En junio pasado, el gobierno de Donald Trump se retiró del Acuerdo de París sobre cambio climático, aduciendo desventajas para las empresas norteamericanas, principalmente del carbón y del petróleo. A pesar de ello, los demás países mantienen su adhesión al acuerdo. La posición de Trump se explica por los compromisos de su gobierno con las empresas automotrices y destacadamente las petroleras, tanto de Estados Unidos como de Arabia Saudita, las más ricas en el mundo, que se verían directamente afectadas en los ingresos de cada una. Eso mismo explica la negativa de 2002, del entonces presidente George W Bush, a firmar el Protocolo de Kioto, también de reducción de emisión de gases de efecto invernadero (GEI), por ser “contrario a la economía de Estados Unidos”. Los cinco principales países, en orden descendente, emisores de esos gases son: China, Estados Unidos, la Unión Europea como bloque, India y Brasil. Los gases resultan de la quema de combustibles fósiles, sobre todo petróleo y carbón: en el mundo se extraen diariamente 89.8 millones de barriles de petróleo (un barril tiene 159 litros); de esa cantidad resulta, ya procesado en las refinerías como derivados del petróleo, un volumen de 4 mil 400 millones de toneladas al año.
Los GEI, principalmente dióxido de carbono (CO2) y metano, retienen parte de la radiación que llega primero del Sol y luego es emitida por la Tierra en forma infrarroja, sin embargo, no puede salir toda de la atmósfera; buena parte queda atrapada y produce el calentamiento global. La concentración de CO2 es la más alta registrada en los últimos 800 mil años, según cifras del Instituto Scripps de Oceanografía de Estados Unidos. Al iniciar la Revolución Industrial, en la década de 1750, la concentración era de 280 partes por millón (ppm); en septiembre del año pasado alcanzó 404 ppm, es decir, aumentó 44 por ciento. En 2012 fue de 390 ppm. La anarquía en la producción es la causa de ese proceso antropogénico, causado por la actividad humana y no debido a circunstancias puramente naturales.
Se estima que para 2100, al ritmo actual de emisión por parte de empresas y automóviles, y si no se toman medidas de control, la temperatura global promedio habrá aumentado en 4.2 grados; piense en las temperaturas registradas en lugares cálidos de México y sume ese incremento. La meta del Acuerdo de París es no rebasar los 1.5 grados de aumento y evitar que supere los dos grados sobre la temperatura existente a inicios de la Revolución Industrial; asimismo, que el nivel de las emisiones no rebase la capacidad de la cubierta vegetal para absorber los gases de carbono; el problema es que esta se reduce y, por tanto, su capacidad de absorción de CO2. Como consecuencia, como ya dijimos, aumenta la temperatura en la atmósfera, y en los últimos tiempos más aceleradamente: 13 de los 14 años con temperaturas más altas están registrados en este siglo, destacando 2015 y 2016. Agosto de 2016 registró la temperatura más alta con respecto al mismo mes en los últimos 136 años.
Como consecuencia se derriten glaciares y el nivel promedio del mar ha subido en 19 centímetros desde 1900. La superficie cubierta con hielos perpetuos se está contrayendo peligrosamente, como muestran los mapas. Aunque ciertamente existen opiniones encontradas al respecto, varios especialistas atribuyen al aumento de temperaturas en las aguas y la atmósfera en la región del Atlántico cerca del mar Caribe, donde se forman los huracanes de esa región, el que estos aumenten su potencia devastadora, como lo demostró la serie de esos fenómenos ocurridos en septiembre.
Ante esa situación tan grave, es importante saber qué esfuerzos se hacen por enfrentarla y quién los hace. Respecto al desarrollo de fuentes de energía limpia, SputnikNews el 13 de julio de 2017 informó: “China sobrepasó a Estados Unidos como el mayor productor de energía renovable del mundo en 2016, según la última edición del informe estadístico mundial de energía de BP, publicado el 10 de junio. La energía renovable, si se excluye la hidráulica, creció 14.1 por ciento en 2016, el mayor incremento desde que se tienen registros. La contribución de China en ese incremento fue de 40 por ciento, estima BP; también el informe destaca que China invertirá 363 mil millones de dólares en ese rubro hasta 2020, lo que supone la creación de 13 millones de puestos de trabajo, con lo que alcanzará 27 por ciento de la generación total de energía. En 2016, la capacidad de energía solar de China creció 81.6 por ciento hasta 77 mil 400 megavatios, catalogando al país asiático como el primer productor de energías renovables del mundo (hidroeléctrica, fotovoltaica y eólica), sin embargo, aún tiene enormes desafíos por delante. Casi dos tercios de la energía que consume provienen del carbón, es el primer emisor de gases de efecto invernadero, con 28 por ciento de las emisiones globales, según un reciente artículo de Le Monde Diplomatique. El diario Financial Times publicó un informe sobre la evolución de las energías renovables desde 2000 hasta la fecha. En ese año, los países líderes en eólica eran Alemania y Estados Unidos con 6 mil 97 y 2 mil 377 MW de capacidad. China apenas alcanzaba los 341 MW y los demás países del mundo iban muy por detrás, salvo España e India. En 2016 el panorama dio un vuelco impresionante, China encabezó la cabeza con 146 mil MW instalados, seguida de los americanos con 81 mil MW, Alemania con 50 mil MW, e India con 29 mil MW La hegemonía china es idéntica en el campo de la energía solar, ya que produce más que Norte América y Alemania juntos, mientras partía también de una situación de marginalidad en 2000. El informe de Financial Times destacó que China posee un tercio de la energía eólica del mundo, un cuarto de la solar, seis de los 10 mayores fabricantes de paneles solares, cuatro de las 10 más grandes empresas de turbinas eólicas. India, a su vez, ha instalado una de las mayores plantas solares y es el cuarto país en energía eólica.
Sin duda, el mundo necesita urgentemente detener la destrucción del medio ambiente, poniendo orden en la producción. La irracional anarquía, acicateada por el afán de ganancia, está conduciendo al acelerado deterioro de nuestra casa común. Cada día es más urgente tomar medidas para frenar la destrucción del hogar de todos, y para ello es necesario establecer una economía ordenada, orientada a atender las necesidades sociales, basadas en un riguroso criterio de protección al ambiente al que se subordine la producción, de manera que sea sustentable. No puede seguirse anteponiendo la máxima ganancia en el menor tiempo y a costa de lo que sea como motivo central de la producción, poniendo en peligro en el largo plazo la sobrevivencia misma de la especie humana. Asimismo, el empleo de energías alternativas, limpias, como hace destacadamente China, debe aplicarse más aceleradamente en el mundo sobre las energías fósiles, para alcanzar la armonía con el medio ambiente y no solo frenar, sino revertir el daño ambiental ya ocasionado.

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