El empleo, como otros fenómenos sociales, no es, a estas alturas del siglo XXI, equitativo ni justo para los distintos géneros. Las cifras que dio a conocer ayer el Inegi respecto al estado que guarda el mercado laboral para las mujeres así lo constata. Por ejemplo, en nuestro país 48.4 por ciento de las mujeres que trabajan no cuenta con acceso a servicios de salud como prestación laboral, 58.6 por ciento trabaja sin tener un contrato escrito y 50.7 por ciento no cuenta con prestaciones laborales. En contraste, solo 37.7 por ciento goza de vacaciones pagadas, 43.7 por ciento recibe aguinaldo y 6 por ciento cuenta con reparto de utilidades. Es decir, más de la mitad de las mujeres que laboran sufre de condiciones precarias. ¿Por qué razón? Seguramente los economistas expondrían argumentos como que el mercado laboral mexicano no es competitivo y que por tal razón los empleadores se ven empujados a pagar salarios precarios y eludir sus compromisos con la formalidad. Pero también existe una razón cultural que permea nuestra cultura desde hace siglos. No está en ninguna ley, pero existe: no solo en México, sino en el mundo, hay puestos de trabajo que son exclusivos de los hombres. O también es muy común que una persona del sexo masculino desempeñe la misma labor que una mujer pero tenga un mejor salario. Esto en el campo laboral, pero también están las altas tasas de violencia. Al menos cuatro de cada 10 mujeres sufren algún tipo de violencia. La sociedad, el gobierno, todos debemos combatir este entorno hostil. Conmemorar el Día Internacional de la Mujer no debe ser para recordar que la mujer vive en perene desventaja frente al hombre. De filón. El ayuntamiento de Pachuca se enfrenta a dos líderes que quieren perpetuar sus privilegios. Es una lucha de fuerzas en donde se ponen a prueba inercias, clientelas que se niegan a morir.

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