¿Para qué quieren darnos un premio si lo que queremos es que ya no nos maten? Me preguntó un joven reportero en las tantas visitas que hicimos a los estados de la República mexicana para promover el Premio Nacional de Periodismo.
No era un reclamo, no era una protesta, era una interrogación cansada de la impunidad, era un cuestionamiento dolido ante tanta muerte, era una gran duda en torno a la inseguridad que viven tantos periodistas, era una certeza de que el periodismo en nuestro país es la profesión más peligrosa que se practica.
Por supuesto que le di razón, la muerte de cada periodista en este año, en los otros años nunca dejará de dolernos e indignarnos pero precisamente ante ese panorama tan triste es necesario un pequeño pero sincero e inmenso “apapacho periodístico”, una acción que garantice nuestro orgullo del periodismo de calidad que sí se hace en nuestro país, un instante de luz que los ilumine, a ellos y a ellas, a cada periodista siempre en la trinchera, siempre con la denuncia, siempre con la crítica, siempre en el lugar de los hechos para informar con esa clara y gozosa subjetividad de buena fe.
El joven periodista que me interrogaba tenía toda la razón, lo importante es encontrar la estrategia, la propuesta, la fuerza para que cada periodista en México desarrolle su labor sin esa sombra de la muerte, de la amenaza, de la censura, del silencio. Y un premio como el que hoy entregamos puede, debe y logra ser una fuerza de inspiración y de certeza, de que necesitamos del periodismo para transformarnos, para tener el dato certero de lo que daña a México, para reconocer la voz que denuncia, para circular el testimonio que duele, para plantear la tesis de las cosas que están mal, para palpar con más sensibilidad lo que está pasando en este país.
Necesitamos premiar al periodismo mexicano, a cada hombre periodista, a cada mujer periodista porque los necesitamos, porque se arriesgan para abrirnos los ojos, porque tienen esa necesidad de informar pese a todo, contra todo, por todo.
Y ahí está la llegada de un hombre vestido de blanco, que representa el amor más absoluto a la vida desde una religión que nos bendice y apuesta por la paz, pero es recibido por una alfombra empapada de sangre, tanto dolor en este México, tantos muertos en este país.
Y está un presidente, envuelto en su propio discurso que solamente él se cree, indiferente a nuestro puño levantado, ciego y sordo ante nuestras actitudes, a nuestros gestos, a nuestro bostezo, a nuestra sorpresa, a nuestro sentir.
Y están tantas empresas fantasmas que nos asustan por la impunidad y la corrupción que las hicieron surgir y ahí está un gobernador que nos espanta mil veces más por su actitud tan cruel, ese señor que llenó de sangre al querido estado de Veracruz.
Y ahí está la voz del soldado, esa voz que casi nunca escuchamos, siempre los vemos inmóviles en guardia, siempre los vemos silenciosos mientras cuidan un derrumbe, siempre llenándonos de miedo cuando nos topamos con ellos, con la certeza de que no van a protegernos sino a maltratarnos, ese miedo ante su mirada fría, esos rifles que cargan muchas veces apuntando a su propio pueblo. ¿Por qué lo hacen? ¿Cuál es la cadena de mando que provoca una orden de matanza a un pueblo con el puño levantado y la consigna justa?
Y ahí está ese vía crucis que cada vez viven más personas en México cuando buscas a un familiar desaparecido, entre lágrimas y fosas, entre pasos falsos y datos puntuales, una dolorosa experiencia cuando adviertes el gran cementerio que va del norte al sur de este país.
Y ahí está nuestra voz, la voz de cada periodista, la voz que testifica lo peligroso que representa ser periodista hoy más que nunca. Una charla entre periodista donde las preguntas son inteligentes y sensibles, las respuestas puntuales y humanas.
Y ahí están los de siempre, los que se ganan la primera plana por sus mentiras y su forma de manipular, la manera en que se aprovechan de la gente pobre, la forma en que integran su política de disimulo y piden se niegue la pobreza por un voto, por un puesto, por una orden.
Y ahí estamos las mujeres, las mismas que seguimos viviendo en una sociedad patriarcal que nos otorga derechos de papel, pero no estamos inmóviles, ni abnegadas, estamos listas y prestas para explicar con detalle lo que de verdad deben ser las políticas de género.
Y ahí está ese lado de nuestro México que a veces no palpamos ante tanto dolor e injusticia que nos abruma, el lado de la generosidad, del conocimiento compartido, del conocimiento a nuestro alcance, el lado de la gente que investiga y comparte, que investiga y explica, que se atreven a hacer expediciones para aproximarnos como nunca a la ciencia y a la cultura.
Y está una reportera ejemplar, siempre dispuesta a estar en el lugar de los hechos, con una trayectoria dedicada al periodismo crítico y de denuncia. Una reportera que siempre atrapó la noticia, que nos ha ayudado a tener una memoria de tantos acontecimientos que han marcado a México y al mundo. Una reportera que reafirma este esfuerzo y está necedad de premiar a nuestro periodismo, como una forma de sanar esas heridas abiertas, de darnos un respiro para continuar pese a las amenazas, una forma de darnos fuerzas pese al dolor inmenso y a la indignación total cuando nos convertimos en noticia porque nos siguen matando.
Sí, este momento de dar un reconocimiento en solamente un lapso generoso que merece cada periodista de nuestro país, este reconocimiento es una forma de insistir que hacemos un buen periodismo, que se investiga con la pasión, que se denuncia con la certeza, que ese compromiso social del periodista exista, por todo, contra todo, incluso ante muerte, pero debería ser más ante la vida.
Por eso hoy, el Jurado del Premio Nacional de Periodismo en mi voz manifestamos nuestro orgullo de haber revisado más de mil trabajos y constatar en cada uno de ellos el periodismo de calidad que existe, el buen periodismo que nos envuelve en la necedad, en la locura, en la denuncia, en el compromiso, en el periodismo que sí queremos, que merece premiarse, que necesita no ser callado, que necesita vivir.
Hoy es una fiesta poder entregar a cada ganador y a cada ganadora este premio. Es un gozo poder darles un abrazo, decirles gracias así, bien cerquita, escuchando los latidos de nuestro corazón. Pero este compromiso luego de festejarlos debe seguir siendo nuestra fuerza, nuestro coraje, nuestra certeza de que no olvidamos, el homenaje merecido a quienes han sido asesinados por ser periodistas que trabajaron por ese periodismo de calidad, de denuncia, de crítica.
Por eso hoy el Jurado del Premio Nacional de Periodismo con orgullo entrega este reconocimiento, pero a la vez aprovechamos este escenario para hacer un pronunciamiento donde manifestamos nuestro repudio hacia la violencia que vive cada periodista en nuestro país, donde exigimos un alto a la violencia hacia el periodismo nacional, donde queremos ser un punto de partida para proponer la forma de proteger a cada periodista, de erradicar la violencia contra los y las periodistas del país.
Y por eso, tenemos la certeza que, en una entrega de un premio a lo mejor de nuestro periodismo, nada mejor que cerrar con las preguntas básicas que hacen posible atrapar la noticia, escribir el artículo, investigar con profundidad. Preguntas que hoy deben sacudirnos como nunca:
¿Qué alma sin alma, qué corazón sin latidos humanos, qué monstruo político, qué mano asesina, qué pánico cobarde, qué fuerza inhumana, qué orden brutal, qué terror al periodismo, qué sin razón absurda puede provocar la muerte de una periodista en México?
¿Quién no puede sentirse consternada cuando la muerte de un periodista es la noticia, quién no se invade de rabia, quién no maldice bajito, quién no levanta la voz, quién deja escribir para llorar con profundo dolor, quién sigue escribiendo para inundar su teclado de agua salada, quién llora y escribe para buscar la palabra precisa que denuncie, quién publicará mañana la nota de protesta, quién grabará la nueva consigna para darnos fuerza, quién limpiará nuestras lágrimas impresas y sonoras, quién no llora cuando ve un cuerpo masacrado en el portal de un hogar hoy más que nunca inseguro y se pregunta una y mil veces quién, quién puede cometer un crimen tan atroz?
¿Dónde está la justicia que insiste en taparse los ojos para dejarnos más desoladas, dónde está la dignidad humana cuando un cuerpo todavía con alma es expuesto sin piedad ni compasión, dónde están los valores eternamente perdidos, dónde quedaron los derechos humanos, dónde está el respeto y la compasión, dónde se esconden los asesinos, dónde lanzamos nuestro coraje y nuestra pena, a dónde nos vamos a protestar, dónde se podrá ser periodista sin ser asesinado en el intento?
¿Cuándo se respetará el oficio periodístico, cuándo los poderosos en vez de asesinar nos leerán con atención para volverse humanos, cuándo podremos escribir para denunciar sin ser asesinados por nuestra fuerza y coraje, cuándo nuestra voz de denuncia no será callada de manera abrupta, cuándo dejaremos de ser noticia por ir en busca de la noticia, cuándo estaremos protegidos por el simple hecho de denunciar la injusticia, cuándo encontraremos a esos asesinos?
¿Cómo sigo enseñando a mis alumnos la pasión periodística, cómo los convenzo de ser periodistas comprometidos, cómo les quito ese miedo que ha provocado cada vez menos estudiantes en la especialidad de periodismo, cómo les digo que esto no va a volver a pasar, cómo los lleno de fuerza si hoy he quedado rendida de tanto llorar, cómo logró consolar a esas familia tan lastimadas que no pierden solamente a un periodista sino a un hermano/madre/hijo/hija, cómo cubro esos cuerpos exhibido con tanta crueldad en la primera plana de un diario, cómo volver a tomar aire y esas vidas perdidas me den otra vez fuerza?
¿Por qué asesinan cada palabra de denuncia, por qué persiguen a quien escribe para transformar, por qué secuestran para silenciarnos, por qué el periodismo se ha vuelto una profesión tan temida por los malos, por qué no hay protección confiable para los/las periodistas valientes, por qué no entienden que pese a todo seguirán surgiendo las/los periodistas de compromiso social, por qué este dolor se convierte en fuerza, por qué lloro pero me pongo otra vez a escribir, por qué pronuncio tantos nombre, Miroslava/Regina/ Guillermo/ Gabriel/ Anabel/ Javier, con el tono más desgarrador de toda fuerza periodística, por qué tomamos en el nombre de cada uno y de cada una el texto, el micrófono, la cámara y salimos otra vez a denunciar?
Porque este periodismo que hoy premiamos es el que salió y saldrá por siempre a denunciar.
Gracias

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