El 12 de junio de 1968, en medio de la revolución de mayo en Francia y el movimiento estudiantil en México, Octavio Paz sostiene un intercambio epistolar con el también poeta Charles Tomlinson, en ese documento el poeta profético Octavio Paz afirma: “se bambolea el mediocre orden mundial ‘desarrollado’. Me emociona y exalta la reaparición de mis antiguos maestros: Bakunin, Fourier, los anarquistas españoles.

Y con ellos el regreso de los videntes poéticos, Blake, Rimbaud, etcétera… Lo que empieza ahora no es únicamente la crisis del capitalismo y de las caricaturas sombrías del socialismo que son la URSS y sus satélites y rivales. Es la crisis del más viejo y sólido instrumento de opresión que conocen los hombres desde el fin del neolítico: el Estado”. El Paz visionario anticipa con admirable lucidez el desastre que sobreviene con el estado autoritario, la única respuesta es el mundo libertario y democrático. Sin él, el mundo será la histeria y el resentimiento. Instalar el temor, atacar la libertad de expresión, azuzar la intolerancia, promover la polarización y la división, es el camino para suprimir el intercambio de ideas, negar el desacuerdo como una condición básica de la política porque este es el nutriente que vigoriza el debate y el discurso libertario. Sin embargo, hoy nos encontraremos en el peligroso camino autoritario, como lo advierte Thomas Chatterton “una generación incapaz o reacia a relacionarse con las ideas e interlocutores que la hacen sentir incómoda […] abre la puerta –accesible desde la izquierda y la derecha– a varias formas de autoritarismo.

El autoritarismo como ideología, como discurso, encuentra, en la economía, a su hermano gemelo. Desde el borde del autoritarismo económico, se construye la leyenda negra sobre el papel de los empresarios, en el otro extremo, se celebra la política económica populista, clientelar, corporativa, de dádivas.

Ese modelo ha llevado a la economía a profundizar, hacer más grave la crisis. Resulta incomprensible, por ejemplo, apostar por las energías fósiles, cuando el mundo camina hacia las energías limpias, es un sinsentido, un extravío, ¿para qué se quiere una refinería? De igual manera, cabe preguntar, en el proyecto del Tren Maya, ¿es necesario devastar una selva? Esa lógica económica ha provocado que diversas instituciones financieras estimen que la caída económica será de alrededor del 10 por ciento. Nuestro país, según Fortune, logrará recuperar las condiciones económicas que tenía en 2019 (crecimiento, empleo, pobreza, desigualdad, salarios, etcétera) hasta 2025. El cuadro se agrava, pues de acuerdo con la Concamin, después de la crisis económica, viene la financiera (pagos de tarjeta de crédito, de vivienda, de autos, etcétera). En el 2021 inicia el doloroso viacrucis económico, se alcanzará un pequeño crecimiento, cercano al 3 por ciento, crecimiento absolutamente relativo, porque este se mide con respecto a la caída del 2020, la más grave desde los años treinta del siglo pasado.

Una crisis donde la pandemia tiene alguna responsabilidad, pero que con políticas anticíclicas se hubiera atemperado su caída y costo social. Baste un ejemplo: ¿Por qué no adquirir deuda?, paradójicamente, la deuda del país, sin haber contratado más, creció 10 por ciento, por el cambio en la paridad (la devaluación del peso frente al dólar), si se contrata deuda, por contradictorio que parezca, nos desendeudaremos más rápidamente, porque creceremos más y sobre todo, en un lapso más rápido, al contratar deuda, el gobierno puede invertir, con lo que se revierte la desinversión, se estimula el papel del capital privado, el efecto multiplicador de la inversión pública y privada se incrementa.

Es oportuno preguntar si la sociedad está en espera de un nuevo contrato social para esta era de descontento. Para dos destacados economistas, Rolando Cordera y Joseph Stiglitz, es urgente abrir una ventana a las posibilidades de un modelo de economía y sociedad alternativo al neoliberalismo. Stiglitz lo llama capitalismo progresista, Cordera, el Estado desarrollista. Ambos coinciden en la necesidad de diseñar un nuevo pacto social que impulse y combine políticas capaces de articular demografía y economía, capacidades productivas y el fortalecimiento de la convivencia social. Cordera insiste en la necesidad de consensuar una reforma fiscal que, entre otras cosas, logre un incremento en la recaudación, pero advierte “la reforma fiscal no puede reducirse a sus fines contributivos y redistributivos.

Debe extenderse al conjunto del cuerpo social mediante el gasto público que, a su vez, debe ser también la expresión clara del pacto social y estar siempre pensando y evaluado por sus efectos e impactos en la reproducción y fortalecimiento del propio pacto”.

Existen caminos, hay alternativas, para transitarlos tiene que haber discusión, ideas, lenguaje erizado que conmueva y convenza.

Se necesita enfrentar las ideas, intensificar el debate. Son horas de historia, de lectura, de escritura y discusión, de diálogo y reflexión, que nos acerquen al reino de lo posible.

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