La viejilla abuela con su comitiva de asnos daba vueltas a las cuatro fuentes del monumento a Hidalgo en la plaza principal, plaza Real, plaza Mayor, plaza de Mercaderes, hoy plaza Constitución, en esa sexta década del siglo XX, lo mismo al pulcrísimo y artístico quiosco de las músicas, lado sur de la plaza, al mirar sus líneas de las artes decorativas y recorrerlo “escuchaba música”, así decía ella, el eco de la majestuosa Banda de Charros del estado, oía el Huapango de Moncayo, el Vals sobre las olas de Juventino Rosas, Juventud dorada de E Walteuftl, Obertura de Litoff, el Trovador, Gran fantasía de Verdi o la Danza habanera de A Cuesta. También recordaba con gran nostalgia, complacencia y deleite las tandas musicales de principio del siglo XX en el salón Blanco o en el salón Cruz Verde ubicados al poniente del puente Simón Cravioto- Ocampo.
Por los costados de la plaza llenaba el lugar de suspiros y una que otra lágrima, ahí la vieja con sus séquito enfilaba al lado sur de la añeja plaza Mayor, le agradaba ir al alcance de las huellas de la historia de la villa de argento, buscando la raíz de nuestro pasado minero, se topaba con las sombras de los desvanecimientos del legado y herencia de nuestros viejos, sobretodo gritaba gimoteando “¡en esta plaza principal, la Real, tan descalabrada desde su fundación!”. Enfilando al lado sur, caminaban por el hermoso y bucólico enlosado adoquinado magistralmente con delicados golpes de cincel y martillo, arrimándose a lo sombreado de agradables fresnos, en tanto los sátrapas pelones se apoderaban montándose de las frescas bancas de fierro vaciado tipo Encarnación de don Honey, pues no querían estar sobre el empedrado caliente de la calle de piedras calcinantes por el ardiente Sol de primavera que casi despedían fuego.
Puedo asegurar, indicaba la anciana mujer, que en el segundo tercio del siglo XX no había familia en el mineral de Pachuca, humilde o pudiente, que dejase de venir al centro al mero portal, a la plaza, al mercado, a misa, a las serenatas o a las audiciones de los domingos. Era lugar de encuentro de familias, de pláticas, saludos, reverencias, alianzas, presentaciones, del sabroso taco placero, entre muchas otras convivencias, los que tenían algunas posibilidades hacían la peregrinación con sus mejores zapatos, vestimentas, sobreros, sombrillas, abanicos, relojes y leontinas. Venía toda la familia aún que se compusiera de más de 10, “desde la abuela, la tía, hasta el perico y el perro”, era lo que mentaba la viejecilla. Los labradores, los trabajadores, los mineros de escasos centavos y aún los olvidados llegaban caminando de las vecindades, cuarterías y barrios al poniente y oriente de la plaza, de prisa, algunos descalzos, otros de huaraches de correa o tapa y llanta tecatcli, los demás con botas mineras aceitadas o bien lustradas y hasta los chamacos “paquines de llanta”, vestimentas desde calzón de manta, mezclilla o gabardina, hasta andrajos cubiertos de remiendos.
Al lado sur de la incipiente plaza principal se fincó, se levantaron comercio y habitación de gruesos adobes y altos muros, lo primigenio de ventas en el mineral, españoles ofertantes de todos géneros “conquistadores de teta y nalga”, la plaza principal se vio limitada por estos comercios. Fuera de los límites no debían, ni podían, poseer propiedad los ibéricos según carta de cabildo del virreinato novohispano, en algunas ocasiones se anularon mercedes de los solares que se les había otorgado fuera del plano o traza.
La abuela informaba que desde los primeros años de la villa minera se vieron en ese lugar muchos artículos, desde los más indispensables, hasta llegar a ver en 1949 venta de automóviles atrás de un aparador en la esquina calle Hidalgo con la Plaza en flamante local del señor Reberter, en contra esquina del lugar que ocupó el concurrido cajón de ropa Al Puerto de Liverpool, que se cambió de los portales en octubre de 1910, pues se anunció que los hijos del señor Leataud se cambiaban a su nuevo local “frente al exhotel San Carlos en la plaza 5 de Mayo” se promocionó que el “local que ocupará Al Puerto de Liverpool es de lo más elegante de la ciudad, esquina de Hidalgo y Ocampo”.
De esos españoles que se fincaron en las ventas fue don Fernando Pontigo y Cia, con ultramarinos finos, que después sería El Puerto de Llanes del señor Ballina en calle Morelos esquina con la plaza Mayor. En 1881 estaban en esa parte sur de la antigua plaza Real en la esquina sur poniente La Antigua Sevillana, seguida de la tlapalería El Girasol, la dulcería La fuente al lado de la Zapatería de calzado fino y el emborrachadora en la referida esquina de Morelos.
La abuela aseguraba que la parte sur la formaban dos propiedades. En la que hace esquina con calle Hidalgo se fincó en 1937 un nuevo edificio también de las artes decorativas, como el destruido quiosco-pérgola, que engalanaba a la plaza, finca propiedad de Don Guillermo de la Concha construido por destacado profesionista extranjero autor de hermosas fincas de por 1923 a 1937 en la ciudad. El local más pequeño lo ocupa la dulcería El Centavo de doña Eulalia Zacatenco instalado ahí en 1939, se vio también en la otra finca la petrolearía de don Quintero en donde anunciaban “petróleo diáfano para las estufas a un centavo” y a un costado el local de ventas de la señora Bermejo ofreciendo recipientes; tinas, cazos, botes de leche, embudos, todo lo relacionado a láminas troqueladas.
Cascabeleando, gobernar es un arte, saber comunicarse lo es más. Se va del gobierno el del viejo “método del ensayo y error” aplicado en su administración, ha llegado la hora del balance de actuación, el termómetro 5 de junio, valió el voto de cemento, láminas y dinero.

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