Despertar a las bestias

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vicio

Julia Castillo*

No pasa nada. Es una hacienda abandonada y ya, me dijo mi tío esa noche antes de entrar al cascarón de herrumbre y piedras. Tío, le dije, ¿no podemos conocerla mañana? No me urge, voy a estar aquí varios días, y ya traemos unos mezcales encima. Vamos al panteón entonces, me retó.

Solo así accedí a entrar a esos despojos porque, además, una noche antes le había dicho, muy salsa, que ya no me daba miedo la oscuridad. Él nomás se rió. Todavía me cree un chamaco, un falso citadino, un universitario enclenque.

“Desde hace muchos años se me quitó el miedo a la oscuridad. Bien pensado, si existieran todas esas cosas en las que usted cree, se aparecerían a cualquier hora, ¿no?” Mi tío sonrió, diría que diabólicamente, y empujó la pesada puerta de madera de la hacienda y me lanzó tan fuerte que tiré el guaje con mis últimos tragos de mezcal.

En los primeros minutos no pasó nada. Había una oscuridad tan densa que me guié solo con su voz, que más me pareció la voz de un duende anciano corriendo de un lado a otro.

“Espérese, tío, no veo nada, no lo puedo seguir tan rápido.

” “Pero si voy atrás de ti”, me dijo al tiempo que tocó mi hombro derecho. Yo volteé para ese lado pero entonces sentí que su brazo derecho cogió mi izquierdo.

De nada en concreto puedo hablar, si acaso que pasaban sombras sobre las sombras, y aunque me acostumbré a la oscuridad, mi astigmatismo y la falta de luz amortiguaron el mal, la noche lo hizo casi incorpóreo pero no por eso irreal.

Sombras blancas, sombras negras, sombras veloces, sombras lentas, rumores, uno primero y luego docenas; lamentos infantiles, de mujeres en iglesia; carcajadas de hombres y mujeres ancianas. No sé qué decían, no sé de qué se quejaban, no sé qué eran. Mi tío parecía muy acostumbrado y de tanto en tanto insistía: “¿Ya vez que no pasa nada?”, y soltaba esa risita macabra.

Yo no percibí divisiones en los cuartos que él me iba describiendo, pero en cada habitación veía y escuchaba lo mismo: sombras y murmullos que terminaban con la risita de mi tío. Hasta que vi una lucecita que poco a poco se hizo más grande y que nunca entendí cómo la dejamos atrás para dar una vuelta completa.

Cuando salimos, mi tío estaba más borracho y yo más sobrio, con los vellos de mi cuerpo erizados y con una erección que tuve que cubrir con mi suéter aunque hacía un poco de frío. Era una nueva reacción al miedo. Acompañé a mi tío al puesto de la iglesia para que cenara. Yo tenía náuseas y él mucha hambre: comió patitas de pollo, higaditos, tlayudas con cecina… Parecía venir de arar el campo. Y no quería parar hasta que casi lo obligué a irnos. “Mi tía debe estar esperándonos con la cena”, le dije. De inmediato se volteó y me dijo Vámonos. Y se fue sin pagar. Me acerqué a la señora, le pregunté cuánto le debíamos y con la cabeza gacha en el comal, me dijo “No, muchito, no es nada”. Dejó el volteador y tocó mi diestra con la suya: estaba hinchada y descarnada en los nudillos, le faltaba la uña del dedo medio y tenía ámpulas en el dorso que le seguían hasta la muñeca y el brazo. Me separé de un tirón. No quise verle el rostro. Aumentaron mis náuseas y alcancé a zancadas a mi tío.

“Tío, ¿de qué está enferma la señora del puesto?”, le pregunté. “De muerte”, respondió mi él a carcajadas. Yo no dejaba de tragar la poca saliva que tenía, de tener los pelos alerta y el corazón acelerado.

Cuando entramos a la casa, el perro empezó a ladrar violentamente pero en cuanto nos vio metió la cola y empezó a aullar con dolor, como si lo hubiéramos golpeado. Mi tío corrió al baño y luego se metió a su recámara. Yo seguía sus pasos desde el patio. Me quedé fumando y rezando entre caladas. Pero como me pasa siempre en las grandes penas, olvidé algunas frases del Padre Nuestro y las intercalé con el Ave María. Aclaré mi mente y a punto estaba de terminar el primer Padre Nuestro entero cuando mi tía abrió la puerta de la cocina y, sin asomarse, me dijo: “Ven a cenar conmigo, chamaco, ándale”.

Entré a la cocina. Aunque estaba el fogón encendido, hacía mucho frío, y un olor a podrido me hizo dar una arcada. Mi tía, que removía y removía la olla de los frijoles y calentaba tortillas, se rió sin voltear a verme. “¿Vienes pedo, verdad? ¿A dónde te llevó ese cabrón, que traes el espanto en el estómago?”. “Pero algo debe estar echado a perder, ¿no, tía?”, le respondí. “Has de traer echada a perder pero la voluntad”, me contestó riéndose con una risita muy parecida a la que mi tío tenía antes de entrar y al salir de la hacienda abandonada.

–Te vas a comer estos frijolitos y te vas a sentir mejor.

–No quiero ser grosero, tía, pero tengo muchas náuseas.

–Pues ¿qué hicieron, qué comieron? –Fuimos a la hacienda que está cerca de la iglesia… –Ay, ese cabrón de tu tío, ¿cómo te metió ahí?… Si ya le he dicho… –¿Qué cree que tenga, tía? ¿Qué cree que haya pasado? Mi tía cogió dos platos hondos, sirvió los frijoles y por fin volteó. Tenía un ojo de vidrio en el surco izquierdo y su ojo izquierdo estaba en el orificio izquierdo de su nariz, que estaba hinchada; de ambos hoyos escurría sangre y la bola de vidrio y el ojo en la nariz se movían para uno y otro lado al mismo tiempo.

Me levanté de la silla del comedor y me quedé inmóvil, mudo. Se oyeron entonces las cigarras, muchas cigarras, y luego las patas de un ave no tan liviana andando por el techo de lámina, luego otra y otra, un ave tras otra caían al techo, docenas de aves.

“Son lechuzas”, dijo la tía moviendo sus tres ojos, riéndose, “y pues qué va a ser, mijito, lo que pasó fue nomás que despertaron a las bestias”.

LA ESCRITORA

*Vivía en Pachuca pero lleva cuatro años disfrutando de los pequeños apocalipsis de la CDMX

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