María Inés Pérez Paredes

Taller de creación literaria, Centro de las Artes de Hidalgo

Ayer, mi pequeña y yo fuimos al mercado Primero de Mayo de la ciudad de Pachuca. Ha sido la primera vez después de tantos años de vivir en esta ciudad que la he visto llena de productos de la época del Día de Muertos. Significa que esta vez me he retrasado un día en mi viaje anual a mi tierra de origen, a esa cita puntual con mis ancestros que tiene lugar en estos días sagrados. Así que ver esos productos en un mercado distinto ha sido como mirar por primera vez cada uno de ellos.

Lo primero que llama mi atención es la flor que salta a la vista por su color, la que estremece el alma, la que te hace percibir el otro mundo con su aroma. Es la flor que también puntualmente acudirá a la cita, la que no faltará en los altares, a la que le corresponde, deshojada, marcar la ruta de regreso a casa de cada difunto: la flor de cempasúchil. La “mano de león” le acompaña siempre, con ese color que atrae la mirada y esa textura semejante al terciopelo que invita a acariciarla. Luego aparecen a la vista esas largas espigas que se cortan aún en botoncillos para que puedan resistir los tres días de mercado en sus colores rojo, blanco, amarillo y rosado: las gladiolas. Inevitable sumergir la mirada en el blanco inigualable del crisantemo, sin menospreciar la belleza, también blanca, de esas flores diminutas que juntas forman un hermoso ramo semejante a la nube. De ahí su nombre. ¡Cómo se deleita la vista ante tanta belleza y colorido!, al igual que el sentido del olfato con el olor que desprenden las mandarinas y las guayabas, compitiendo ambas por imponer el suyo; los cacahuates y las nueces, aunque no despiden aroma, tienen en el mercado su propio espacio y verlas en grandes cantidades, como cualquier otra fruta, es maravilloso. Mi asombro crece al mirar las calabazas de castilla en ese mercado. Me invade la sensación de que se encuentran abandonadas, lejos de su origen. Pienso en el largo recorrido que hicieron desde el campo en que fueron cultivadas. Se me figura mirar a papá sepultando la más grande y la más bonita en las brasas ardientes de una hoguera, abierta de la coronilla y con azúcar en su interior. ¡Una delicia que evocar entre tantas! Igual que aquella que imagino cuando volteo y veo el montón de camotes morados preparados con dulce de piloncillo y canela… ¡qué tortura! ¿Por qué los sentidos ceden tan pronto a los placeres de esta tierra? Aún no termina el regocijo: encuentro el pan en sus diversas formas y tamaños: infaltable el de huesitos con azúcar, las pezuñas y las rosquillas con azúcar colorada; qué decir de las calaveras de chocolate y azúcar, con adornos de colores y cuencas de lentejuelas. ¡Cuántos aromas, sabores y colores en un mercado!

Interrumpió esos momentos de gozo un jaloneo de mi pequeña que, cubriéndose la nariz, deseaba que nos alejáramos del lugar porque percibió el aroma del sahumerio al quemarse. Esa acción me llevó de vuelta a los días infantiles en que también a mí me desagradaba; con el paso de los años me fui acostumbrando, hasta que me resultó placentero, quizá debido a que mirar el incienso elevarse por el aire y llenar el interior de la casa significaba que me encontraba de vacaciones en el hogar junto a mis padres. Además de esa grata presencia, teníamos en casa una mesa de tres metros llena de frutas y pan, flores y luces, llena de colorido, un cuadro muy hermoso que no volvíamos a ver el resto del año. Todo lo que ahí se colocaba era lo mejor en su especie: las flores más hermosas, la fruta más bonita, el pan en su mejor forma y las veladoras con la mejor cera, aunque el precio superara el costo normal y mamá tenía por regla que al momento de su compra, además de elegir el mejor producto, era el único día que no debía “regatear” en el precio porque todo estaba destinado a los difuntos. Entre las tantas reglas que acompañaban ese altar de muertos, para los niños había una que era muy difícil de cumplir: aquella que ordenaba mamá desde el momento que llegaba de compras en el mercado.

–No pueden tocar ni comer nada hasta que no se hayan ido los muertitos.

–¿Y por qué? –era la pregunta inmediata y lógica de un niño. ¿Para qué se disponía una mesa con manteles hermosos llena de alimentos si no era para deleitarse con ellos?

Entonces ella explicaba:

–Todo es para los muertitos que van a venir a comer; a ellos solo una vez al año les dan permiso, en cambio tú puedes hacerlo todos los días.

–Pero yo tampoco he comido…

–Tú podrás comer cuando se hayan ido.

–¿Y cuándo se van?

–Dentro de tres días.

–Son muchos días… ¿No puedo comer, aunque sea una mandarina?

–No, no puedes, y no debes tomarlo a escondidas porque si lo haces te puede doler la pancita.

Con esa advertencia, con todo lo que implican las carencias en el campo de clima semidesértico –que incluye, entre otras cosas, la fruta en la dieta durante todo el año–, tener mandarinas al alcance de tu mano y tener que resistir tres largos días solo deleitando vista y olfato, sin poder tomar nada, fue como mi madre, entre otras maneras, nos enseñó a templar el carácter.

¡Cuántos recuerdos se agolpan en la mente con un aroma! Imposible detenerlo. Parece que la escucho atravesando el tiempo, para asegurarse que sus enseñanzas se hayan aprendido:

–Ogi ma gui mpumfri, met´o gi tso na ra ñot´i ya anima xa pumfri ya jä´i, ha njabu hinda gui. 1

Y, al encenderla, la colocaba en el centro de la mesa que, aseguraba, era su lugar. Después encendía las siguientes, especificando una a una a quién pertenecía:
–Nuna pa ma nana, nuna ma n’a pa ma dada, nuna ma yoho, pa ma juadä. 2
Y así se seguía hasta llegar con aquellas veladoras pequeñas para los dos hermanitos ausentes. Luego hacía llamar a papá para que él mismo encendiera las de sus ancestros. Ella no podía hacerlo por él, y le exigía que, de igual manera, nos recordara sus nombres para que se quedaran en nuestra memoria. Él, antes de entrar, se sacudía el polvo de los pies, se quitaba el sombrero, y su rostro, al persignarse y encender las veladoras, se tornaba tierno; él, que siempre parecía fuerte e indomable, tenía en ese momento una actitud sumisa y su mirada dura adquiría un brillo de alegría como cuando se le concede a alguien un privilegio.

La presencia de mi madre durante todo el día era la mejor parte de
ese festejo. No teníamos el sobresalto de que en algún momento se fuera a despedir para realizar alguna actividad pendiente fuera de casa, como acostumbraba. Se veía como la mamá más bonita del mundo, con su vestido más
elegante y el mandil nuevo, y como no se colocaba el rebozo, que a veces la despeinaba, entonces sus negros cabellos permanecían intactos y sus dos trenzas largas, que caían en su espalda sin cubrirse, lucían esplendorosas. Estaría ahí, sin prisas, porque para ella lo más importante era honrar la memoria de sus difuntos.

Era una enorme alegría verla entrar y salir de la cocina a la estancia, en donde se colocaba el altar. Servía el café a temprana hora en jarros de barro para que desayunaran los invitados, el dulce de calabaza con las deliciosas pepitas adornándolo, los tlacoyos de frijol blanco. En otra vuelta colocaba un plato con pollo y mole; otra más, llevando el dulce de camote, y así interminable su ajetreo.

Algunos recuerdos han quedado más fijos que otros: cuando colocaba el pan con colorante rojo decía siempre:
–Nuya zi denga thum’e pa ya zi enxa 3 –dirigiéndose al altar con una voz más suave, como una caricia, como cuando se le da a un niño una golosina intentando consentirle.

Luego volvía su rostro para decirnos:

–O gui ma gi tsi 4 –cambiando el tono de voz.

Cómo olvidar ese otro, en que encendía esos cigarros que le costaba trabajo conseguir en el mercado. Y para que nosotros no creyéramos que estaba permitido fumar, primero nos explicaba que era necesario que ella lo encendiera aspirando una o dos bocanadas para que el abuelo pudiera disfrutarlo… aunque se notaba que, al fumarlo, se deleitaba, cerrando los ojos. Seguramente disfrutaba de ese encuentro con su padre. Luego de ese momento, colocaba el cigarro en el altar cuidadosamente.

Interminables las enseñanzas que desfilaron una a una, año tras año, hasta quedar fijas para siempre.

Los días primero y 2 de noviembre en el campo pone a prueba al ser, la capacidad para conservar las tradiciones familiares exige los resultados de nuestro trabajo físico y del crecimiento espiritual. Es la época más difícil del año porque este festejo supone un enorme desgaste económico y emocional; en este mes, el campo comienza a pintarse de amarillo por la cercanía del invierno, disminuye la producción, se vacían los graneros y el forraje verde para alimentar al ganado se agota. Los pájaros están emigrando y el alma parece resentir la ausencia del verde del campo, del trinar de los pájaros, del bullicio que tenían las otras estaciones que todo lo encendía. Encontrarse en ese momento de carencia con la tradición que te coloca como un ser dador, puntual, sin prórroga, resulta una prueba difícil.

Mirar la ofrenda colocada significa que se ha cumplido con el deber. La abundancia en ella hablará de un trabajo arduo durante el transcurso del año, pero sobre todo reflejará una virtud difícil de observar en la vida diaria: la generosidad, porque se da a un ser que ya no puede darte nada a cambio.

Al tomar el incensario para purificar el altar con el sahumerio, el momento en
que se eleva el incienso se convierte
en el encuentro del mundo material con el espiritual: el encuentro con uno mismo. Es en ese instante que se rinden cuentas a aquel que no puedes engañar, un examen de conciencia frente al tribunal más riguroso, aquel que no ves, pero te mira, aquel que te habla, aunque no le escuches, y que te escucha, aunque no hables.

Cuántas veces vi a mis padres sumergirse en ese mundo, al finalizar el ajetreo del día con los preparativos de los platillos que se colocaban; al anochecer, solo con la luz de aquellas veladoras iluminando la estancia, se sentaban frente al altar y se aquietaba la mirada sobre esas luces. Su rostro adquiría un matiz de misticismo, al enfrentar al ser mortal con el que trasciende materia, espacio y tiempo.

Ese altar de ayer, aquel al que no le dábamos tanta importancia (la mayoría de las veces llegábamos tarde y le encontrábamos ya colocado), representaba vacaciones escolares, días de ocio y aventuras, y por supuesto lo más bonito: unión familiar, y es que con pocos años encima se tiene la noción de que el tiempo y lo que nos rodea es interminable, pero sobre todo la seguridad de que ellos estarán ahí, siempre, para colocarlo.

Aún continuamos con la tradición y al hacerlo intentamos conjugar nuestro presente con el pasado, mirando al futuro, amalgamando la alegría con los sinsabores de la vida. Adivino también, ahora en nuestros rostros, al encender una a una las veladoras y al dibujar tres veces una cruz en el aire al incensar la ofrenda, ese misticismo que refleja el dolor de la orfandad, el mismo que observé por muchos años en el rostro de mis padres; porque maniobrar el timón del barco de la vida exige llenarte de alegría para que los demás rían, demostrar valor cuando los demás temen, no dar espacio para rendirse para que los demás avancen, equivocarse lo menos posible para mostrar el camino. Esa es la antorcha que te toca llevar para iluminar el sendero.

Ha llegado el momento que te corresponde: honrar la memoria de quien se ha marchado, porque, ahora lo sabes, ha sido un maestro.

Ha cambiado, para aquellos niños-jóvenes, el concepto de esos días santos: ya no representa vacaciones, ratos de ocio y aventuras, aunque, sí, aún conserva el significado de unión familiar. Representa ahora, más que todo, la responsabilidad de cumplir con solemnidad esa misma tradición: colocar a tiempo cada fruta, cada pieza de pan, cada ramo de flores, cada platillo o bebida que en vida le agradaba al difunto. Y cuando se enciende la llama de cada veladora asignada para cada uno es inevitable pensar en su ausencia y en el vacío que ha dejado su muerte. Permanece la costumbre de incensar a las doce del día en punto al llegar los difuntos y a las doce en punto del siguiente día al despedirlos: un saludo y una muestra de respeto que hacemos a un ser que ha traspasado la mortalidad.

Se llena entonces la casa de ese aroma de incienso, ese que me hizo hoy volver a la infancia.

La ofrenda más significativa que mi madre preparaba para colocar en el altar de los difuntos era el zacahuil, porque una vez que lo colocaba en la mesa, al amanecer del 2 de noviembre, consideraba su trabajo cumplido y se le pintaba un rostro de satisfacción por ello. ¡Y cómo no iba a ser así!, si para realizarlo requería de días de trabajo y de la ayuda de toda la familia. Era otro ritual aparte, como lo sigue siendo ahora: nos asignaba la tarea de escoger en el granero las mejores mazorcas de la cosecha, y al desgranarlas nos mostraba cómo debíamos solo retirar el grano más grande, dejando los que se encuentran en la punta de la mazorca por ser de menor tamaño. Esa selección requería que se hiciera de forma manual, sin emplear siquiera la desgranadora de olotes. Una vez listo el grano en cantidad suficiente, se lleva a cocción, y los pequeños nuevamente tenían la función de atizar al fuego hasta obtener el nixtamal. Al día siguiente, ya frío, a las hermanas mayores les correspondía lavarlo meticulosamente hasta quitarle todo el nejayote, frotando los granos y enjuagándolos varias veces, y mientras se oreaba en una mesa grande de madera bajo el Sol, todos ayudaban a descabezar (quitarle, grano por grano, la punta de color café o negro con la que se une al olote) los granos de nixtamal. Debía quedar blanco para que se pudiera llevar al molino a la ciudad de Ixmiquilpan (a poco más de diez kilómetros) para obtener la masa en seco. Mientras tanto, en casa se sacrificaban los pollos y se ponían a cocer para obtener el caldo.

Una vez dispuesta la masa, comenzaba el largo tiempo de batido con aceite o manteca, además del caldo, hasta obtener una masa esponjosa. Afortunadamente, la familia era numerosa, y cuando uno se cansaba le tocaba el turno a otro continuar; de vez en vez mamá se asomaba dejando su quehacer para tomar una bolita de masa, y la dejaba caer en un vaso con agua; si se sumergía, era necesario seguir batiendo, hasta lograr que esa bolita flotara en el vaso con agua. Para preparar el mole, ella misma se encargaba de seleccionar y tostar los chiles y especias que debían moler en metate porque, aseguraba, su sabor era distinto, más sabroso. Cuando lo tenía dispuesto, lo incorporaba a la masa, para darle su color rojizo. Posteriormente se extendía en dos partes separadas, de un metro o metro y medio, sobre hojas de maíz tiernas (colocadas a su vez sobre un tapete con varas de maíz previamente tejidas por los varones de la casa para que se lograra sostener y transportarlo al horno sin que se deformara), se agregaban la carne y salpicones de mole, se envolvía dándole forma de tamal. Finalmente correspondía a los hombres, por su peso excesivo, cargarlo para llevarlo al horno que ellos mismos habían preparado. Lo colocaban sobre una cama de pencas de maguey precocidas, puestas a su vez sobre las piedras al rojo vivo del horno; lo cubrían con otras pencas con igual preparación y finalmente lo enterraban. Se aseguraban de colocar encima de la tierra suficientes brasas y grandes trozos de leña ardiendo para mantener por fuera la misma temperatura del horno durante diez horas y poderlo sacar justo cuando amaneciera.

Los Días de Muertos significaban, entonces, allá, en ese pueblito del Valle del Mezquital franqueado de montañas, tapizado de alfalfares y sembradíos de maíz, el Sol extendiendo sus primeros rayitos dorados sin calor y pintando un cielo azul sin manchas blancas, el frío calando en la piel y el rocío resbalando de las hojas de los árboles y arbustos humedeciendo la tierra, el césped y la hierba encendiendo sus diamantes de agua congelada con el brillo del Sol, las manos ásperas por el trabajo del campo y el frío, la nariz roja por la baja temperatura y el inevitable vaho al hablar de todos los presentes. Y ahí, en la misma tierra de cultivo, a un lado de una casita, abriéndose el horno con las mismas palas con que se realizan las labores del campo, evaporándose el calor que se escapa para perderse en el cielo, toda la familia, alrededor, esperando mirar la máxima ofrenda que se colocará en el altar de nuestros difuntos.

El 2 de noviembre, después de cumplir el ritual de colocar el trozo sagrado de zacahuil destinado a los difuntos en el altar, la Fiesta de Todos los Santos significa, en esa tierra, un jarro de café en una mano y un trozo de zacahuil en la otra, fundidos ambos en el paladar: ¡regalo de dioses!, razón por la que vale la pena volver al mundo terrenal para deleitarse con esos sabores que solo la tierra nos puede dar. Cada bocado representa ahí mismo sufrimiento, trabajo, ayuno, espera, familia y Dios.

La cosecha se ha convertido en alimento y es preciso preparar la semilla para volver a sembrar. Otro ciclo comienza…

1. No se les olvide nunca que la primera veladora que se enciende es para los difuntos olvidados, para que no te vayan a agarrar.

2. Esta es para mi madre; después, esta es para mi padre; estas otras dos son para mis hermanos mayores.

3. Este pan rojo es para los angelitos.

4. No lo vayas a comer.

Día de Muertos

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