K pensaba: “Dormir, soñar. Despertar al rato y mirar por la ventana, oír a los pájaros cantar; saber de ellos y de lo que es el resto del mundo: Aire, cielo y circunstancia. Establecer así la dinámica que se va a dar y establecer un pensamiento bello y exacto para que lo circunstanciado alcance una dimensión perfecta”.
Era un pensamiento abultado en sí mismo, un bulto nomás de aquellos pesados que cargan la espalda, en este caso el cerebro, y que llegan más allá del dolor de cabeza, abarcando hasta los pies y a la propia alma, o sea, una alarma que alcanza.
K volvió a pensar en forma de pregunta: “Estando así, circunstanciado en esa dimensión, yo puedo establecer un alcance, cualquier alcance; y es que todos me vendrían bien y mal al mismo tiempo y, entonces, ¿cómo los distingo?, ¿hay algún modo para ello?”
Evidentemente, K naturalizaba el asunto y lo hacía suyo de una manera sui generis, y aunque sintiera un poco de temor al hacerlo, y aunque tuviera en su fuero interno una duda semejante a la “gran duda” fundamental, no podía, por menos, que agarrarse con fuerza a ese juicio inexacto y convertirlo en algo cierto en forma y contenido.
Volvió a pensar: “Y si mi duda no es una duda sino una certeza, y si esta certeza no lleva a ninguna otra duda sino a una verdad, y si esa verdad es absoluta y me define como no puede hacerlo ninguna otra porque está circunstanciada de mí mismo”.
Estaba muy pesado el pensar de K y su relación causal de sí mismo, con sus efectos de cadena prolongada no era demasiado útil para cortar el nudo gordiano o deshacerse de un plumazo de la contingencia y ambivalencia de sus planteamientos, por sutiles que estos fueran y claras aquéllas.
Motivos había muchos y las consideraciones sobre ellos eran demasiadas para obtener una idea concisa de todo el pensamiento que K desarrollaba aquel día y que era producto del cantar de los pájaros en un cielo más que azul.
Quizá fuera el pensamiento que divagaba sobre sí mismo o quizá fuera la divagación misma convertida en pensamiento, pensamiento al fin. El caso era que cada vez estaba más confuso y se embrollaba más en la definición que quería dar.
Sin una temática mínima que desarrollar se hallaba perdido en la inmensidad de razonamientos posibles; sin un método preciso al que adherirse todo acababa en una divagación saltarina, con puros retozos de palabras inciertas, de frases sin sentido, de metáforas y alegorías impropias.
Tal confusión no le desalentó y siguió pensando: “Un lugar, sí el sitio donde estoy y permanezco. Un tiempo, el que marca el reloj, que es mí tiempo y el tiempo de otros. Una medida, la propia de las cosas que me rodean y que tienen el marco del sistema métrico. Ahora un sonido, el que escucho y me divierte. ¿Es todo esto cierto?, o ¿existen cambios sutiles que hacen que no lo sea?, ¿puedo estar seguro de las certezas de los contenidos enunciados o estos están distorsionados por elementos que desconozco?”
Las preguntas de K no tenían una respuesta, no para él, que las enunciaba más como una duda satisfactoria que como el antecedente de una respuesta. Entonces, sí iba encaminado hacia un juego, aunque él no lo supiera. El juego del entretenimiento del pensamiento que juega consigo mismo.
Era un día en la vida de K, un día cualquiera que no difería de otros. Una mañana tan monótona como otras, unos instantes repetidos y tan absurdos como los otros. Cantó imitando al pájaro y le salió un sonido afinado y hermoso. Su pensamiento se diluyó en esa melodía, en ese tono exacto de imitación de la naturaleza.

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