Hoy, 20 de mayo de 2020, estamos en la fase tres de la pandemia del Covid-19. Según la última cifra presentada ayer durante la ya tradicional conferencia que ofrece el sector salud federal, y que regularmente encabeza el doctor Hugo López Gatell (el personaje del momento en la política mexicana), en nuestro país el nuevo coronavirus ya provocó 5 mil 332 decesos.

También ayer fueron confirmados 11 mil 300 casos activos y 51 mil 633 acumulados confirmados.

Pero las cifras no dicen mucho y dentro de muy poco estarán rebasadas. Mi intención al escribir este texto es dejar una especie de diario para cuando alguien desde el futuro quiera atisbar un poco como eran estos días de pandemia. Esto desde un estado como Hidalgo, con sus peculiaridades y contrastes, cual si fuera un laboratorio de la república.

Mi perspectiva, por supuesto sesgada, proviene de cierta habilidad que tengo para observar qué es lo que ocurre a mi alrededor.

En principio, veo que nadie se salvó de ver trastocada su rutina. Nadie tiene hoy una vida como la que tenía antes de la pandemia. Una de las disposiciones más radicales fue la cuarentena que ordenó el gobierno federal, que hoy ya lleva poco más de dos meses de haber sido decretada. Fue aquel 16 de marzo cuando el secretario de Educación Pública federal Esteban Moctezuma Barragán anunció que las vacaciones de Semana Santa se adelantarían y que restringirían las actividades productivas a únicamente las esenciales.

Ahí fue cuando vino un cambio que a mi generación nunca le había tocado ver. Si acaso tuvimos una pequeña probada en 2009, cuando la epidemia de A (H1N1) nos obligó a reducir nuestras salidas al espacio público por el riesgo que había de contagiarse. Pero poco se parece aquella emergencia sanitaria a la actual, cuya magnitud es mundial y que provocará efectos económicos superiores a la Gran Depresión de 1929, según ha dicho el propio presidente Andrés López Obrador.

En México, y menos en Hidalgo, el aislamiento social ha funcionado de la misma forma que en países europeos como España o Italia, cuyos habitantes cumplieron el encierro de manera estricta, al grado que la policía podía patrullar las calles para multar a quien osara romper el aislamiento.

Aquí no fue así, las calles se vieron desprovistas del tráfico usual de personas y de automóviles, pero nunca se vio un panorama desértico como sí lo pudimos ver en ciudades como Roma, Venecia o Madrid, donde incluso vagaron animales desconcertados por las calles, sorprendidos de no ver a miles de humanos que usualmente las invaden. El planeta pudo tomarse un respiro.

¿Por qué los mexicanos casi no nos quedamos en casa? Bueno, como siempre, en nuestro país no se puede hablar de una sola realidad y debemos siempre atender un mosaico de diferencias. Así tenemos a estados como Zacatecas e Hidalgo, que a finales de abril apenas habían reducido su movilidad 16 y 29 por ciento respectivamente. Mientras que 77 por ciento de la población de Quintana Roo y Baja California sí respetaron el aislamiento, algo así como Baja California Sur y la Ciudad de México, cuyo 75 por ciento de su población logró mantenerse en su hogar, al menos hasta finales de abril. Son diversos los factores, pero seguramente la fortaleza económica o su debilidad deben ser claves para explicar las diferencias.

El punto es que la pandemia trastocó nuestra ya de por sí compleja realidad. Ya no fue lo mismo, ni siquiera ir al supermercado. Ahora se parece más a ir a un campo minado, al que hay que entrar con sigilo, usando cubrebocas, si se puede gafas protectoras, y una buena cantidad de gel en las manos…

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