Días de guardar

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Carlos Monsiváis

Rosa María González Victoria

El título de este libro podría sonarnos a un intento de minimizar lo que en estos momentos estamos viviendo la mayoría: un confinamiento anunciado como cuarentena que, en unos días más, se convertirá en ochentena. Pensaríamos, quizás, que Carlos Monsiváis, su autor, ironiza con nuestra situación si no supiéramos que Días de guardar este año está cumpliendo 50 años de su publicación y si, además, ignoráramos que desde hace 10 años Monsi ya no se encuentra físicamente entre nosotros.

En efecto, Monsiváis no hace referencia a esta reclusión que se alarga y alarga ni tampoco a la recomendación de guardar la sana distancia. El título remite a un ordenamiento de la cultura católica que establece dejar de trabajar para dedicarse al descanso y el rezo, guardándose en casa y solo saliendo a la iglesia, ordenanza que en el proceso de secularización se ha ido modificando y cuyas reminiscencias se pueden observar durante Semana Santa y Navidad.

En la Enciclopedia de la literatura en México se aclara que el título se relaciona con la cosmovisión mexica que considera la existencia de cinco días de malos presagios y calamidades. Esta creencia es más cercana al libro de Monsi pues contiene ese tipo de situaciones, como los siguientes: Hair y la censura Gran expectación creó la ópera beat Hair entre quienes acudieron a su estreno en el restaurado teatro Acuario, del viejo Acapulco. Pertenecían a la élite mexicana; al Jet Set nacional. La ópera gira en torno a la cultura hippie de los años sesentas en Estados Unidos, cuyas consignas son: el amor, la paz y la libertad sexual, así como el consumo de drogas. La obra musical –aclara el cronista– “es una pieza sobre el rechazo, la experiencia, el patín, el ondón”.

Así, cuando se realizaron los desnudos totales y los actores exaltaron el signo de la V quedaría en evidencia que los productores se equivocaron de público, lo cual Monsiváis constó con su respuesta al término de la obra, cuando el elenco lo invita a subir al foro a bailar todos “tomados de la mano”: pocos se animan y la mayoría permanece escandalizada e inmovilizada en sus asientos.

El Cerro del Mercado, la decepción En 1966, los estudiantes y el pueblo de Durango se apoderan del Cerro del Mercado para exigir a la Fundidora de Monterrey un trato económico equitativo. El movimiento derivó en la desaparición de poderes, la destitución del gobernador y el mínimo doblegamiento de la fundidora pues esta accede a entregar al estado apenas cuatro pesos con 50 centavos por tonelada del mineral extraído.

Ante el miserable logro económico, la comunidad fue contra la empresa instigadora del movimiento, El Sol de Durango, que verá sus máquinas, archivos y escritorios esparcidos por la calle. El final, narra Monsi, aún es más decepcionante por previsible: “los dirigentes estudiantiles acataron los términos del pacto (y) la Fundidora Monterrey continuó detentando el cerro”. Ante este resultado, “el pueblo durangueño, dolido, resentido, llamándose a traición, le arrojó a los estudiantes tomates y piedras”.

El desmoronamiento del movimiento muralista mexicano En una crónica más, Monsiváis relató la inauguración del Mural Efímero que realizará José Luis Cuevas, en la Zona Rosa, para criticar los males del nacionalismo cultural. La gente que lo aguardó en junio de 1967, en dicho lugar de moda reflexionó sobre la propuesta del artista, a la vez que lo justificó y lo criticó: –Mural efímero es una contradicción, el mural está hecho para durar, porque se inserta orgánicamente en el complejo urbano.

–Ese es el chiste de lo de Cuevas: burlarse de las pretensiones del muralismo.

–Lo único que quiere es hacerse propaganda.

El fallido concierto de grupos de pop En otro de sus relatos, Monsiváis narró lo sucedido en un concierto con los Union Gap, los Byrds y los Hermanos Castro organizado el 9 de marzo de 1969, en el Estadio Olímpico, hoy Ciudad de los Deportes. Ahí se dieron cita distintas colectividades de la denominada juventud mexicana. El propósito del evento, infirió Monsi, fue producir un acto de unidad juvenil, entre la llamada naquiza (aféresis de totonacos, aclaró) y los fresas, caracterizados como “aferrados como alpinistas al cordón umbilical”.

Para calmar los ánimos, uno de los integrantes de los Hermanos Castro aclaró la ausencia de la Policía a los asistentes: “No están aquí porque hemos confiado en ustedes”. Y, para convocar al orden, agrega: “Los ojos del mundo están puestos en nosotros”.

Sin embargo, las aclaraciones no surten efecto pues, cuando los aparatos reproductores de la música no encienden, “se inicia la batalla campal, el motín, el zafarrancho en pequeña escala [es] el acabose”.

Dos de octubre de 1968 Monsiváis sostiene que nada logra atenuar lo ocurrido en la plaza de las Tres Cultura ese 2 de octubre; ni la renuncia de un jefe de Policía, ni la liberación de Demetrio Vallejo y Valentín Campa, ni la derogación del delito de disolución social.

En su plaza, acota el narrador, “Permanece el Edificio Chihuahua, con los relatos de estupor y la humillación, con los vidrios recién instalados, con el residuo aún visible de la sangre, con la carne lívida de quienes lo habitan… se erige como símbolo que nos recuerda y nos señala a aquellos que, con tal de permanecer (en el poder), suspendieron y decapitaron a la inocencia mexicana”.

Días de guardar es un libro compuesto por 33 textos con los cuales Monsiváis demuestra que México no es uno, como advierte José Woldenberg, sino muchos Méxicos.

Sobre el autor

Carlos Monsiváis (Ciudad de México, 1938-2010) estudió en la Escuela de Economía y en la Facultad de Filosofía y Letras, ambas de la UNAM; fue periodista, cronista, ensayista e impulsor y rescatista de la cultura popular; concebido por Rafael Barajas el Fisgón como “un intelectual público”. Entre sus libros se encuentran: Días de guardar (1970); Amor perdido (1977); A ustedes les consta (1980); Escenas de pudor y liviandad (1981); Entrada libre (1987); Los rituales del caos (1995); Apocalipstick (2009). Además, produjo más de 40 libros entre antologías, compilaciones y coordinaciones. Creó una de las columnas políticas más importantes y leídas de México: “Por mi madre, bohemios”. También actuó en películas, como en Los caifanes. Obtuvo múltiples reconocimientos como: el Premio Nacional de Periodismo (1977); el premio Jorge Cuesta, en la categoría de crónica (1986); premio Mazatlán de Literatura (1988); el premio Manuel Buendía (1988); el premio Xavier Villaurrutia (1995); el Anagrama de Ensayo (2000); el Premio Nacional de Ciencias y Artes, en la rama de literatura (2005); el premio Juan Rulfo (2006) en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Fue distinguido con el Doctorado Honoris Causa por la UAS, UAEM; UAMC, BUAP, UANL y la UV, respectivamente, y Postmortem por la UNAM. La UACM lo distinguió con el Doctorado Honoris Causa Perdida, al término de su ponencia “Las causas perdidas, reflexión filosófica, ética, estética e histórica”, relativa a la inconformidad de muchos pese a las adversidades. Cabe mencionar que estuvo a punto de ser miembro del Colegio Nacional, pero a raíz de que salió retratado con la actriz y cantante Lucía Méndez en la portada de la revista de espectáculos Teleguía, fue retirada su postulación.

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