En ciertos episodios de nuestras vidas encontramos muros frente a nosotros, no siempre de varilla y cemento, sino como un velo tenue que siembra en nosotros miedo, nos pasma, nos encierra. En otros momentos, cuando no entendemos la otredad, decidimos construir diques que nos aíslan y nos llevan a enfrentarnos con nosotros mismos. Y eso es, a veces, lo mejor que puede pasarnos. Pero, ¿qué pasa cuando un país quiere encerrarse y expulsar a quienes no representan las mayorías? ¿A dónde nos conduce el aislamiento a gran escala? Intuyo que a un maldito círculo vicioso. Los relatos que hoy nos llevan a la lectura hablan de esos muros, que no son siempre de ladrillos.

Desierto de Arizona

Te vi por última vez y no me dolió.
Recuerdo todas esas veces que creía que no te vería más y me transformaba en el desierto de Arizona.
Mis ríos se llenaban de muertos, a mis muros agregaba cercas eléctricas y las balas desalojaban a las aves de mis senderos.
Pero ayer, que por última vez te vi, me dejé ir en tu sed, como se evapora en la lengua lo que quedaba de agua.
Te regalé los gestos sobrantes y algo acabó.
Sé que te encontraré y te diré qué has hecho, vamos a caminar, pero no pasarás: seré analfabeta de tu rostro, caerás electrocutado antes de penetrarme y no pasarás.
Me nombro desde hoy área natural protegida. Patrimonio intangible de mi humanidad.

Cierta gente

Cierta gente huyendo de cierta gente.
En cierto país bajo el Sol
y bajo ciertas nubes.
Dejan tras de sí su cierto todo,
campos sembrados, ciertas gallinas, perros,
espejos en los que justamente se contempla el fuego.
Llevan en la espalda cántaros y hatillos,
cuando más vacíos, cada día más pesados.
Tiene lugar calladamente el detenerse de alguien,
y en el tumulto, el arrancarle el pan alguien a alguien
o el sacudir al niño muerto de alguien.
Continuamente ante ellos un cierto no hacia allá,
un no es éste el puente que nos falta
sobre un río extrañamente rosa.
Alrededor ciertos disparos, más lejos o más cerca,
y en lo alto un avión que, un poco, se balancea.
No estaría mal una cierta invisibilidad,
una cierta parda pedregosidad,
y aún mejor un cierto no-haber-sido
por un tiempo corto o hasta largo.
Algo ocurrirá todavía, pero dónde y qué.
Alguien les saldrá al paso, pero cuándo, quién,
de cuántas formas y con qué intenciones.
Si es que puede elegir,
quizás no quiera ser un enemigo
y los deje con una cierta vida.

(2 de julio de 1923-Cracovia,
primero de febrero de 2012)

Fue una poetisa, ensayista y traductora polaca, ganadora del Premio Nobel de
Literatura en 1996.

 

DIRECTORIO MALDITO

Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, José Luis Dávila, Diego José, Óscar Baños, Luis Frías, Rafael Tiburcio, Abraham Gorostieta, Negra Magallanes, Elizabeth Rivera, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Jorge Daniel el Ene, Víctor Valera, Sonia Rueda, María Elena Ortega, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.
Ilustración: Especial
Diseño: Cuauhtémoc Ríos

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