Veamos ahora, como en el decir y el usar los medios está el que comete una tontería (Trump-ería), la comete aun peor en los hechos, en la realidad, y es un altivo y peligroso, grosero y hasta andrajoso ser, para con los demás, sin importarle si son del mismo sexo o no, de la misma clase socioeconómica o de más arriba, con mayores o menores conocimientos, todo es esa persona, pero amén de eso es que todo es solo para él, la verdad única, la razón total, la sabiduría absoluta, solo para él y le asiste únicamente a él. Aquí continúan los estudios y ejemplos (para nuestro peje-trump incluso, ¡cuidado!)…

Sobre algunos efectos dañinos de emoción en el discurso político

Numerosos escritos se han propuesto describir las estrategias de la palabra política, y yo mismo he estudiado las estrategias discursivas en Le discours politique; en otro medio presenté un análisis del discurso populista. Como este último está particularmente impregnado de efectos emocionales, daré aquí algunas características recurrentes.
El discurso populista nace en una situación de crisis social. Consiste, por lo tanto, en describir esta situación cuya víctima es el pueblo, en denunciar la fuente del mal y en alabar los méritos de un líder particularmente carismático.
El líder populista describe la situación de decadencia de la cual el pueblo es víctima, sirviéndose de la tópica de la “angustia”: “Un millón de inmigrantes, un millón de desempleados”, profería de manera terminante Jean-Marie Le Pen, hace ya algunos años. Entre más simples sean las fórmulas, esencialistas y amenazadoras, el efecto emocional buscado tiene mayores posibilidades de tener un impacto.
El líder populista denuncia la fuente del mal designando, no a los responsables como en todo discurso político, sino a los culpables. Pero esos culpables, y ahí se localiza un factor de gran emocionalidad, son designados de manera global, incluso vaga, como si se tratara de seres maléficos que estuvieran escondidos en las sombras, creando complots: “la clase política”, “las élites frías y calculadoras” o “la institución que se trata de derrotar por medio de una revolución de salvación pública” (como dice Le Pen para no emplear el término consagrado de establishment). La figura del complot es recurrente en el discurso populista. Corresponde a la tópica de la “antipatía” como orientación de afecto en contra de un agresor o simplemente de un enemigo. Hay enemigos internos (los grupos de presión para Le Pen; los oligarcas para Chávez), y hay enemigos externos (los inmigrantes para Le Pen; el imperio estadunidense para Chávez).
En fin, el líder populista debe instaurarse como salvador construyendo una imagen de “poder” mediante un comportamiento oratorio elaborado por medio de “improperios”, (la especialidad de Trump) y sus versiones región cuatro (Sr López) de fórmulas de choque. Los llamados tropiezos verbales y las provocaciones verbales de estos líderes no tienen otro objetivo más que el de construirse una imagen (un ethos) de personaje poderoso para procurar que el auditorio se adhiera a su persona ciegamente, incluso, que se proyecte en él, que se fusione completamente con él. De esta manera, el líder populista no deja de presentarse como el representante del pueblo al grado de no constituir sino una sola alma con este último, (“Porque Chávez no es Chávez. Chávez es/era el pueblo venezolano”) y exponer en primer plano su sinceridad para desmarcarse de la clase política que no haría más que mentir; el líder populista dice “hago lo que digo, digo lo que hago”.
Sin embargo, instaurarse como redentor no es solamente injuriar al mundo, sino también exaltar valores y convertirse en su portavoz. Valores comunitarios, porque se trata de pasar del resentimiento a la reapropiación de una identidad originaria: “Sí, nosotros estamos a favor de la preferencia nacional porque estamos por la vida y en contra de la muerte, por la libertad y en contra de la esclavitud, por la existencia y en contra de la desaparición”. Los valores comunitarios que se apoyan sobre discursos que exaltan otros valores como aquellos que remiten a la naturaleza y a todo lo que es original: “Somos criaturas vivientes… Somos parte de la naturaleza, obedecemos sus leyes. Las grandes leyes de las especies gobiernan también a los hombres a pesar de su inteligencia y, a veces, de su vanidad. Si violamos sus leyes naturales, la naturaleza no tardará en tomar venganza en nuestra contra”. Exaltación también de los valores de filiación y de herencia, como lo hace Le Pen: “Por supuesto que se trata de nuestra tierra, de nuestros paisajes, tal como fueron proporcionados por el Creador, pero también tal y como fueron defendidos, conservados y embellecidos por aquellos que poblaron este territorio desde hace miles de años y de los cuales nosotros somos los hijos”; o Chávez cuando traía a colación en sus discursos las figuras de Simón Bolívar o del Che Guevara y cuando se refería al “árbol de las tres raíces”.
Recurrir a efectos emocionales es constitutivo de todo discurso político, pero toma un carácter particularmente exacerbado en el discurso populista.
Con lo anterior, espero podamos comprender mejor, los discursos, los twits, los videos de Youtube del Sr López, para no caer en la trampa de que será el redentor de todos; más bien entender que estaríamos cometiendo una Trump-eria como la cometieron los gringos al votar por ese presidente y de la que se arrepienten hoy en día, pero que parece no tener remedio alguno, más que el de pagar, con pobreza y desigualdad, su error, hasta dentro de cuatro años.

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