La aparición de Rayuela en 1963 involucró no solo el despertar de una fracción creativa al que la conciencia de la humanidad fue llevada, representó un cambio de expectativa monumental. Con Rayuela comenzó la “literatura juego”, la “escuela de Oulipo” que consiguió la proyección necesaria para autores como Alain Robbe-Grillet, Georges Perec y quienes tuvieran interés en la escritura mediante el experimento, como referencias completamente modernas.

Todavía hoy es pronunciadamente célebre Las gomas de Robbe-Grillet, quien habría de introducir la neutralización de la narrativa dramática, a cambio del análisis hipercerebral de todo aquello que ocurre y se presenta mientras el relato sucede, pero una narración convencional no solo omite, sino que desgaja y retira del texto.

Asimismo, Perec intraducible cuando una de sus novelas cumbre consiste en la construcción de una obra que prescinde por completo de la letra “e” –vocal abundante del francés– y con ello logra una producción que despliega un conocimiento erudito de su lengua, pero en la práctica se vuelve inaccesible para lectores foráneos, ya que las claves de la novela que elaboró el escritor son comprensibles solo para el francófono.

La escuela de Oulipo se transformó en el modelo moral del escritor a cargo de la búsqueda de nuevos cánones; acaso su última manifestación relevante fue Fantomas contra los vampiros multinacionales, novela corta-cómic en que las licencias de Martré sirven de trasfondo para inspirar la famosa narración de la historieta que llegó a manos de Cortázar y el encuentro sirvió para narrar una novela en la que el escritor se encontraba con una versión de sí mismo encerrada en viñetas.

De por sí difícil, la idea de un experimento siempre latente, siempre posible y a punto de ser ensayado a partir de la forma y cómo ella debería trascender sobre la estructura del fondo, difícilmente es comercial, del interés del universo de lectores, pero a final de cuentas, se trata de eso que todo autor debería lograr, así fuese en una diminuta porción de un solo libro.

Con esa convicción de fondo, Milorad Pavić emprendió la escritura del extraordinario Diccionario jázaro, verdadera obra maestra de la literatura universal, cuyo sentido es el titular. A partir de una protocultura referida en escrituras musulmanas, cristianas y judías, los jázaros componen toda una serie de referencias constituidas en lugares, personajes, épocas, definiciones operativas entre otras. El Diccionario… es el relato ultramoderno de una cultura, que en lugar de apología novelada de un obligo del mundo como el Macondo de García Márquez o Santamaría de Onetti, es retratada en calidad de cultura, por lo que arroja la reunión de todas las entradas del diccionario.

Narrativa pese a su fragmentariedad, fue una novela profundamente visionaria y con una revolución de fondo a cuestas, ya que mientras fue publicada en 1984, su escritura sucedió a finales de la década de 1970 y principios de la de 1980, pero anticipó la estructura del hipertexto que sería la norma fundamental de Internet. Genial por donde se le busque, Pavić además logró sacar de su cualidad de objeto inerte a los diccionarios y exhibir la circunstancia de que sus contenidos, así como la enciclopedia seminal de la Revolución francesa, son productos brutalmente ideológicos.

Irónicamente, los grandes inventos que constituyen la norma y el sentido funcional de la cultura actual son producto de objetos creados más de 30 años antes del final del siglo XX. Tal es el caso de un disco hermano al experimento de Pavić, pero creado por The Residents: Commercial Album.

No menos genial, a su manera, The Residents “diseñó” un disco audaz y de difícil acepción, en la medida que la estructura musical determina por completo el sentido del disco. Creado con los compases y claves de casi toda la música pop de la época en que lanzó a la venta, el disco es un resumen de los clichés más importantes de la música anglosajona, pero con el valor agregado de que en calidad de productos a la venta, cada una de las canciones se vende a sí misma con la estructura de un jingle de un artículo a la venta y una letra que lleva hasta un extremo surrealista las implicaciones de la canción.

Precisamente, el juego de ambos, tanto The Residents como Pavić, radica no en esperar la definición, sino en crearla.

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