Qué es transcurrir?, envejecer, quizá; o puede ser vivir el tiempo dado, prestado, asumido como propio desde la ignorancia. Al fin, establecer un camino que se sigue en el puzle infinito de las posibilidades inciertas, cambiantes y asfixiantes.
Nada que decir, es decir, todo por decir. Repetición absoluta de lo absurdo que surge en la mente de K como un pleonasmo mil veces repetido y depreciado y, sin embargo, convertido en la posibilidad cierta de una huida liberadora sin lugar ni tiempo.
Está tirado otra vez en la hierba quemada del jardín mirando las musarañas caminar en la últimas hojas rojas de los árboles viejos. Está, podría llamarse así, pero también podría llamarse de otra manera más adecuada: deambula en una quietud aparente.
Ahora es el mar, en su mente, un mar en calma que parece muerto en su verde azulado que se confunde en el horizonte con el cielo cárdeno. El silencio lo invade todo y el presentimiento de que minutos después la oscuridad será absoluta es certeza.
Se pregunta K: “¿Y bien, por qué tengo este tipo de ideas, en forma de imágenes, en mi cabeza? Pregunta retórica, como tantas otras que se hace, que no pretende contestar. La disfruta demasiado.
Se dice: “Asumiendo la verdad como una posibilidad de relaciones múltiples y finitas, aunque variadas e inciertas; estableciendo como verdadero que determinadas certezas nos posibilitan entrar en ella en formas diversas que pueden considerarse como reductoras de su ambivalencia y contingencia…”
Justo cuando va a extraer una conclusión que considera importante su pensamiento se hace humo. Una blancura impoluta se adueña de su mente dejándolo en una tranquilidad hecha de vacíos. Las palabras caídas, la enormidad del silencio, la perplejidad. Anonadado en un simulacro de esperanza.
La ventana abierta, M asomándose y mirándolo. ¿Dirá algo?, ¿lo llamará por su nombre para acercárselo y apropiárselo?” No, ella permanece callada y lo observa. La brisa remueve sus cabellos, sus labios se mueven levemente, como rezando.
K no la ve, mejor dicho, no la ve con los ojos. La presiente, sabe de cada uno de sus movimientos y de su mirada incrustada en él, examinándolo con precisión pero sin alcanzarlo.
Asombrada de tan largo sueño, M desea que llueva. La lluvia lo limpia todo y hace del mundo un despertar de agua. El deseo no se cumple. Cierra la ventana y olvida. K tirado en el jardín hace blancuras en el blanco fondo de su huida.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.