Distopía

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Juan Antonio Taguenca Belmonte

“Podría decirse que el signo de estos tiempos es una huida hacia delante, una simulación. Es decir, la perpetuidad de una sinrazón que se manifiesta de diferentes maneras, pero que siempre es de algún modo activa y reactiva, lo que genera una contradicción que es parecida a una paradoja, aunque no lo sea.
“Lo anterior remite a un ámbito simbólico que predomina sobre la realidad, no como una pátina sino como el propio cimiento que la sostiene. Esto es así, pese a que también se impone un materialismo no dialéctico en la composición de la visión, incluso de la misión de los implicados en la constitución de lo colectivo.
“En cierto modo, estas abstracciones adquieren razón de ser en el cada día que nos atenaza y pasa incluso a ser parte fundamental del acontecer de nuestra vida diaria. No es que en esta se perciba al sueño de la razón generando monstruos, como en el famoso cuadro de Francisco Goya, sino que son los monstruos los que están detrás de la razón misma, sin diferencia.
“El caso es que predomina el sistema en contra de la estructura y esta en contra del sujeto. Lo que nos lleva a la máquina kafkiana que tritura sin más, por el mero hecho de ser un efecto del programa mismo de la modernidad, la más diáfana de las utopías a alcanzar.
“Entonces, ese ser que es el ángel volando en las ruinas de la humanidad que tan magistralmente describió, en páginas brillantes y sugerentes, Walter Benjamin es la omnipresencia a tener en cuenta en los futuros escombros emocionales de las distopías venideras.
“Los escombros emocionales enunciados son parte inseparable del devenir tecnológico; que encubre su fin de control de la estructura social, política y cultural contrario a la democracia y a la libertad individual, y que incinera definitivamente los restos comunitarios y colectivos.
“Si el siglo XIX fue la encarnación del hombre prometeico a través de la Revolución Industrial y el XX el de los cuatro jinetes del apocalipsis hurgando en las llagas de las masas abrasadas en la destrucción de las guerras mundiales y nacionales, el XXI es el de Hibris llevando en sus entrañas tecnológicas la destrucción globalizada de las conciencias humanas.”
K releyó lo anterior y se preguntó a sí mismo por qué lo había escrito. Como tantas veces le sucedía, no encontró ninguna respuesta que lo convenciera. Había dejado su cuento de Piedad en un rincón de la mesa y al tropezar su mirada en esos papeles sintió nostalgia.
La pureza que hallaba en la historia de la niña contrastaba duramente con las palabras de la distopía analítica que acababa de escribir, si bien no muy convencido de la certeza de sus afirmaciones y contradicciones.
Tomó de nuevo la pluma entre sus dedos para escribir algo, pero antes de que esta raspara con finura el papel blanco, respiró profundamente y sonrió enigmáticamente. Se miró en el espejo que tenía delante, pero no se vio a sí mismo sino a M, que lo miraba.

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