Santificada hasta el punto de representar una versión amalgamada de supervivencia, ingenuidad, optimismo y esperanza, hoy día el Diario de Anna Frank constituye uno de los casos que dejan mucho por decir acerca de la posibilidad de que el relato sea una ficción fabricada para abonar al salario de odio hacia la necesidad de la guerra como aparato social, eso en medio de una iniciativa editorial perdida en la historia para contar con el relato de los horrores de la Europa ocupada por el Ejército nazi.
Aunque existan testimonios como El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl y Maus, de Art Spiegelman, en los que el primero sirve de referencia acerca del autor debatiéndose contra la vida y la muerte en un campo de concentración y cómo la experiencia lo condujo hacia el ejercicio profesional de la psicología, para argumentar con conocimiento de primera mano cuál es la necesidad real de continuar con vida, pese a que todo pronóstico y circunstancia estén en contra; el escrito de Spiegelman relata la genuina aventura de Vladek, padre de Spiegelman, quien pasó de comerciante, que comenzó desde muy abajo en la comunidad judía de Polonia, hasta ascender a renombrado empresario antes de la gradual ocupación nazi, para después convertirse en prisionero de un campo de concentración y que culmina con su eventual llegada a Estados Unidos.
Por una parte, tales testimonios, que suelen tratar la fuerza humana como una cualidad por encima de todo lo conocido, que además pocos cuentan con ella, salvo los casos anteriores, identifican con mucha claridad cuál es la naturaleza de un trance como el descrito y de qué manera todo está puesto en juego para salir adelante; pero lo primero que sale volando por la ventana es el lujo de una vida como se le conoció, para encontrarse en medio de algo totalmente nuevo.
El Diario de Ana Frank es por completo opuesto a ello. El gradual descenso hacia la condición de refugiados de una calidad de vida que la protagonista ve con desencanto cómo se transforma de resistencia en desesperación, bajo el candor de una inocencia que jamás transitará hacia la madurez, tiene tanto los matices del teatro de Strindberg como la meditación desalmada de Jean-Paul Sartre cuando se trata de situaciones en las que el encierro, lejos de permitir una cercanía humana, más bien progresa hacia un estado de descomposición. No obstante, el éxito del diario se basa en una pequeña cosa de nada que hace la narración de la novela gracias a un componente obvio, pero que determina su acierto: la existencia de un responsable.
Es decir, lejos de que la familia Frank fuese rescatada del olvido por la intervención de Otto, quien recuperó el diario de su hija fallecida en Bergen-Belsen, su autenticidad se ha discutido en la medida que la niña, pese a las evidencias de que en realidad era proclive a la escritura y los esfuerzos de Otto por mantener a los suyos con vida se sostuvo de 1942 hasta 1944; no queda claro si efectivamente la producción de un trabajo como el de Ana fue posible, excepto la necesidad de la niña por elaborar las evidencias de cuanto vivía se convertían en una situación por completo ajena e irreductible.
Paradójicamente, en su momento, Borges refirió la forma en que Swift escribió los Viajes de Gulliver a manera de crítica del espíritu de los gobiernos e imperios de su tiempo, pero el paso del tiempo transformó el escrito en una suerte de relato infantil, así el Diario de Ana Frank pasó de la construcción de escenas de una vida familiar a bitácora del horror de la transformación de los países bajos.
Hoy el libro constituye uno de los pocos llamados de conciencia acerca de la doble naturaleza de la joven que conforme sale de la niñez para convertirse en adolescente y durante el proceso se aparta de los suyos, crea una visión propia de la vida mediante la escritura, de la misma forma existe el conjunto de una realidad más vasta que la oprime y tiene tras de sí el anuncio de una realidad a punto de cambiar y es una guerra a punto de morderle los talones para cambiar su vida en forma definitiva.
Así, cuenta la historia que durante un viaje, Jeff Mangum, creador de Neutral Milk Hotel, tuvo la oportunidad de leer el libro de Ana Frank que le redujo a una magdalena plañidera durante 15 días, pero sirvió de pretexto para darle forma a uno de los proyectos que apartaron del todo el fuzz-folk de la escena desentendida e independiente, característica del sonido experimental con clara vocación de hacer música y arreglos a tenor de un sonido nuevo y estridente, pero claramente cerebral y dirigido.
No obstante, In the aeroplane over the sea, adaptación directa del escrito de la niña alemana, es uno de los más raros y emblemáticos a propósito de cómo la escena literaria trascendió en un sonido que se percibía sin otro interés que la producción de un sonido de ruptura.

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