De acuerdo con la historiadora Elsa Malvido, de la dirección de estudios históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), los festejos por el Día de Muertos en México no provienen del mundo indígena ni prehispánico, sino de la Europa medieval, en especial de los jesuitas. En comunicado de prensa difundido por el INAH, el altar de muertos, las calaveras azucaradas y los panes con forma de hueso, son tradiciones que provienen del medioevo católico europeo.

“Trazar un camino de flores de cempasúchil, colocar tamales, pulque y camote en las ofrendas, adornar papel picado con calaveras, flores y otros motivos tradicionales, comer dulces en forma de cráneos o panes con forma de cadáveres remiten a la cultura prehispánica, con sus tzompantlis llenos de calaveras, el mes de su calendario dedicado a los muertos y su absoluta despreocupación por la muerte como lo demuestran los sacrificios y las guerras floridas”, dice el comunicado. No obstante, agrega, todos esos elementos no son una invención de la cultura mexicana, así como tampoco las ofrendas que se colocan en la madrugada del primero de noviembre.

Estos provienen, más bien, de la Europa medieval y son costumbres católicas y profundamente jesuitas, incluso de raigambre romana, “pero de ninguna manera, como se nos quiere hacer creer, representan resabios de la cultura indígena mexicana”, afirma Malvido. Las fiestas de Todos los Santos y de Fieles Difuntos, prosigue, son rituales que se inventaron en la Francia del siglo X por el Abad de Cluny, quien decidió rescatar la celebración en honor de los macabeos, familia de patriotas judíos reconocidos como mártires en el santoral católico el 2 de noviembre. Dispuso el día anterior para celebrar a los santos y mártires anónimos, aquellos que no poseen nombre ni apellido, ni celebración en el calendario ritual católico.

En ese día de Todos los Santos, por cierto, se disponía en el templo de un inmenso altar en el que se exhibía el ara, es decir, las reliquias de personajes santos que cada iglesia poseía en sus altares, bien fuera huesos, cráneos u otros restos; la tierra donde fueron enterrados o una parte de la ropa que portaban. Las reliquias y el relicario eran considerados intermediarios del hombre ante Dios, pues se podía negociar clemencia para que el cuerpo o el alma no fueran tan castigados.

Es por ello que en México, mientras los indios eran enterrados en el atrio, la parte más barata, los acaudalados eran inhumados cerca del altar mayor, del ara, para asegurar una intercesión divina para la salvación de su alma. Precisamente por ello, en la fiesta de Todos Santos, los católicos recorrían la mayor cantidad posible de altares, iglesia por iglesia, para ganar indulgencias.

Iban anotando cuántas reliquias visitaban para, al final, calcular los años de perdón obtenidos y, antes de entrar al punto final, la Catedral Metropolitana, los feligreses compraban un pan o un dulce de azúcar con forma de reliquia, mismos que el cura bendecía y que finalmente colocaban en casa en una mesa junto con el santo familiar y frutas variadas.

Ese es el origen del altar de muertos, mismo que se acostumbra en Argentina, Chile y Perú, e incluso en Sicilia, Italia, donde además de colocarse el altar de muertos, se tiene la creencia que los parientes visitan el hogar y traen juguetes para los niños, tradición religiosa que proviene de una antigua tradición romana.

En el norte de España, en Galicia, en la cena del 31 de diciembre, la comida se deja en la mesa para que vengan los parientes a comer, lo que también es una tradición romana, incluso más antigua que la anterior. “Seguir pensando que es una tradición de origen prehispánico significa que no entendimos nada, puesto que es profundamente romano”, afirma. Este fenómeno puede hallarse en todo el mundo europeo. En estas fechas, las dulcerías venden calaveras y panes con forma de hueso de Todos Santos.

En opinión de la investigadora, quienes inventaron la leyenda de que esta celebración era prehispánica fueron los intelectuales de los años 30, sin embargo, los pensadores decimonónicos tenían mucho más claro ese fenómeno como los escritores Ignacio Manuel Altamirano y Antonio García Cubas, por ejemplo. Asimismo explicó que el permanecer en vela en los panteones para aguardar el día primero, tampoco es una celebración prehispánica.

Los fieles solían pernoctar el día que Cristo es crucificado y velar su cuerpo, y lo mismo hacían con sus familiares fallecidos, el día que los enterraban, así como al cumplirse un año del fallecimiento y también los días de fieles difuntos. Así que cuando las Leyes de Reforma retiraron los panteones de las iglesias y los volvieron cementerios civiles, esa tradición y la verbena se trasladaron a esos sitios. Curiosamente, la tradición comenzó en las tumbas de los ricos, que eran vestidas con encajes y mantones, adornados con porta velas y candelabros de oro y plata. Durante la noche, los criados permanecían ahí para custodiar las tumbas. La gente acudía a los panteones a visitar esas tumbas adornadas y a pasear a sus hijas vestidas elegantemente –para buscarles marido bien acomodado–; luego, cada quien comenzó a adornar, de acuerdo a sus posibilidades, sus propias tumbas familiares.

Si el argumento de la doctora Elsa Malvido se justifica en fuentes fehacientes, entonces, la fiesta de Día de Muertos simplemente no es mexicana, mucho menos prehispánica, sin embargo a lo largo de las centurias se ha hecho tan mexicana y con características propias de este país que es menester decir que sin duda alguna es justamente México a quien se le adjudica esa fiesta y se caracteriza por darle sentido y alegría distintiva de la nación.

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