Valeria ama a Jonás, su perro, sus padres le dicen que busque un novio y tenga una familia, que incluso ellos estarían dispuestos a apoyarla si decidiera tener un hijo (sin importar si se tratara de un desliz o de una inseminación artificial), todo con tal de que no esté sola. Ya tiene 33 años, no debe arriesgar la salud de su hijo. El tiempo no perdona. Ella se preocupa, frente a ellos no, al contrario, se burla cínica y hace comentarios contra el patriarcado y la vida convencional; les dice que no necesita un hombre, mucho menos a un hijo para ser feliz.

Desde que se mudó a ese barrio sale los domingos al parque donde hay un área contenida para perros, al principio llevaba un libro para evitar que la gente le hablara.

Quienes tienen perros creen que a todos les importa saber de marcas de alimentos, intercambiar números de veterinarios e incluso conocer las actividades para mascotas que ofrece la ciudad. A Valeria no le importan esas cosas, ama a Jonás, pero no necesita actuar como si fuera su hijo. Por eso mejor lee el libro, los perros unen a las personas de maneras muy extrañas. No fue así con Arleth, ella también acudía al parque los domingos acompañada de un perro criollo, Ciro, quien podía pasar minutos enteros persiguiendo su cola y ladrando a su sombra. Se tantearon de lejos, Valeria contemplaba a Arleth que pasaba varios minutos tomando fotos del perro.

Los siguientes domingos Valeria, sin darse cuenta, buscaba a Arleth y Ciro entre las personas instaladas dentro del parque. Era una especie de seguridad compartida la que buscaba. Dejó de llevar el libro y comenzó a reírse con las persecuciones de Ciro. Una sonrisa, dos palabras, saludos casuales que terminaron con conversaciones superfluas sobre la ciudad y sus problemas. No hablaban mucho de su vida, se enteró que era abogada y trabajaba desde casa, que tenía mucho tiempo sin novio, que su familia vivía no muy lejos de ahí, Valeria le contaba sobre los libros que leía, calculaban que los perros se cansaban y andaban juntas el camino de regreso a casa. Un par de edificios las separaban.

Esa tarde vieron a los perros correr, cansarse, no era tarde, aunque ya estaba oscuro. Valeria se despidió en la entrada de su edificio, levantó la mano, se dio la vuelta para tocarle al portero.

Fue entonces cuando escuchó el chirrido de las llantas, Ciro ladró antes de salir corriendo hacia donde estaba Valeria, se inclinó a recoger la correa cuando una camioneta blanca aceleró a su lado. Miró en todas direcciones sin encontrar a Arleth. Algunos se acercaron, dijeron, en tonos confusos, que alguien se había bajado de la camioneta blanca, nadie había visto las placas, ella ni siquiera gritó, salieron dos hombres, la subieron al coche, el perro salió corriendo, ese perro venía con ella, señalaron a Valeria, llamen a la Policía, nadie conocía su nombre, al menos no su nombre completo, tocaron a la puerta de los vecinos, pero no tenían más datos. ¿Por qué no salieron, por qué no la ayudaron?, les preguntó Valeria, porque no sabemos qué pasa, porque no entendemos nada, porque nos puede ir peor. Ya va a llegar la Policía. Pero qué le decimos, nada, la verdad es que yo tengo familia, no me quiero meter en problemas, no quiero involucrarme. Quien sabe en qué estaba metida. Además, siempre se vestía de falda corta. Y vivía con su perro que ladraba un buen rato cuando lo dejaba solo. Bien sabíamos cuando no estaba.

Valeria escuchó los argumentos confusos, sostenía a los dos perros cuando el policía llegó a escuchar lo que todos los demás decían. Cada vez eran menos personas. Es que toma mucho tiempo dar una declaración, dijo otro. Y las cámaras, ¿por qué no revisan las cámaras? Nadie tiene una foto, no la conocen lo suficiente. Pero no hay delito porque no están seguros si ella se fue por gusto, por ganas, a una fiesta, qué tal si era su novio.

Solo queda esperar, déjenos sus nombres para contactarlos y sus teléfonos, aquí en esta la libreta, dijo el oficial sacando un block de notas arrugado que estaba en la puerta de la patrulla. Valeria ahí, aturdida, con los dos perros, regresó a su departamento, marcó el teléfono que estaba en la placa del perro, nadie contestó, empacó una maleta y se fue de ahí por miedo.

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