¿Hasta dónde debemos dejar que los niños hagan “lo que quieran”?

En la actualidad, la orientación estricta se concibe como un signo de dominación y castigo. Se acusa constantemente a los maestros de mala práctica e incluso violencia autoritaria por cosas simples como dejar mucha tarea a sus alumnos o por exigir “demasiado” en clase. Los padres se quejan, prefieren que los niños convivan, que hagan otra cosa, que no “sufran”.

Mientras tanto, los maestros son obligados a cambiar sus formas, bajo la idea – ambigua y cuestionable– de que hay que dejar que el niño siga “sus propios procesos”.

¿Acaso no estamos confundiendo aquí autonomía con capricho?
En esta circunstancia, por temor a imprimir valores y perspectivas diferentes en la enseñanza –como la exigencia o la disciplina– los maestros eligen una supuesta neutralidad, a saber, se circunscriben a la mera instrucción de contenidos.

He aquí el problema: enseñar nunca es un acto neutral, siempre es un acto político.

Los contenidos llevan un orden y una perspectiva del mundo, consensuada y admitida –en el mejor de los casos– por una comunidad académico-científica e institucional que imprime a los programas sus modos de pensar y representar el mundo –hecho que debe ser enseñado–.

Los encargados de impartir dichos contenidos (dentro y fuera del aula) imprimen también la genealogía de su pensamiento: ideologías y razones que ordenan su posición frente a la vida y el mundo, su comprensión de los hechos de la realidad –el modo en que ellos mismos han aprendido–.

No existe imparcialidad en la enseñanza. Maestros y padres, como educadores, son responsables de educar desde la consciencia del pensamiento propio, la posibilidad de preguntar por las ideas que atraviesan su conducta, sus decisiones y hasta sus sueños.

El niño debe poder enfrentarse a los ensueños de quienes le guían en su introducción al mundo. Hay que enseñar a los niños la posibilidad de cuestionar a sus educadores.

La supuesta neutralidad en la educación es también una forma de autoritarismo y una afrenta a la vida de los educandos. “La sobreprotección, tara”, según el licenciado Raúl Durán Moreno.

Si el educador no enseña la importancia que atañe el aprendizaje a la vida misma, tampoco el niño hallará la posibilidad de cuestionar críticamente lo aprendido: la disciplina, entonces sí, se convierte en una herramienta de control.

Entonces, ¿qué importancia tiene que el niño aprenda? ¿Para qué educamos? ¿Para el empleo? ¿Enseñamos para que tengan mejor oportunidad dentro del ámbito productivo nacional? O bien, educamos para la vida: que el niño, en tanto que ser humano, sea capaz de acceder a su potencial intelectual para representarse un mundo mucho más integrado, una concepción más plena de sí mismo, en y con la realidad que le rodea.

Debemos enseñar la importancia de los límites. El niño ha de comprender las múltiples dependencias que lo constituyen. Debe comprender que su forma de pensar tiene consecuencias en el mundo. El niño debe aprender a pensar y a cuestionar esta circunstancia: la de su condición humana.

Sin esta noticia de los límites y fronteras abandonamos a los niños –y a quienes alguna vez lo fueron– a la ficción de una realidad reducida a intereses utilitarios, individuales –ergo, aislados–, modos prefabricados de existencia –que además defraudan con el paso de los años– e ideologías inconclusas.

Debemos enseñar a los niños la consciencia del límite y la disciplina enfocadas no en la imposición/aceptación de ciertas conductas, sino en la importancia del pensar, conocer y cuestionar, porque allí se encuentra la cualidad poética de la vida, la “verdadera vida”, según Rimbaud.

La disciplina es, por tanto, un principio de libertad. Hay que orientar con firmeza, porque de ello van los sueños de una nueva generación.

Dejemos de imponer nuestras obsesiones a los niños: engañándolos a ellos nos engañamos a nosotros mismos. En palabras de Freire: “El respeto a los educandos no puede fundarse en el escamoteo de la verdad –la de índole política de la educación– y en la afirmación de una mentira –la de su neutralidad–”.

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