Dolor crónico, un problema de salud pública

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El dolor es una experiencia sensorial y emocional desagradable que todos hemos experimentado a lo largo de la vida en mayor o menor medida, éste puede estar presente como síntoma o consecuencia de múltiples enfermedades. De hecho, el dolor constituye la causa más frecuente de consulta médica, estimándose que dos de cada tres personas acuden al médico por ese motivo.
Una de las maneras de clasificar los síndromes dolorosos es atendiendo a su perfil temporal, distinguiendo entre dolor agudo y crónico.
El dolor agudo suele ser una advertencia, una señal de alerta dentro de un mecanismo de protección ante estímulos nocivos o lesiones corporales, que nos permite vivir en un entorno con elementos peligrosos que pueden provocarnos daño y cuando finaliza la amenaza o el estímulo el dolor desaparece.
En cambio, cuando el dolor y la respuesta que lo provoca persisten en el tiempo, pierde su valor de protección, transformándose en una enfermedad que puede tener un importante impacto negativo sobre la persona que lo presenta.
Por lo tanto, se dice que el dolor puede actuar como un amigo o un enemigo, donde el dolor agudo posee carácter protector, mientras que el crónico se comporta como una enfermedad. En ese sentido, este último es un problema de salud pública a nivel mundial y, al parecer, este fenómeno es similar en nuestro país.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), las estadísticas más recientes indican que una de cada cinco personas padece dolor crónico de moderado a grave, y una de cada tres no puede mantener un modo de vida independiente debido a las dolencias. Se calcula, por ejemplo, que entre la mitad y las dos terceras partes de quienes sufren dolor no pueden hacer ejercicio ni dormir normalmente, además de que no siempre son capaces de desempeñar tareas caseras o habituales, no pueden participar en actividades sociales, ni tener relaciones sexuales.
Asimismo, de acuerdo con un estudio realizado por la Asociación Mexicana para el Estudio y Tratamiento del Dolor (AMETD) en población geriátrica del país, 42 por ciento de ese grupo manifiesta dolor crónico. Dicho estudio indica que el dolor es un problema frecuente entre los adultos mayores mexicanos; la prevalencia aumenta conforme avanza la edad, es mayor en mujeres que en hombres y se asocia con un gran número de patologías, principalmente con el reporte de enfermedades articulares, cáncer, neuropatías, cardiopatía isquémica, enfermedad pulmonar, hipertensión, enfermedad vascular cerebral, además de fracturas y caídas.
Es importante considerar que la inversión de la pirámide poblacional promueve la presencia de condiciones degenerativas potencialmente dolorosas. Por lo tanto, el dolor crónico es una eventualidad que incide en los costos asociados con la atención en salud e interfiere con la calidad de vida del sujeto que lo padece. Además, su tratamiento inadecuado promueve el incremento no solo de los costos asociados con la atención en salud como consecuencia de las complicaciones resultantes de una analgesia ineficaz, sino también repercute de forma indirecta en el número de bajas e incapacidades laborables.
Por lo anterior, es importante un manejo adecuado y efectivo del dolor, el cual debe ser según la intensidad y el tipo, lo que implica un certero diagnóstico. Con respecto a la intensidad, el dolor puede ser leve, moderado o severo y para su evaluación cuantitativa existen diferentes escalas: verbales, numéricas, analógica-visuales y gráficas. En referencia al tipo, para su diagnóstico es necesario utilizar una clasificación fisiopatológica, la cual tiene importantes implicaciones respecto al posterior enfoque terapéutico. Básicamente existen cuatro tipos fisiopatológicos de dolor: nociceptivo (somático y visceral), inflamatorio, neuropático y psicógeno.
Por otro lado, el tratamiento óptimo del dolor crónico necesita un abordaje global con terapias farmacológicas y no farmacológicas. Entre los primero tratamientos existen analgésicos no opioides como los antiinflamatorios no esteroideos (AINE), analgésicos opioides y adyuvantes (antidepresivos y anticonvulsivantes). Entre las estrategias no farmacológicas pueden estar la rehabilitación física, la intervención psicológica, la modificación de conductas, la atención a la familia y hasta a las necesidades espirituales. Lo cual obliga a establecer estrategias terapéuticas para abordar el problema de forma integral, no solo por emplear diferentes terapias, asociar diferentes fármacos y vías de administración, sino por la necesidad de afrontar el problema integrando aspectos biológicos, psicológicos y sociales (modelo bio-psico-social).
Por lo tanto, para tratar el dolor es necesario que los profesionales de la salud estén bien capacitados, que la detección y el diagnóstico del trastorno sean exactos, que se proporcione tratamiento con medicamentos eficaces y se brinde educación al paciente, quien debe ser informado e instruido sobre su dolor para participar y co-responsabilizarse en el abordaje terapéutico, siendo necesaria su participación activa. Es en esta tarea donde pudiera reconocerse la labor conjunta entre médicos y farmacéuticos, además del personal de enfermería y psicología, ya que el manejo del dolor debe ser multidisciplinario. De igual manera, una terapia multimodal permite el uso concomitante de diversas modalidades terapéuticas simultáneamente, proporciona una analgesia más efectiva, reduce los potenciales efectos adversos al permitir un ajuste adecuado de las dosis y la frecuencia de administración del tratamiento farmacológico.
No debemos olvidar que el alivio del dolor es un derecho universal y, siendo el dolor crónico un problema de salud pública, es indispensable conocer sus causas y sus consecuencias para poder realizar intervenciones oportunas con el fin de prevenir o tratarlas, así como el dolor mismo. El objetivo es la reincorporación del paciente a una vida activa personal y laboral, recuperando sus relaciones interpersonales y sociales.

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