A propósito del 14 de febrero…

DULCE G RAMÍREZ
Pachuca

Suele pensarse que la vida en pareja es una de las necesidades primarias del ser humano.
Sentimos la urgencia de construir relaciones sentimentales, de estar con alguien y crecer en compañía. Lo anterior no es diferente al tener una discapacidad, en algunos casos aumenta esa necesidad de tener un cómplice.
El otro día platicaba con un amigo sobre el amor de pareja, nos cuestionábamos acerca de la idea de que “solo podemos amar una vez en la vida de forma completa y sincera”. Te invito a recordar quién fue tu primer amor, seguramente la avalancha de sentimientos te tomó por sorpresa, tu corazón latía de forma exagerada, las mariposas te hacían cosquillas en el interior y pensabas que esa persona era perfecta. Probablemente entregaste lo mejor de ti, hasta inventaste aquello que no eras. La ruptura quizá fue una de las más dolorosas, pues pensabas que esa relación sería para siempre. Tuviste miedo pero aun así te atreviste a vivirlo, no habías tenido experiencias previas que te pusieran sobre aviso de lo que iba a suceder si esa relación fracasaba.
Cuando hay una discapacidad de por medio sucede exactamente lo mismo, salvo que ese miedo y esa angustia al fracaso se intensifican, las personas con alguna discapacidad han enfrentado esas problemáticas día con día, en algunos casos desde la familia, es como si ya estuvieran heridos de antemano, así cuesta más trabajo entregarse y atreverse. Esto implica que tomen un rol pasivo, lo que se traduce en evitar a los demás o esperar a que sean otros quienes se acerquen.
Sin embargo, hay que estar conscientes de que el miedo solo se pierde cuando nos aventuramos a descubrir qué hay atrás de él y reconocer que existe quien lo logra.
Así como entre las personas sin discapacidad, entre las que tienen alguna hay quienes tienen pareja y quienes no. La sociedad suele medir nuestro éxito en la vida de formas variadas: una de ellas es tener una relación, esto genera que muchas veces por esa idea de “estar con alguien” permitamos relaciones malsanas que nos lastiman y nos impiden crecer espiritualmente.
A menudo sucede que vamos con una idea equivocada acerca de lo que una pareja significa y en las personas con alguna discapacidad está más presente la necesidad de estar con alguien para que las cuide y las proteja. En ocasiones aceptamos salir con alguien, vivir o casarnos por la presión, ya sea de la familia o de los amigos. Sin embargo se menciona que las relaciones que comienzan por una necesidad interna o externa son las más propensas al fracaso.
Una relación debería comenzar por el interés de conocer y compartir lo que soy con alguien que me agrada, sin la expectativa de durar por siempre, ya que a ciencia cierta no lo sabemos.
Es común que se piense que las personas con discapacidad solo deberían emparejarse entre ellas, no con quienes no tiene alguna discapacidad; sin embargo, la observación y la experiencia nos demuestra que las diferencias, más que alejarnos, pueden enriquecernos y brindarnos más alternativas para enfrentar la vida.
De igual manera, otro reto que enfrentan las personas con discapacidad es la sobreprotección de la familia, el temor no siempre viene de ellas, sino de quienes les rodean, del miedo a que sufran algún tipo de abuso, discriminación o humillación. Temor que es comprensible, aunque no solo las personas con discapacidad corren ese riesgo, más bien todos lo tenemos todo el tiempo.
Este artículo se titula “Discapacitados para amar”, no solo por las razones expuestas anteriormente, sino también porque pareciera que vivimos en una sociedad que nos incapacita de muchas maneras para amar y ser amados. Nos venden el miedo, nosotros lo compramos. Nos venden expectativas, nosotros las compramos. Nos venden conductas socialmente admitidas, nosotros las compramos. Nos venden estereotipos y los compramos. Así vivimos nuestra cotidianeidad con la siempre permanente insatisfacción de que estamos caminando empujados por otras fuerzas que nos alejan del lugar en donde queremos realmente estar.
Pero ¿sabes algo?, está en nuestras propias vidas cambiar eso.

La ruptura
quizá fue una

de las más dolorosas,
pues pensabas que esa
relación sería para siempre. Tuviste miedo pero aun así te atreviste a vivirlo, no habías
tenido experiencias previas que
te pusieran sobre aviso de lo
que iba a suceder si esa
relación fracasaba

 

 

 

 

 

 

La sociedad suele medir
nuestro éxito en la vida de formas variadas, una de ellas es tener una relación, esto genera que muchas veces por esa idea de “estar con alguien” permitamos relaciones malsanas que nos lastiman

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