En esta vida no hay nadie que no pelee. El camino nunca está alfombrado, nunca nadie te llevará al otro lado de la mano: tú tienes que sortear los obstáculos, eliminar al enemigo. Así toda la vida. Desde la escuela, cuando compites con tus compañeros de banca. Pero hay seres que eligen pelear como su modo de vida. Subir al ring se vuelve su rutina. Vencer al otro arrojándolo a la lona desde la tercera cuerda, con ayuda de alguna llave eficaz, o mediante un uppercut certero. Tales son las habilidades de un luchador, uno de esos guerreros que acaban con su cuerpo porque esa es su razón de existir: luchar hasta morir. De eso se trata este Maldito Vicio.

Óscar Baños Huerta**

El olor de su padre siempre había sido el mismo, un dejo a aceite que le llenaba la nariz. La cara rasposa cuando le daba el beso de las buenas noches, los brazos poderosos, lastimados, con moretones, dibujados de cortadas que habían secado, otras que apenas secaban. Su padre era poderoso, enorme, un hombre que montó caballos broncos, que lazó toros en los llanos. Ángel llamaban a su padre los que en realidad no le conocían. Le saludaban en las calles, le convidaban a sus casas sin imaginar que el rostro que cargaba no era sino la piel desnuda de una identidad oscura.
Él recordaba a su madre poniendo telarañas en hemorragias que no dejaban de sangrar. El maletín gris con el que su padre llegaba cada martes por la noche, los ungüentos aplicados en la espalda y la voz de ella pidiéndole que dejara de acudir a la arena; pero su padre era un hombre que estaba construido de un material que no era carne, estaba hecho de piedra volcánica, los ojos escondidos detrás de la tapa cortaban. No quiso revelarle los secretos que lo convertían en un luchador imparable, no habló con él de llaves y lances, ni siquiera lo dejaba acompañarlo a la Arena, ese lugar estaba prohibido. Era el mundo de su padre y no lo compartía con nadie, mucho menos con el único hijo que tenía, un hombre: un rival.
Aquella tarde de domingo, con 19 años cumplidos, Arturo decidió ver luchar a su padre, quería mirar su máscara dorada y su capa carmesí elevarse por encima de los encordados. Él sabía que ese deseo era solo la parte oficial de aquella transgresión, de aquella invasión al territorio del enemigo. Esperó pacientemente lucha tras lucha hasta que llegó la estelar, la principal de ese día que era profundamente significativa debido a que su padre, con una lesión en las cervicales, se retiraba de las arenas. Había tenido molestias últimamente, el vértigo lo atenazaba, pero la insistencia de sus compañeros lo animó a una función de despedida. No lo invitó, Arturo no esperaba otra cosa.
La lucha estuvo regular, los luchadores más jóvenes hacían esfuerzos para dejarse vencer por aquel hombre deteriorado que se movía lentamente, los gritos de la afición lo animaban, lo veían como a un retrato descolorido al que se le tiene mucho cariño. Arturo animó a la porra y juntos corearon pidiendo la “tijera dorada”, el movimiento que hizo famoso a su padre y que consistía en un mortal hacia atrás desde la tercera cuerda para caer con unas tijeras; el movimiento requería una agilidad que su padre ya no poseía. El público hambriento de espectáculo no reparó en ello, pedía que aquel luchador se retirara en la gloria; su padre, embriagado por las atenciones de ese día no lo pensó, subió a la tercera cuerda, levantó los brazos y se lanzó al vacío. Todo pasó en cámara lenta, su padre voló al tiempo que el grito de Arturo se elevaba hasta llegar a sus oídos. Su padre lo escuchó y perdió la concentración, el vértigo fue un extra inesperado. La máscara dorada era lo único que permitía a su cráneo conservar la forma, la máscara se oscurecía poco a poco y la cabeza de su padre en el concreto le recordó los higos maduros caídos en el jardín de la casa de su abuela.

*Texto publicado en el libro a Ras de lona,
publicado por el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes en 2015.
**Me gustan las mañanas con café negro y sin azúcar, caminar antes de que amanezca, ya que para mí las calles vacías tienen una belleza muy particular. Duermo en el bosque de vez en cuando, disfruto conversar con la gente vieja de los ranchos, el olor del cempasúchil y las historias de naguales.

Las glorias del Gran Púas

Estábamos en los vestidores, a 15 minutos de la pelea donde el ídolo de la Bondojo destazara en 15 segundos al tailandés Paget Lupicanete, flan de encargo, mucho antes de que las lámparas acabaran de alumbrar completamente el enlonado del drama. El drama era de Olivares. Victoria relámpago, que no creyó nadie entre los 10 mil fanáticos que el imán del Púas y el anillo del promotor gringo embodegaran en las graderías del Sports Arena, en Los Ángeles, aquella maliciosa noche del 2 de junio de 1976: arranque del derrumbe definitivo de una maciza gloria mexicana, derrumbe que se vaticinara banderazo hacia el quinto campeonato mundial del otrora aclamado Mister Knock Out por la prensa deportiva del imperio.
Sísifo casi de veras, inagotable casi, Rubén Olivares emprendía esa noche una nueva ascensión, a cuestas su fardo de mujeres, de alcohol, de mariguana, de parásitos, de coca, de vagancia, de tedio, de impaciencia, de desamor, de anarquía, de nota roja, carnitas y totopos y fatalismos y resignaciones y prodigiosas facultades naturales para el arte de desmadrarse entre las 12 cuerdas.
–¿Cuánto tiempo más de este tren?– le pregunté dos semanas después en México.
–Ps lo que dure– dijo empujándose el tercer farolazo del día, poniéndole con fe a los de moronga. Eran las 11 am.
–¿Y luego?
–Ps luego ya nos preocuparemos de a ver qué ¿no crees? ¡Pero acábatela, no la platiques! Y qué vamos a hacer, a dónde vamos de aquí o qué vamos a hacer o qué. ¿Ya te la acabaste? Señor, aquí lo mismo, por favor.
–¿Lo mismo, Rubencito? Cómo de que no. ¿No quieres chicharroncito, Rubencito? En verde, va saliendo orita, te va a gustar, regalo de la casa, mi Rubén.
–No señor, muchas gracias, nomás bebidas por favor.

*Nació en Tulancingo, Hidalgo, el 18 de enero de 1923, y falleció en Cuernavaca, Morelos, en mayo de 1999. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores. Su obra es muy amplia e incluye Mazamitla (1954), Beber un cáliz (1962), Bellísima bahía (1968), La casa que arde de noche (1971), Par de reyes (1983), Aires de blues (1984), Gamuza (1988), Taíb (1989) y Triste domingo (1991). Recibió el premio Mazatlán en 1962, el Premio Nacional de Periodismo correspondiente a 1987, el premio al mejor libro extranjero publicado en Francia en 1975, por La casa que arde de noche, y el Premio Colima en 1989.


Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, José Luis Dávila, Diego José, Óscar Baños, Luis Frías, Rafael Tiburcio, Abraham Gorostieta, Negra Magallanes, Elizabeth Rivera, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Jorge Daniel el Ene, Víctor Valera, Sonia Rueda, María Elena Ortega, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.
Ilustración: Especial

TUITIZA LOCA

Tienes la opción de quedarte en el suelo o levantarte nuevamente y volverlo a intentar, es tu decisión, de nadie más. #pelea #latino
Emmanuel Cass
@LaTechN3

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