La historia oficial ha dicho que la pobreza del pueblo fue el origen de la Revolución Mexicana. La verdad es que el movimiento que inició el señor Madero no tuvo su base principalmente en causas económicas, sino políticas.

Un grave problema había: la prolongación del régimen encabezado por don Porfirio empezó a ser causa de irritación. La avanzada edad del presidente, sus continuas reelecciones, hicieron sentir temor a muchos por lo que podría suceder después de su muerte.

Esta es la tesis de Armando Fuentes Aguirre, a quien también se le conoce como Catón, en su libro Díaz y Madero II. La espada y el espíritu.

El escritor nació en Saltillo, Coahuila. Hizo sus primeros estudios en la Escuela Normal de ese estado y en el Ateneo Fuente, prestigiosa institución de la que posteriormente sería director. Luego cursó la carrera de abogacía en la escuela de leyes de su ciudad natal y en la UNAM. Tiene maestrías en lengua y literatura españolas y en ciencias de la educación, y recibió el grado de Doctor Honoris Causa por la Universidad Autónoma de Nuevo León.

Se considera que es uno de los columnistas más leídos de México.

En una breve introducción, cita: “Benito Juárez, como muchos otros en su lugar, había adquirido el gusto por permanecer en el poder o quizá pensó que sin él al mando, el país no saldría adelante. Una y otra vez se había reelegido, aunque eso significara una falta a la Constitución que tanto había defendido; pronto esta y otras razones originaron desconfianza entre varios adeptos suyos que optaron por alejarse o por rebatir las acciones que llevaba a cabo para continuar como presidente de la República.

“Mientras don Benito perdía seguidores, Porfirio fue ganando popularidad entre el pueblo y era incitado por sus simpatizantes a que se enfrentara a ese gobierno que ya tenía tintes de dictadura.

” Juárez le ofreció a Díaz diversos cargos, pero este no aceptó y al final lanzó su propia candidatura.

Murió don Benito y Díaz finalmente se convirtió en jefe de la nación.

“Tenía ideas claras sobre el futuro de México y sobre el suyo propio.

” Aplicó sin reservas un liberalismo económico y de ahí surgió una “nueva clase” en la que pudo apoyarse para gobernar sin estorbos hasta que Madero inició en 1910 una revolución (que se continuaría después con una larga serie de luchas por el poder y de enfrentamientos de esos de “quítate tú pa’ ponerme yo”).

Catón toca a tres personajes que intervinieron en el inicio de la Revolución, el 18 de noviembre de 1910.

“La muchacha no era fea ni bonita. Sus ojos eran profundos y soñadores. Se llamaba Carmen. Carmen Serdán. Era soltera –solterona para la época– y ávida lectora de novelas románticas. Vivía en Puebla con sus hermanos, Máximo y Aquiles.

“A los tres los había arrastrado el fervor de la cruzada antirreeleccionista. En su casa –número cuatro de la calle de Santa Clara– Madero tenía un altar.

“Aquiles será también un hombre común. Se dedicaba al comercio; era pacífico. Joven –tenía a la sazón 34 años–.

“Los acontecimientos se precipitaron. Ese día 18, a las 7:30 de la mañana, un piquete de gendarmes llegó frente a la casa de los Serdán. Poco después se daría el enfrentamiento. Bautizo de sangre y fuego de la revolución maderista. Ahí empezó una violencia que no terminaría sino casi dos décadas después.

” Regresa con Don Porfirio: “Ya no era el mismo que había sido hasta hacía unos cuantos meses. Sus familiares comentaban en la intimidad que el general quedó como postrado desde la manifestación aquella en que, poco después de la aprehensión de Madero en San Luis Potosí, una turba llegó hasta la casa del presidente Díaz y lanzó tomates, naranjas y huevos podridos, contra las ventanas. Gritaba el populacho: –¡Muera la tiranía! ¡Muera el mal gobierno! ¡Muera el viejo! Revela también parte de las bondades de Madero.

Un automóvil llega a la prisión y de él desciende don Francisco I Madero. Con paso firme se dirige al interior de la cárcel y, encarándose al jefe de la guardia, le pide que le entregue al general Navarro.

–Señor Madero– farfulla el individuo–. El general Navarro va a ser pasado por las armas. Esa orden la dieron Pascual Orozco y Villa.

–Yo soy el jefe máximo de la Revolución– dice Madero con serenidad, pero con energía–. Entrégueme usted al prisionero.

“El hombre ya no replica más. Ordena que el general Navarro sea sacado de su celda y traído ante la presencia del señor Madero.

“Cuando Navarro mira al coahuilense, le dice con voz en que había cierto desdén”: –¿Viene usted a presenciar mi fusilamiento? –No, señor –responde Madero–. Vengo a salvarlo.

Lo toma del brazo y con premura lo conduce al automóvil.

Y los subsecuentes capítulos están así escritos con viveza, captando de inmediato el interés del lector.

De editorial Planeta Mexicana, SA de CV. Bajo el sello editorial BOOKET MR la primera edición es de agosto 2010.

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