Ayer sepultamos al hombre de Lía Bori, Golo, quien al final no pasó a la historia por su vida sino por su muerte, él se llevó el mérito de ser el primer habitante de la Isla Debrea en no ser ignorado por la muerte. Pocos días antes del suceso inédito, a Lía se le oyó amenazarle con untarle ceniza en la cara para llamar la atención del Espíritu de la Muerte cuando por fin se decidiera a ocuparse de todos los vivos pendientes a los que se ha olvidado de quitarle el aliento.

Y es que, hasta antes de ayer, los envejecidos y cansados isleños asegurábamos que Debrea estaba infectada de olvido, tanto que hasta la muerte nos estaba ignorando. Lía era una férrea defensora de esa teoría y por varios siglos se entregó a la faena de atraer a la muerte por medio de la hechicería, así que hoy no sabemos qué pensar. ¿Será que los esfuerzos centenarios de Lía al fin rindieron frutos? Algunos consejeros que nunca le dieron fe a sus trabajos no han dudado en acusarla de asesinar a su esposo con tal de satisfacer su obsesión.

Lo cierto es que Lía no sería la única que se aferraba en invocar a la muerte, nunca nadie de los que intentaron matar a sus enemigos en Debrea pudieron hacer que funcionara. Probaron con todas las armas conocidas, vertieron veneno en las bebidas y también en las comidas, probaron lanzando a sus víctimas desde lo más alto del mirador costero, apelaron incluso a sumergirlos con lastres en el Lago Sinfondo… ningún esfuerzo llegó a más, el resultado siempre eran leves lesiones.

La muerte de Golo ha sido, más allá de las típicas sospechas, una luz de esperanza para la gente que ya se cansó de vivir, sobre todo los fundadores, quienes ya no quieren agregar más hojas a su libro de realizaciones. Ellos también han hecho de todo para abandonar este mundo, pero aquí el suicidio tampoco funciona.

Yo lo intenté hace un tiempo, no fue precisamente por estar cansado de vivir, tenía 123, dos veces quise quedar suspendido de un roble: la primera vez, la cuerda comenzó a deshebrarse desde el amarre hasta que terminé frustrado en el suelo, la segunda vez, la rama del roble se desplomó conmigo, tuve la ilusión de morir aplastado, pero luego de quedar inconsciente por varias horas, desperté en un estado de salud inmejorable.

Tiene seis años desde que eso ocurrió y no me dieron más ganas de buscar otra alternativa para huir. Lía Bori lo intenta a diario, dos veces en la mañana y una vez antes de dormir, lo hace como si se tratara de una rutina para ejercitar el cuerpo, y lo hace también, estoy seguro, porque sabe que no le va a ocurrir nada. Aunque ahora que murió Golo, tengo morbo de si lo irá a intentar al amanecer.

Lía no ha dicho nada sobre el asunto, se le ve resignada, sin expresión, dirigiendo la logística de las exequias, ofrece pastel de arroz a los invitados que frecuentan su casa para los ritos del duelo. Lía ha dicho que se extenderán por unos 10 días. Nadie ha faltado al acto, en el que unos cuantos no pueden ocultar la envidia por la suerte que cargó con Golo.
¿Será que su partida marque el inicio de una serie de defunciones en cadena? La idea de que yo pueda ser el siguiente me aterra. No quiero irme sin haber compartido contigo el último sorbo de vino gris.

Mientras Lía y los debreanos se ocupan de mantener su mano alzada para que la muerte los mire, yo me aferraré a esta tierra que se aferra a mí.

Cariñosamente.

@lejandroGALINDO
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