Durante siete días permanecimos en protesta por mejoras en nuestra remuneración, en un primer momento hubo desconcierto e incredulidad ante la colocación de las banderas rojinegras, luego expresiones de esperanza porque nuestras demandas serían resueltas inmediatamente, después acuerdos y cooperaciones para tener las mejores condiciones posibles en nuestro campamento huelguístico.
Casi todos los climas y las temperaturas ocurrieron, pasamos del frío de la madrugada al intenso calor del medio día, también el viento cargado de polvo envolvió nuestras personas, luego nos limpiamos los ojos para contemplar un paisaje espectacular iluminado por la luna y las estrellas. En un principio una línea invisible nos mantenía distantes porque mantuvimos la etiqueta de personal administrativo y personal académico, luego en ese proceso de integración nos dimos cuenta de nuestra condición común: empleados y empleadas de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH).
En nuestra jornada laboral es común intercambiar saludos y frases de cortesía, pues la cantidad de trabajo y el tiempo reducido para cumplirlo siempre apuran el paso y acortan las posibilidades de conversación; durante la huelga fue posible mirarnos, reconocernos y platicarnos de temas diversos, así me enteré del enorme esfuerzo que mujeres profesionales hacen para llegar a su trabajo remunerado, porque su otro trabajo, el no pagado y poco reconocido, lo iniciaron al levantarse muy temprano y para concluirlo antes de acostarse; pude saber los dramas de la vida diaria que imponen los enfermos en la familia, hijos e hijas pequeñas o adolescentes rebeldes, también me enteré de las estrategias familiares para resolver la jornada cotidiana.
Desde mi punto de vista, los beneficios tenidos de la huelga sostenida la semana pasada se debieron no solo a los incrementos en nuestras percepciones salariales, también se fue el reencuentro que tuvimos como personas en nuestros dramas, gustos y fobias; la condición de trabajadores y trabajadoras de la UAEH en paro posibilitó un espacio y un tiempo común donde fluyeron conversaciones que trascendieron las frases de cortesía.
Desde mi punto de vista, nos faltó tiempo para reflexionar sobre el sentido de la huelga como un derecho laboral ganado en el siglo XX y erosionado en lo que va del siglo; en nuestro contexto, donde los derechos laborales están en peligro de extinción, la huelga también es candidata a convertirse en un hecho contenido en los libros de historia social.
La huelga logró alzas en la remuneración y prestaciones laborales, pero ello no cambia de fondo las condiciones de trabajo de quienes laboramos para la universidad más importante en la entidad, porque en el microuniverso que somos, la vida universitaria se ve afectada por la restricción presupuestal para: ampliar instalaciones, dar mantenimiento a los espacios, renovar mobiliario, tener insumos, acceder a servicios de Internet que permiten la interacción veloz y real con el resto del mundo.
La condición pública de la UAEH hace posible que personas de todos partes de la entidad e incluso de otros estados de la República lleguen a las aulas, los menos gozan de condiciones familiares privilegiadas para estudiar, pero la mayor parte de estudiantes dependen de los recursos, espacios y tiempos que la universidad les otorga para tener una formación profesional de nivel universitario, así que demandar mejores condiciones salariales y mejoras en las prestaciones es solo una parte de los recursos públicos que deben destinarse para mantener una educación de calidad. La huelga en la UAEH es un derecho laboral, pero sobretodo es un recordatorio a favor de la educación pública de nivel superior, con tal convicción pudimos haber continuado más días en nuestras carpas huelguísticas.

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