Soldados envalentonados y sus subespecies de guardias nacionales, granaderos –que el régimen juraba extintos–, policías armados y esquiroles sitiaron algo más que el primer cuadro de la Ciudad de México para impedir a los manifestantes de Frenaa tomar agua, comer o ir al baño… Privaron ilegalmente de la libertad y secuestraron a un puñado de ciudadanos que intentan llegar al Zócalo para pedir la renuncia del caudillo. Los confinaron contra su voluntad, volvieron a poner los negocios de los comerciantes patas pa’ arriba, convirtieron al país entero en un polvorín, cuya mecha se prendió después de la cobarde represión en Chihuahua.

No les alcanzará para ahogar un movimiento ciudadano que crece cada hora. Mucha gente se está sumando ante las amenazas de los sicarios para hacer un plantón permanente en la plancha, un sueño largamente acariciado por los contestatarios de todas las épocas.

… Antes de que nos convierta en una nueva versión de Venezuela

Cadenas humanas de solidaridad les hicieron llegar tiendas de campaña, mientras los soldados los copan y los aíslan en vallas de represión, aunque en lo personal aceptan que lo hacen por hambre, por no perder su empleo, pero que simpatizan con sus modos y maneras de expresarse contra un gobierno corrupto.

Cuando se vieron cooptados por el Ejército, bastaron unos cuantos telefonazos para que llegaran miles de simpatizantes y se expandiera el plantón hacia Paseo de la Reforma.

El poder de convocatoria del pacifismo ahí está, más que demostrado.

Observadores extranjeros de derechos humanos, presentes en el plantón, animan a los asistentes de varios estados a echar al dictador del país, antes de que nos convierta en una nueva versión de Venezuela. Comparan el acontecimiento con los sucesos de la primavera árabe, esos que lograron tumbar a una decena de déspotas.

El agua está llegando a los aparejos. Es un evento histórico sin duda, que ocurrió cuando menos se esperaba, pero es que ya ha sido demasiado. Al conmemorarse los 100 años del nacimiento de Mario Benedetti, latente canta: “Te quiero en mi paraíso, es decir, que en mi país la gente viva feliz aunque no tenga permiso”. Es el júbilo popular ante los malos tiempos.

El miedo es contagioso. Reventadores y militares lo comprueban

Con muchos esfuerzos, la cuarta depresión juntó 100 reventadores, esquiroles pagados, para apedrear los campamentos. Patético, gorilitas, aprendices de mamarrachos.

La orden al Ejército puede darse en cualquier madrugada, como en 1968. Lo que no se sabe es si la obedecerán. Ya ha sido demasiado.

¡Qué vergüenza de presidente! Exclaman en voz alta las señoras que se manifiestan codo a codo con sus parejas. La población está realmente indignada. El miedo acojonó a los exvalientes de la protesta, a los marrulleros del comité de huelga del admirado Mosh, un fósil de siete suelas y de ningún principio.

El miedo es contagioso. Cuando los militares con mando de la tropa de asalto se den cuenta que pueden obedecer a un cobarde, los va a paralizar también el miedo, como le pasó al general Luis Clemente Vega, secretario de la Defensa Nacional de Fox… Cuando este, poseído por el pavor, ordenó dispararle a los que protestaban contra el desafuero. Deme la orden por escrito, y lo hago. Antes, no. Y el botudo reculó, se dio cuenta de lo que estaba en juego. Los asesores echaron por tierra el ánimo despótico del alto vacío de Guanajuato.

Los entorchados necesitan de la tropa para conservar privilegios

Ese es el momento cuchi, cuchi, decía el mimo Beto el Boticario. Ahí se verá de qué cuero salen más correas. ¿Tendrá el valor el nuevo Fox para querer probar su suerte? Por su cabeza debe rondar el fantasma de Evo Morales, cuando pidió a su Ejército reprimir a mansalva a los bolivianos y los entorchados voltearon las armas contra su figura, exigiéndole que tenía que renunciar y abandonar Bolivia, que el verdadero peligro era él.

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