que se han construido desde la calle hasta la academia, todas valiosas, para deslegitimarlas en beneficio del poder. Es decir, el arte en lo general y el arte público en lo particular están funcionando como distractores sociales en el espacio público y no precisamente para enfocar al espectador en cuestiones de fondo, de ahí que desde el aparato crítico creado por los nuevos especialistas, el muralismo actual no reciba ni difusión ni apoyos económicos e incluso se le quiera desplazar de su verdadera función como herramienta didáctica y hasta subversiva, desde el discurso visual, a partir de la confrontación, la simulación y la suplantación con otra corriente artística como el arte urbano y con el ingrediente extra, falso y banal de que el arte es un campo “aislado” de otras disciplinas y de la historia, la memoria, la identidad y la cultura de los pueblos. Así que, descolonicemos el arte público y hagámoslo florecer nuevamente para todas y todos.

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