Desgaste y zozobra

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Moisés Sánchez Limón

La versión es que, cumplida la primera quincena del triunfo de Andrés Manuel López Obrador en las urnas, comienza a tejerse el fino velo del desencanto y la zozobra entre quienes, por hastío y cobro de facturas y venganzas personales votaron por el candidato presidencial de Morena.

Sí, desencanto y zozobra por el poco claro futuro que otea la burocracia de base, es decir, los servidores públicos sindicalizados y una importante franja de mandos medios superiores que, en diversas dependencias federales, estatales y municipales de filiación priista, panista y perredista, hicieron todo lo posible por ofender al sentido común de la ciudadanía con pésima atención y actitudes de soberbia.

¿Fallaron los partidos políticos? Mucho hay de cierto en esa editorial que Beatriz Pagés Rebollar publicó en la revista Siempre, de la que es directora. Hartazgos, venganzas, deslealtades y traiciones inundaron al PRI; el abandono de los hilos del poder, las ausencias y el doble discurso, en fin.

Pero, vaya, habrá tiempo en los institutos políticos para reflexionar acerca de todos los yerros que abonaron en ese terreno de la campaña, larga campaña, que hizo López Obrador con la insistente oferta del cambio y la acusación recurrente contra la que llama “la mafia del poder” por todos los males nacionales que terminaron por enterrar la poca materia de comunicación oficial respecto de las consideradas buenas acciones gubernamentales.

El punto, hoy, es el alcance y consecuencias que, en esta primera quincena de julio, han tenido los anuncios, propuestas y aproximaciones de gobierno, hechas por López Obrador, quien legalmente no es más que el candidato triunfador de la elección presidencial o, como se cita: el virtual presidente electo, mas no presidente electo porque esa declaración es competencia del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.
La evidencia de que el presidente Enrique Peña Nieto ha permitido que su sucesor, sin la legalidad correspondiente, asuma y elabore la agenda nacional que solo es enunciativa porque nada de lo planteado puede tener un efecto inmediato, merced a esa carencia de sustento legal, ha generado un desgaste en el propio decir y hacer de Andrés Manuel.

Y, el efecto directo es la generación de zozobra e inseguridad entre cientos de miles de servidores públicos, burócratas, decía que en la impronta votaron a favor de lo que consideraron sería el cambio, la generación de un nuevo México, y hoy rumian las consecuencias de lo que se aproxima como un cambio en sus vidas.

Porque, sin duda, el anuncio de la descentralización del gobierno federal que implica la mudanza de prácticamente más de 70 por ciento de las dependencias federales a ciudades capitales de diferentes estados del país, entraña todo un cambio en la vida de los servidores públicos que han hecho su vida en la Ciudad de México.

Sí, es un anuncio de López Obrador, asumido como un hecho irreversible por los presuntos secretarios de, por ejemplo, Educación Pública Esteban Moctezuma, quien ha dicho que a partir de diciembre próximo despachará en la ciudad de Puebla.

Por supuesto que él podrá tener su oficina en la capital poblana, pero no los miles de trabajadores de la SEP que tienen residencia en la Ciudad de México, que pagan renta o el crédito de una vivienda, cuyos hijos estudian y estará en el primer semestre del año lectivo. Vaya, Esteban tendrá que convencer a los empleados sindicalizados que trabajan en la que será su oficina, para que se vayan en diciembre a Puebla. Es un escenario previsible.

Pero, diría el filósofo de Juárez, qué necesidad de generar esa zozobra e inquietud entre la burocracia que votó por él y que hoy, en esta primera quincena en la que debió haber emprendido una tarea de proyección y elaboración de su Plan de Gobierno y sustentar las ofertas hechas en campaña, se ha dedicado a hacer anuncios cuya concreción no es ni siquiera a mediano plazo.

En cuatro meses, con anuncios poco viables, presupuestal y materialmente, la figura, el bono de Andrés Manuel se desgastará indudablemente.

Y, vaya, ¿acaso los gobernadores son hermanas de la caridad que cederán espacio de poder a los delegados, súper delegados especiales que llegarán con poder supraestatal? No son ñoños en esos asuntos ni se tragan la píldora de la austeridad que llevará a la desaparición de delegaciones, que pasarían a ser entes bajo las órdenes de los enviados de Andrés Manuel que irán a hacer campaña para, en las elecciones intermedias, sumar espacios en la construcción de un gobierno central y centralizado, bajo el control del señor presidente de la República con salario recortado.

Cuidado con esos anuncios que inquietan y, además de la zozobra, generan enojo y propician un clima que puede estallar en esa violencia que observamos en diciembre de 2012, azuzada por grupos anarquistas que pretendieron –sujetos a la mano que mueve la cuna– reventar tempranamente al gobierno de Enrique Peña Nieto y mostrarlo represor. Y lo descalificaron. Digo.

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