Mientras la clase trabajadora no sepa distinguir sus intereses será víctima de manipulación y sometimiento. La teoría clásica establece que deberá pasar de ser “clase en sí” (cuando simplemente existe, objetivamente), para convertirse en “clase para sí”, al adquirir conciencia y comprender sus intereses, sabedora de lo que es, de lo que necesita ser y cómo lograrlo, y de quiénes son sus aliados y adversarios. Para evitarlo, la clase dominante busca impedir que los trabajadores piensen detenidamente en su situación y la comprendan; aleja su mente de la realidad y tiende cortinas de humo sobre los hechos, distrayendo la atención popular hacia asuntos baladíes, reales o artificiales, mediante los llamados distractores. Una acepción del verbo distraer (Real Academia) es: apartar la atención de alguien del objeto a que la aplicaba o a que debía aplicarla. María Moliner en su diccionario lo define como: apartar la atención de alguien de una cosa, un pensamiento, una preocupación, etcétera, haciendo que la fije en otra cosa; atraer la atención o el interés de alguien hacia cualquier cosa para que no se dé cuenta de otra.

Los distractores son instrumentos de manipulación de masas, como se expone en el escrito, atribuido a Noam Chomsky, “Las 10 estrategias de manipulación mediática”: “Uno. Estrategia de la distracción. El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción, que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las elites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales […] Mantener la atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para pensar; de vuelta a la granja como los otros animales (cita del texto Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.

Se distrae con noticias irrelevantes pero profusamente difundidas y colocadas en el centro de la atención pública. Esta es la estrategia empleada por el gobierno de López Obrador, a falta de resultados positivos; se manipula, aprovechando el morbo y la cultura creada, de telenovela, para introducir trivialidades en el pensar de la gente y aturdir su capacidad de discernimiento, impidiéndole ver lo esencial y entreteniéndola en lo frívolo y superficial. Así distraen al pueblo para que no vea el desastre que debiera preocuparle, indignarle e incitarlo a actuar, aunque sea por instinto de sobrevivencia. Motivos sobran.

Somos tercer lugar mundial en muertes por Covid-19: cerca de 50 mil, con casi medio millón de contagios. Julio fue el segundo mes con más asesinatos (2 mil 951) desde que se lleva registro: uno cada 15 minutos. En el segundo trimestre, el PIB se contrajo 17.3 por ciento respecto al primero (llevamos cinco trimestres seguidos de caída), y cae el crecimiento en 18.9 por ciento respecto a igual período de 2019. En total por la pandemia se han perdido 13 millones de empleos y han quebrado 10 mil empresas. Este año seremos en Latinoamérica cuarto lugar en porcentaje en pobreza extrema, 11 millones más de pobres y nueve millones en pobreza extrema (ONU). Faltan medicamentos para niños con cáncer y vacunas para recién nacidos. Esta es la realidad, espeluznante, la que importa al pueblo, afecta al futuro de sus hijos, la felicidad de las familias y la vida misma, y en la que debe centrar su atención.

Pero López Obrador dispone de sus ejércitos de troles y granjas de bots, ha copado la televisión pública con “comentaristas” incondicionales que la usan como su periódico mural y escaparate de la 4T, y tiene como aliadas a grandes televisoras, para sustituir, en un quid pro quo, la verdadera realidad (permítaseme la expresión), por otra virtual, inventada o exagerada, martillada en la población a velocidad de pájaro carpintero, como única e indiscutible y la que realmente importa. Se transmite hasta la náusea en forma casi ininterrumpida, de claro en claro y de turbio en turbio, como dijo Cervantes, el discurso donde el presidente se justifica, ofende y señala con índice de fuego a quienes ha decidido enviar al patíbulo.

Son instrumentos distractores el insulto, la acusación escandalosa, la aprehensión de delincuentes de poca importancia, pero pintados como si fueran el mismísimo Al Capone. Lo importante es tener cautiva en nimiedades la atención pública. Una humorada o vulgaridad de los funcionarios es convertida en comentario obligado. Ellos mismos están dispuestos al ridículo con tal de que se hable de sus personas, se hagan chistes y memes; lo que sea, menos permitir que se centre la atención en los problemas reales, por los que se pasa como sobre ascuas, pues ahí es donde duele. Queda, pues, el pueblo confundido, sin saber a dónde dirigir su atención y, por ende, su acción.

Y así vemos, por citar algunos ejemplos, un vil manoseo del tema del avión-circo que ha mantenido alelados a millones de ingenuos: que si cuántos boletos de la rifa, que si ya voló de regreso, que si ya hay un postor… Distractor es también si habrá o no festejo el 16 de septiembre; igual la vacilada de rechazar el PIB para medir el crecimiento, para ocultar así lo real: el derrumbe de la economía, como en la fábula de la zorra y las uvas. Con Emilio Lozoya es el paroxismo: que si ya está aquí, que si le pusieron el brazalete, que se transmitirán sus declaraciones…; una telenovela que nadie debe perderse (no en vano México destaca en ese arte lacrimógeno como principal país productor y exportador de telenovelas; por cierto, uno de los productores de esos bodrios es asesor de cabecera y máximo publicista del presidente). Otra bufonada: el terapéutico mole de guajolote de Barbosa. Y así, hasta el cansancio la sarta de ocurrencias con que se ocupa la atención pública.

Para armar esta mojiganga colaboran los medios, con los que AMLO ha hecho la gran alianza. No es casual que cinco de los 11 empresarios invitados a la cena con Trump sean magnates de los medios: Bernardo Gómez, codirector ejecutivo de Grupo Televisa, y Ricardo Salinas Pliego, de TV Azteca, propagandistas destacados ambos de la 4T. Asistieron también: Carlos Slim, de UnoTV, The New York Times y del diario El País; Olegario Vázquez Aldir, Grupo Imagen y diario Excelsior; Francisco González, Grupo Multimedios y Milenio Televisión. Son empresarios y empresas formadores de opinión, que arropan al gobierno “de izquierda” y que por magia de la 4T ya no son neoliberales.

Mientras tanto la sociedad, agobiada por sus problemas, espera solución, mas solo encuentra circo y pirotecnia. Pero estos no se comen, ni curan enfermedades ni dan vivienda ni traen desarrollo. De ahí no puede venir la solución: llegará cuando el pueblo se quite las telarañas que le impiden ver la realidad, y pueda centrar su atención en lo importante. Tarea difícil, más no imposible.

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