JAIME SARMIENTO
Colectivo Prodh

Una de las instituciones que más polémica ha generado entorno a la sexualidad ha sido la Iglesia, que restringe el ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos a la institución del matrimonio. Los sectores más conservadores se niegan incluso a hablar respecto a esos temas fuera del ámbito familiar. Las relaciones fuera del matrimonio adquieren la categoría de “pecados”.
Lo cierto es que existe una mayoría de adolescentes y jóvenes que desde temprana edad experimentan la sexualidad en sus diversas formas y precisamente por su alto riesgo, deben contar con condiciones que les permitan ejercer sus derechos sexuales y reproductivos. Por otro lado, no todos los padres y madres son competentes para guiar adecuadamente a sus hijos e hijas en la educación sexual, las iglesias tampoco han realizado un trabajo que promueva una formación científica de conocimientos, derechos y valores, en un marco de respeto mutuo, amor propio y equidad.
Precisamente ese velo de misterio y condición de secreto con que han ocultado a la sexualidad le da un tinte sugerente, una exacerbación del natural deseo de experimentar.
Las jerarquías de las iglesias serían grandes aliadas en la educación de las emociones, en la guía de la disciplina, en la responsabilidad sobre nuestros cuerpos y el respeto a los/as demás. Pero mientras se limiten a prohibir, mientras nieguen su sexualidad o, peor aún, ejerzan una doble moral al encubrir delitos sexuales dentro de sus instituciones, como la pedofilia y otras manifestaciones reñidas con la ética social y los derechos de las y los menores, será más el daño que el aporte que brindan a la sociedad.
Otro de los mitos sobre la sexualidad tiene que ver con el enfoque que le dan muchos medios de comunicación, como tratándose de un “problema de los y las jóvenes”. Más indicios de la doble moral, pues mientras por un lado prohíben y culpabilizan a la juventud que experimenta su sexualidad, por otro lado estimulan su ejercicio a través de propagandas, programas y mensajes destinados a motivar comportamientos sexuales ¿y de qué tipo?
En los mal llamados informativos o noticieros, el sensacionalismo, la fría y fugaz descripción de los hechos amortiguan la capacidad de reflexión y de percepción del tema como algo cíclico y sistémico.
Existe además el criterio de ciertos sectores que ven a la educación sexual y reproductiva como un riesgo en el sentido de que se puede estar promoviendo el libertinaje, que niños, niñas y adolescentes no están aún en edad de entender sobre “esos temas” y que se puede estar alterando esa edad pletórica de inocencia. Nada más alejado de la realidad. El secreto siempre ha sido esencial para la buena práctica del fraude, del abuso y de la superstición. Solo los hechos y la verdad cortejan la luz plena de la comprensión, que consiste en entender, explicar, predecir y poner en práctica. Desde luego que para ello necesitamos modelos sanos y un proceso acorde a las necesidades de cada etapa de la vida. Es decir, si un niño pregunta sobre la forma en que vienen los bebés al mundo, es porque está en capacidad de entenderlo, y sus progenitores, en la obligación de despejar sus dudas.
Más aún, a un adecuado diálogo y guía deben sumársele normas y recomendaciones para prevenir probables casos de abuso sexual.
Si en un hogar no hablan al respecto porque está prohibido, si en la iglesia dan a entender que es pecado, si en la escuela hablan únicamente de ciclos menstruales y órganos sexuales, si compañeros y amigos presumen de haberlo hecho, si en los medios lo exponen todo el tiempo, si es más fácil conseguir pornografía que un buen libro para aprender al respecto, si cuando lo buscas en Internet encuentras de todo menos información que aclare dudas y ayude a prevenir el VIH o un embarazo no planeado y si en los centros de salud te miran mal cuando preguntas, se comprende por qué la legislación y las políticas públicas avanzan tan lentamente en la salud sexual y reproductiva de la población: por el lastre de los prejuicios.

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