Pienso que el Día del Libro en realidad debe ser día de la lectura, pues no todos quienes amamos los libros iniciamos nuestra lectura con ellos, en mi caso, en una familia más preocupada por conseguir la comida diaria y resolver los problemas cotidianos para salvaguardar la vida, la adquisición de libros no estaba en la lista de necesidades, pero sí estaba escuchar la radio cuya programación contenía radionovelas, en ese entonces las escuchaba con mis hermanos, luego con mis compañeros y compañeras de pastoreo y de juego, quienes nos deleitábamos con las aventuras del “Hombre increíble”. Tiempo después, alguien de la casa tuvo para comprar los comics que mediante dibujos y letras en papel de dudosa calidad nos introdujeron en el gusto por leer buscando la recreación de las historias escuchadas en la radio.

Mis primeros libros los tuve al ingresar a la escuela primaria, honestamente no me gustaron, sus imágenes sus colores me parecieron tristes, nada que ver con los diversos tonos de mi alrededor, la ventaja de crecer en un pueblo agrícola es que la mirada se te llena de colores según las estaciones del año; entonces, esas pastas de cartoncillo y las hojas de papel de segunda o tercera clase me parecieron opacos, tristes, aburridos. Al desgano de leer se sumó la enseñanza de lectoescritura del español, solo que yo me comunicaba en dos lenguas, en mi casa con mis padres y hermanos, la comunicación era en castellano; por las tardes, mientras pastoreaba con mi abuela, el hñähñú se convirtió en mi otra lengua.

El primer año de aprendizaje con libros feos y un idioma único fue terrible para mí, pasé el curso de milagro, y en verano tuve que asistir a nivelación. Los libros tuvieron otra dimensión cuando mi madre, en abonos, adquirió un libro de pasajes bíblicos con ilustraciones muy hermosas; esa experiencia se complementó cuando mi profesora de segundo grado, en su librero dejaba abiertos libros cuyas ilustraciones me parecían extraordinarias, nos decía que a manera de premio, durante el recreo, podíamos quedarnos a revisar las historias contenidas en las bellas páginas ilustradas, sobra decir que me privé de muchos recreos en el patio para quedarme en mi banca leyendo y releyendo historias.

Mi apego a los libros inició con la admiración sobre las imágenes e ilustraciones que recrearan el colorido de mi entorno, luego eso pasó a segundo término, cuando incorporé el significado de las palabras. Las palabras juntas me describían el mundo, incluso me dibujan mentalmente otros mundos, así empecé a leer todo lo que llegaba a mis manos, comics, revistas, periódicos de todas las tendencias.

Desde entonces, me convertí en una asidua lectora, descubrí que podía establecer dos tipos de relación con los libros, aquellos que refuerzan mi formación profesional, siempre asociado con las ciencias; otra relación se debe a la lectura recreativa, esa que abarca desde los ensayos, las novelas, poesía, etcétera.

Los libros siempre me dieron ventaja en mis clases, pues algunos temas, conocimientos, reflexiones por razones diversas, ya habían sido revisados, analizados o tocados en algunas de mis lecturas, por supuesto que mi relación con los libros inició de la manera antigua, tocando papel, oliendo la tinta y pegamento de las hojas, ahora también existen los libros electrónicos que se han convertido en una maravillosa forma de traer con nosotros una biblioteca portátil. Otra forma son los audiolibros, que me parece extraordinario, porque puedes realizar actividades paralelas mientras te deleitas con las palabras y las ideas de otros.

Celebremos a los libros y festejemos su lectura, aunque debemos recordarnos que no todos iniciamos nuestra lectura con un libro, sino con lo que tenemos a nuestro alcance.

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