El crimen ocurrido en Monterrey, en el Colegio Americano del Noreste, donde un adolescente disparó contra sus compañeros en el salón de clases, provocó que las familias, directivos y profesorado de escuelas, e incluso políticos, reflexionaran sobre el rumbo de la educación en nuestro país y, principalmente, sobre la forma en que construimos nuestras relaciones al interior de las familias. En las juntas de padres de familia, en redes sociales y en pláticas de café se reflexiona sobre qué fue lo que orilló a un chavo a disparar a sangre fría sobre su profesora y tres compañeros de clase. Que si es la desatención de los padres con sus hijos, que si la modernidad nos ha orillado a tener niños y adolescentes solitarios que son educados por la televisión y las redes sociales, que si es culpa del entorno violento, etcétera. Y mientras tiene lugar ese debate, las escuelas privadas y algunas públicas ya tomaron medidas de prevención. Una de ellas es el ya conocido operativo Mochila, que no es otra cosa que revisar las mochilas de los escolapios antes que entren a clases. Otra, que es la que nos ocupa en esta edición, es el uso de dispositivos detectores de metal para evitar que cualquiera ingrese a las escuelas con algún tipo de arma, sea de fuego o blanca. La intención es evitar que se repita una tragedia como la de Monterrey, que cimbró al país pues fue un acto sin precedentes en territorio nacional. ¿Es la solución hurgar en las mochilas de estudiantes? Podrán establecerse esas medidas de seguridad, pero al final lo que debe imperar es la razón, la educación. Esta debe prevalecer pues a largo plazo quienes deben cuidarse son los propios niños, niñas y adolescentes. Se trata de un proceso educativo, de enseñanza, que proviene tanto de la escuela como de madres y padres de familia. Es esa la clave: que cada quien conozca a sus hijos y hable con ellos, que los escuche, que sepa qué sienten. De lo contrario, de nada servirá la instalación de miles de detectores de metales De filón. Los partidos, como casi siempre, son candiles de la calle, oscuridad de su casa. Promovieron y aprobaron la ley de transparencia, pero son incapaces de echar a andar sus propios portales en los que difundan, por ejemplo, sus tabuladores de salarios.

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