La locura no se elige. Nadie puede pensar que estará cuerdo toda su vida. Un día podemos despertar y vernos y no ser los mismos. Nos puede invadir, por ejemplo, un dolor de cabeza implacable, contra el que no hay nada que hacer. Podemos luchar, ir al médico, tomar pastillas, pero tarde o temprano nos vencerá. Dejará lo que fuimos, cuando éramos coherentes, en el olvido. Y después quizá alguien recordará lo que fuimos. Aunque también cabe la posibilidad de que nadie lo haga. Quizá ni nosotros mismos. La locura, además de que no se controla, es pretexto para este Maldito Vicio, que en esta ocasión se partirá en dos.

Diario de un loco
(primera parte)

Víctor Valera*

En ocasiones, en las mañanas, el dolor de cabeza es tan fuerte que no logro levantarme. Trato de olvidarlo pero las punzadas son constantes y no puedo concentrarme más que en su presencia de alfiler que palpita una y otra vez en mi cráneo. Intenté pastillas que encontré en algún anuncio, intenté un tratamiento de medicamentos que me recetó un psiquiatra medio loco y me dejaron sumido en una confusión de neblina donde todo me llegaba con 17 minutos de retraso. Debía tomarlas cada 12 horas, unas píldoras azules, grandes, que se me atoraban en la garganta. Lentitud, mareos, náusea, partes de mi cuerpo desaparecían por semanas. Decidí suspenderlo. Enfrentaría lo que sucediera sin el efecto de ninguna droga.

Pienso en lo que fui y lo que soy ahora. Mi nombre no importa, perdido y olvidado el papel que desempeñaba a cabalidad. Hace mucho tiempo, mi fotografía salió en los periódicos, acumulé riqueza, pero el dinero y el tiempo están por agotarse.

Cargo en los hombros el recuerdo mudo de las personas que abandoné por el miedo a que me lastimaran, o lo más probable, que me dejaron porque hice, ¿consciente?, ¿involuntariamente?, una y otra vez, lo necesario para alejarlas. Pero me escudo entre los signos de interrogación para evadir responsabilidades, el lenguaje suele ser tramposo y esconde lo que verdaderamente queremos decir… Situaciones que no volverán: una caminata en la noche, unas manos que se tocan, suaves y temblorosas, dedos que se entrelazan, reconociéndose, amándose en cada falange, en cada uña de la indecisión, en cada línea del destino efímero de lo compartido, el nerviosismo de un primer abrazo, la humedad de un beso, cuerpos que se juntan en la hora fantástica y horrible de la madrugada, una cumbia que sube y sube sin regreso en un bar de ficheras borrachas, con olor a sexo y cigarrillos.

Camino sobre la avenida Revolución y me siento mareado en medio de la vida cotidiana. Hace tiempo, ¿semanas?, ¿meses?, ¿años?, yo pertenecía a ellos, cumplía una tarea: la obligación diaria marcada por los horarios y los compromisos para sobrevivir. Tenía un trabajo que me hacía olvidar lo insoportablemente lento y terrible que puede ser el tiempo, tenía una función que cumplía con tal de mantener aceitado el engranaje de las buenas costumbres. Tenía a Ana. Pero todo terminó y quedé desterrado, como flotando en una sustancia viscosa. Perdí mi boleto para permanecer en la función de la sociedad debidamente establecida y ahora vago alrededor de este gran teatro que es la ciudad. Son cientos de personas que hablan, sienten, pertenecen a algo, o son dueñas de alguien o de cosas, mientras el mediodía avanza luminoso entre los edificios. Viendo, escuchando, paso un mercado, un café repleto de clientes, una librería, esquivo a una pareja que feliz se besa, me veo en el escaparate de una tienda de ropa. Con la camisa sucia, la enorme barba negra y la mirada perdida, soy un pordiosero. Nada queda del hombre que fui. Pienso: mierda, pero ya no importa.

El ruido lastima mis oídos y siento ganas de vomitar al observar a todas esas personas caminando, alejándose o acercándose. No es que sea desagradable, pero es que mis sentidos se agudizan. El sonido de un carro para mí es un crujido. Que me dirijan la palabra me da pánico. Así empieza, un mareo. Mi cerebro se despega de su base y da vueltas y vueltas mientras mis pies permanecen fijos en el suelo, inmóviles cuando dentro el lento movimiento de una marea cálida y absurda me invade. Es como un temblor y un escalofrío. Los ojos ardientes, el dolor avanza seguro y cada paso hace que me sienta perdido. Me vuelvo disperso, no puedo acabar dos frases, hago una cosa, la suspendo, realizo otra, la dejo y vuelvo a lo que estaba haciendo antes. Olvido direcciones, nombres, fechas. Al principio las pastillas lograban calmar los mareos pero después fueron más intensos. Después dejé que las cosas poco a poco me abandonaran.

*Egresado de la UAEH, reportero en Hidalgo desde 2007.
Cuando inició a reportear en diarios locales cubrió organizaciones campesinas y protestas sociales. Actualmente cubre la fuente política y Congreso local.
[email protected]

Dos hombres

Eusebio Ruvalcaba*

Los tengo enfrente. Sentados en una mesa de tantas. Estamos en El Gallito. Se ve que son compañeros de oficina. Vestidos exactamente igual. De corbata. Camisa blanca. Traje oscuro. Pero uno se adivina el jefe. Algo tiene. O así es conocido aquí. Porque el mesero le toma la orden a él antes que al otro. Apunta en su comanda. Beben agua de fruta. Pese a la promoción de dos por uno en bebidas nacionales. Les traen una sopa –¿de médula, de tortilla?– que comen con desesperación. Sobre todo el subalterno. Porque uno es el jefe y el otro el subalterno. No les quito la vista de encima. Piden el siguiente platillo. No cruzan una sola palabra. Se percatan de mi mirada. Pero no se incomodan. En lo mínimo. Cada uno está jugando con su celular. Jugando o revisando sus correos. Ignoro lo que hace la gente con su celular. Ni siquiera pienso en eso. De pronto piden la cuenta. Más bien el subalterno es quien la pide. Se la llevan. La paga de inmediato. El jefe se retira. Le dice un par de palabras al subalterno. Saca un billete para la propina. Y se pierde tras el umbral de la entrada. Entonces el subalterno ordena un trago. Se lo traen. Quizás un vodka. Quizás un ron blanco. Él mismo se lo prepara. Un poco de agua mineral. Un poco de refresco de cola. Se lo lleva a la boca. Cierra los ojos. Pero no se detiene ante la acometida del alcohol. No baja el vaso hasta que concluye el contenido. Se prepara la otra. Que disfruta con sobriedad. Da un buen sorbo y deja el vaso en la mesa. Pasa los dedos por el canto. Exhala con parsimonia. Disfruta el ritmo con que lo hace. Hasta donde estoy, escucho su respiración mesurada y cultivada. Disfrutable. Levanta la mano y ordena la siguiente. Que son dos. Se la sirven como es costumbre. Una en el vaso. La otra en un caballito enorme. Se la prepara. Y la bebe. Ahora sí. Con la sapiencia del bebedor consumado.

*Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951,
murió en la Ciudad de México en febrero de 2017. Eusebio Ruvalcaba se dedicó a escuchar música. Cabal y rotundamente. También publicó ciertos títulos: Un hilito de sangre, Pocos son los elegidos perros del mal, Una cerveza de nombre derrota,
El frágil latido del corazón de un hombre…, entre otros.

DIRECTORIO MALDITO

Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, José Luis Dávila, Diego José, Óscar Baños, Luis Frías, Rafael Tiburcio, Abraham Gorostieta, Negra Magallanes, Elizabeth Rivera, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Jorge Daniel el Ene, Víctor Valera, Sonia Rueda, María Elena Ortega, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.
Ilustración: Especial
Diseño: Cuauhtémoc Ríos

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