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Malinelli Ríos

Recién me divorcié, tuve mi primer hogar de mujer moderna en la popular San Cayetano. Sancayetas, la Santa calle. Antes de los tiempos de ostentación, esta zona fue un solar poblado por magueyes y nopales. Hoy, vista desde algún laberíntico puente, ofrece un retrato tan mexicano como contemporáneo: casas sin el sobreestimado piso firme a unos metros de la zona plateada. Fuertemente conectada con Venta Prieta, El Tezontle, Santa Julia y El Palmar, tiene dos áreas principales, una que está a espaldas del centro comercial más “in” de Pachuca y la opuesta, en el bulevar Colosio. El tianguis conecta ambas de extremo a extremo, a través de Cofre de Perote. Del lado que conecta con el centro comercial se levanta inusitadamente un templo de lujo: es la iglesia de los santos caminantes rastafari de los últimos días de vacaciones. Esta construcción resalta por su impecable apariencia y sus áreas verdes. El domingo, las familias de fe se congregan ahí con ropa clara y formal. Mujeres de larga falda, niños limpiecitos. No estoy segura si es ahí final o principio del tianquiztli, pero será ahora nuestro punto de partida. La noche del sábado no suele ser tranquila. Se escucha la fiesta en casas y camionetas. Cerca de las cuatro de la madrugada del domingo comienza el murmullo. Se levanta el tianguis como un mosaico de lonas: rojas sobre jitomates, amarillas sobre guayabas, azules para discos y películas, anaranjadas para la comida y estampadas para la ropa. A la venta los productos clásicos del mercado: hierbas, verduras, quesos, embutidos, semillas. Se mezcla el sonido de la banda norteña o reguetón lento con las películas que prueban en los puestos y músicos callejeros. A pie se ofrecen mitades de melón con nieve y chamoy, té de limón, bolsitas de nopales, cerillos. Los puestos de comida se llenan de familias, trabajadores uniformados del centro comercial en su hora de comida y paseantes con vaso blanco escarchado en mano. Mis locales favoritos son el del pan de Calnalli y los de ropa de paca. Se venden también juguetes viejos, figuritas de la Santa Muerte, herramientas, inciensos y artesanía. Una escena que me cautivó fue cuando ocuparon una parada del novel sistema de transporte para instalar un muestrario de bolsas. Estuve ahí justo cuando entraron las rutas alimentadoras. Era divertido porque al trazarlas no pensaron en el mitote dominical, por lo que el microbús perdía su elegancia enredado en un mundo de lazos, palos y lonas. En “sancaye” mucha gente habla náhuatl, incluso, en la parte más alejada de la carretera, llegué a ver personas descalzas. Mis vecinos eran gente que “siempre está trabajando”: acomodando cajas, descargando la fruta, pelando pollos, llevando y trayendo de la primaria a la descendencia uniformada de café o rojo que todavía juega en la calle. Aun cuando la noche de domingo era la más tranquila, siempre había algo afuera, sobre todo me llamaba la atención cierta presencia: una roca. De tamaño justo para sentarse en ella, pero pesada para moverla; nunca comprendí su propósito en esa esquina. Cuando un conductor ebrio la lanzó contra un saguán, los vecinos la colocaron de nuevo en su lugar. Pregunté por ella a un oriundo: “Siempre ha estado allí”, fue su respuesta. Mismo caso el de cascarones de viejas televisiones apilados en una esquina, o el de la vistosa carrocería de un auto montado en una barda como umbral de un taller mecánico. Es hora de dejar que muera la tarde. Así, como un oasis entre zonas residenciales y tiendas departamentales, se sostiene el comercio tradicional mexicano en San Cayetano: a grito cantado, a pruebas de pan de feria, a cucharadas de mole artesanal; “güerita, ¿qué va a llevar?”

La zona

  • Del lado
    que conecta con el centro comercial se levanta inusitadamente un templo de lujo: es la iglesia de los santos caminantes rastafari de los últimos días de vacaciones. Esta construcción resalta por su impecable apariencia y sus áreas verdes. El domingo, las familias de fe se congregan ahí con ropa clara y formal. Mujeres de larga falda, niños limpiecitos
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