Los años no pasan en balde, reza aquella frase tan trillada y hasta cierto punto cierta. El 15 de abril de 2009, aquel día miércoles salió el primer número de Libre por convicción Independiente de Hidalgo, un nuevo diario que haría honor a su nombre dando a conocer las notas relevantes, tal como ocurrieron, más no como quisieran algunos que fuera.

Es importante contar con un medio de comunicación que no esté limitado, que su compromiso con los lectores sea mayor y se anteponga ante cualquier atentado para no salir la verdad ante la luz pública. Los lectores agradeceremos siempre una alternativa de comunicación seria y fidedigna que no esté supeditada solo a conveniencia.

Mi gusto por las letras había iniciado desde tiempo atrás, cuando fue publicado mi cuento Juárez sin bronce, el cual ganó el segundo lugar a nivel nacional en un concurso que había promovido la Ibero, en conjunto con la extinta Conaculta; fue un buen día cuando supe el resultado. Siempre me agradó la historia, así como la literatura, y no sentí que fuera un problema el poder escribir lo que opinaba e investigaba, solo que no existía un espacio para poder hacerlo.

Dicen que cuando deseas algo con fervor, el Universo entero conspira para que eso se logre; y el día señalado llegó al lado de Libre por convicción Independiente de Hidalgo, que cumple 10 años junto con la columna “El Tlacuilo”.

Este espacio que no ha parado de escribir desde episodios históricos, políticos, poemas y hasta deportes, en donde la cita es cada domingo, desde aquel 19 de abril de 2009, cuando tuvo sus inicios la columna. Recuerdo que en aquellos días había llegado de Rusia, maravillado por haber tenido la fortuna de conocer y poder vivir allá un tiempo. El poder aprender acerca de la historia eslava, el idioma y la cultura rusa fue una experiencia única que sin duda permeó, hasta el día de hoy, en mi vida, ayudándome a conocer otras fronteras y experiencias novedosas que enriquecieron mi carrera académica de historiador.

Al principio, a pesar de haber tenido anteriormente un acercamiento con las letras y con algunos diarios, esos no habían sido para mí tan significativos como lo es ahora el Independiente de Hidalgo, en donde se ha materializado esta columna dominical gracias a los lectores que muy gentilmente me hacen llegar sus comentarios en los que, tanto preguntas históricas como sugerencias, afirmaciones y de más, se dan cita cada vez que se publica este espacio.

Gracias a mis lectores que me han felicitado por escribir datos históricos que en ocasiones no se conocían y que son necesarios para aprender y poder analizar objetivamente la historia nacional e internacional.

Ya han pasado 10 años y aún puedo recordar el primer artículo que surgió en esta sección, “Semana Santa”, en el que se dio un boceto histórico acerca del origen de Pachuca, así como las festividades características en la llamada Semana Mayor. El conocer como el clero y los ciudadanos, formando una homogeneidad, se organizaban para ese magno evento del calendario litúrgico.

Pero, ¿qué es un tlacuilo y cuál fue su función?: Los tlacuilos eran hombres y mujeres hábiles en el dibujo, a quienes desde niños se les adiestraba en el conocimiento profundo de su lengua y cultura. La labor del tlacuilo se asocia, por lo tanto, con diferentes actividades, no solo con la pictografía. El tlacuilo pintaba los códices y los murales en Mesoamérica. Conocía las diversas formas de representación, así como la mitología. Llevaban registros de la diversidad biológica. Podía trabajar en mercados y templos, según el tipo de actividad para la que se le necesitara.

Para elaborar los códices, los tlacuilos usaban papel amate o amatl, piel de venado o tela de algodón tejida en telar de cintura, así como tintas negra y roja para las pinturas y glifos. Y quizá, en algunos casos, papel de maguey. Los códices eran guardados, doblados a manera de biombos, en amoxcallis o casas de códices. Los tlacuilos se encontraban bajo la protección de la diosa Xochiquétzal.

Además de registrar los eventos en los códices, los aztecas conservaban su historia en la memoria de individuos que transmitían sus conocimientos de generación en generación. Observando un códice, a los mexicas-aztecas les era posible recordar con fidelidad lo que había aprendido de memoria. Por esa circunstancia, es que el tlacuilo será “el que escribe pintando” o “el que pinta escribiendo”. ¿Tú lo crees?.

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. Yo también.

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