Llegado el cierre del siglo XX, el mero principio de un ateísmo sin más llegó a presentarse como una falla de concepto, extensión de aquello que de inicio fue arrojado desde la cima del supuesto nihilismo de Nietzsche; incluso Slavoj Žižek y John Mil­bank lo plantearon como “la monstruosidad de Cristo”, por una calidad tan abrumadora que apenas cabría imaginar que se puede huir de su nombre sin que en ello medie una consecuencia epistemológica.
Qué tal que la negación de un dios es precisamente el reconocimiento de su existencia; para decir que no está, primero debe admitirse que figura, así sea como planteamiento ontológico o demagógico.
Lo interesante es que, así como hubo una teología que en su momento fue universo exclusivo del pensamiento y sin ella no era tal, en la actualidad, se hablaría de un apetito por la existencia mediado por la experiencia del dolor –análogo al de la crucifixión–, para siquiera referir que lo humano se encuentra anclado en su correspondiente realidad y, gracias a ello, está vinculado por sus representaciones más íntimas.
Es decir, ese discurso que se creía abandonado y figura muy poco en conversaciones, ensayos y análisis, el de una iniquidad que para verse convertida en epifanía ha sido desprovista de todo relieve, el instante de una conciencia producto de la experiencia propia, ha pasado a último plano en el escenario del pensamiento y la filosofía contemporáneas, porque el hedonismo ya no precisa de la reflexión para identificarse consigo misma a través de ningún examen.
No obstante, esa necesidad de un estado de gratificación, de una constante placidez, precisamente representan la búsqueda del contrato niceno-constantinopolitano, de una extensión hacia la eternidad, de un instante que se proyectará indefinidamente al futuro, fórmula que retrata el credo del paraíso en la Tierra, pero de la misma forma, ya que no hay sacrificio, tampoco hay cambio ni se puede esperar una revolución de clase alguna.
Žižek, entre los autores más frontales y escandalosos de cuanta temática se pone frente a él, en El dolor de Dios, además de debatir la importancia de las percepciones ideológicas de Lenin y Trotski –que, a su vez, marcarían una diferencia de fondo en la construcción de una identidad social–, de la misma forma se vale de otra vértebra proveniente de la persecución que Dante experimentó en vida y lo condujo al exilio.
Gracias a que el autor fue objeto de una de las condenas más absurdas y que expusieron su vida, la escritura de La divina comedia a lo largo de su vida nómada, le impuso una serie de tareas no solo delicadas sino de tal modo ambiciosas, que ponen a su obra como una de las cúspides más importantes del ser humano. Entre otras, Žižek subraya: “No hay un dios en el paraíso porque el paraíso está en Dios, y por eso la visión de la Trinidad es importante para Dante” (refiriéndose a fe, caridad y esperanza, en las personas de Virgilio, Beatriz y san Bernardo). “El poeta pretendía articular un modelo de trascendencia ética presentando y evaluando el lugar de cada cual en la eternidad”.
Y, por supuesto, la simple idea de un canon religioso sin más, siempre ha pasado por ser una abstracción ociosa, sin idea de las connotaciones inscritas en ello. Cuando Arvo Pärt empezó a desarrollar su obra con la idea de la pasión de Cristo para articular la idea del sufrimiento como una necesidad explícita del credo cristiano, el compositor no solo fue criticado por su extrema postura religiosa, originario de Estonia y radicado en Tallin, el gobierno moscovita todavía social-comunista, vio en el creador una postura desdeñable.
Pero ese sería uno de los vértices fundamentales de la obra de Pärt, enfocado en la construcción tanto de universos musicales matizados por la idea del sufrimiento a partir de antagonismos de carácter humano (espiritual, ideológico, político…), hasta la conformación de otra etapa en su obra, desde donde concebiría la construcción de tríadas en 1976, con Alina, quizás el boleto de salida más relevante para el compositor, quien después de este disco, consiguió escapar del gobierno ruso, una vez asilado en Alemania.

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