Don Rogelio 1

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Juan Antonio Taguenca Belmonte

K, ante la mirada atenta de su mujer, empezó a leer su primer cuento de otoño. Su voz al principio era nerviosa y no daba con el acento adecuado para hacer interesante su historia. Pero pronto encontró el tono y el timbre necesarios para atraer la atención de M. Volvió a empezar más seguro de sí mismo.
“Don Rogelio era el nuevo aprendiz en la farmacia, lo que podría llamarse el muchacho de los recados, aunque la palabra muchacho no estaba muy bien empleada en ese caso. Rogelio tenía 80 años cumplidos y bien aparentados en su cara llena de arrugas.
“¿Que por qué lo habían contratado tan viejo y tan bueno para nada? Es lo que preguntaban todos sus compañeros de trabajo, quienes en su totalidad no sumaban su edad, Merche tenía 17 años, igual que Tomás, su pretendiente. Zacarías, el jefe de todos ellos tenía 22 y Marisa, la más amable de todos y todas las que llegaban por allí, era la más vieja hasta su llegada, tenía 24.
Entonces, ¡cuál no fue la sorpresa de los empleados cuando les llegó de compañero semejante vejestorio! Al principio creyeron que era una broma de mal gusto, sobre todo cuando la bata, por más que insistiera don Rogelio, le quedaba colgando en sus purititos huesos sin carne.
Al paso de los días, el verlo ahí, siempre dispuesto para lo que le mandara cualquiera, empezaron a tenerle rabia por esa sumisión perpetua, que para nada creían cierta. Entonces creyeron que era un espía que iba a dar unos informes malísimos de todos ellos y que por culpa de ellos y de él perderían esa chamba que tanto les convenía.
Como nada pasaba y el tiempo seguía su curso, el rumor del espía y la rabia al sumiso dieron lugar a la indiferencia, que era más penosa para el pobre de don Rogelio que el interés malsano que habían sentido por él hasta entonces. Fue Merche la primera que intentó acercarse con una actitud amistosa, aunque con excesiva precaución.
“Don Rogelio, ¿qué hace usted aquí?”, le preguntó con la llaneza y franqueza propias de la juventud, que el viejo había olvidado desde hacía mucho tiempo entre los intrincados laberintos de una vida demasiado larga.
“Por favor, muchacha, no me trates con tanta deferencia. Somos compañeros de trabajo”, “¡no!” Le sonrió casi con picardía, lo cual hizo sonrojar a la joven. “¡En verdad lo somos!”, exclamó la joven con inquietud. Su rostro repentinamente apareció pálido.
“¡Acaso lo dudas! No ves que visto esta bata igual a la tuya todos los días y que todas las tardes voy en busca del café como todos ustedes”, señaló el hombre con voz envejecida. “Eso puedo verlo. Tengo ojos para ver lo que hace. Lo que me preocupa es lo que no le veo hacer. Lo que me preocupa es que es usted demasiado culto para estar aquí. Se nota que es un hombre de mundo taunque intente disimularlo. Además, sus manos son demasiado pulcras, demasiado bien cuidadas para un sirviente. Yo diría, y creo que no me engaño, que es usted un gran señor.” Sonrió al decirlo.
“Te equivocas niña y te equivocas del todo. Si fuera lo que tú dices, ¿crees que estaría aquí de sirviente?”, le contestó con firmeza el aciano. “Sí, eso no cuadra. Pero hay mucho bicho raro en este mundo y como dicen en mi casa: “caras vemos, corazones no sabemos”, aunque su cara con tanta arruga no deja ver nada y su corazón tengo la impresión que es como una caja fuerte”. La muchacha ya no sonreía al decir estas palabras.
“¡Ya dejen de hablar tanto! Ni que esto fuera un programa de radio”. Gritó desde su oficina el jefe Zacarías. “No es nada don Rogelio, no se preocupe. Zacarías es un patán, pero no se lo diga.” La joven le guiño un ojo, el que no era de cristal.
“El viejo miraba alejarse a la joven. Su boca expresaba una incógnita y su mirada era extraña, expresaba un misterio. Tomás, que había observado toda la escena desde lejos captó esa mirada en su profundidad y se estremeció. “¿Quién sería ese viejo zorro de Rogelio?, desde luego no era quién decía ser”, pensó…

Continuará…

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