“El tiempo pasaba tranquilamente. A veces llovía, a veces hacía sol. Las miradas eran lánguidas y las del viejo de águila de Imperio eran enigmáticas, como si de veras guardaran un secreto grueso detrás de la descarnada cáscara arrugada que tenía como piel, o mejor dicho como escudo protector.
“Sus compañeros, después de varios días en que se la habían pasado especulando sobre su presencia, siempre para mal, se habían habituado por fin a ella y ahora lo ignoraban, como si el miedo anterior hubiese dado paso a un desinterés profundo interrumpido ocasionalmente por el encontronazo físico en el estrecho pasillo de detrás del mostrador. Entonces lo miraban con rabia por un instante y le lanzaban un exabrupto sin atender a su edad ni pararse, apurados en su búsqueda del medicamento que el cliente de turno había solicitado con urgencia.
“El hombre que llegó a la farmacia era malcarado y misterioso, llevaba un sombrero negro de ala ancha que ocultaba parte de su rostro que estaba surcado por arrugas profundas. Una cicatriz apenas entrevista le daba un aspecto siniestro. La bufanda, del mismo color que el sombrero, tapaba su boca, haciendo de su voz un susurro apenas distinguible. Preguntó por el anciano don Rogelio con demasiada familiaridad. A la joven Merche el hombre le dio mala espina y decidió mentir.
“No se encuentra, caballero. ¿Quién le digo que lo buscó?” El hombre emitió una especie de gruñido ininteligible y se dio la vuelta. Al llegar a la puerta se bajó la bufanda y gritó para que se le entendiera perfectamente: “Dígale al señor presidente que volveré a buscarlo”.
“La muchacha quedó petrificada ante esas palabras tan inesperadas, no creyendo lo que tan claramente habían escuchado sus oídos. Antes de que pudiera reaccionar, el hombre de aspecto siniestro, que vestía muy elegante, ya había salido quién sabe adónde.
Unos ojos grises como el aire de afuera no habían perdido ningún detalle de la escena acontecida.
“Don Rogelio, ¿qué hace ahí? ¡Tan desocupado como siempre! Póngase a trabajar y deje de estar husmeando en lo que no le incumbe”, gruñó el jefe Zacarías, quien recién despertaba de su larga siesta de las 4 de la tarde. El viejo se limitó a sonreír y alejarse.
“Empezó a llover con fuerza y el viento se convirtió en un ulular continuo que todo se llevaba. Hubo que cerrar puertas y ventanas antes de que las medicinas volaran en busca de los enfermos que las necesitaban y no tenían dinero para pagarlas. La luz se fue y no había nada que hacer para matar el tiempo.
“Don Rogelio propuso contarles una historia, y ante la perspectiva de que a todos los aprisionara la melancolía que surgía de la voz del viento decidieron prestarle atención, al principio sin muchas ganas.
“Verán ustedes -comenzó a contar con buena voz de actor, acompañado por el ulular del viento y el sonido de las gotas gordas de lluvia golpeando la ventana: el general entró en la cueva con paso seguro, se detuvo en la rivera del lago que allí había y se desnudó sin prisas colocando sus ropas en una especie de altar que emperadores antiguos habían construido mucho tiempo atrás.
“Las colocó bien dobladas y en orden, como correspondía a su disciplina militar. Se lanzó al agua cristalina con un ligero impulso de sus fuertes muslos y brazos. Se sumergió en ella por horas, intentando pescar con sus propias manos los peces dorados de cara de luna que valían una fortuna. No lo logró, eran demasiado escurridizos.
“La noche era cerrada cuando salió de la cueva todavía desnudo. Se sentó en la entrada en una gran piedra y se puso a reflexionar, iluminado por la luz de las estrellas, sobre la fragilidad de los sueños. Al amanecer lo encontraron muerto, sus ropas estaban hechas girones. La lengua azul de los ahogados en sed, los ojos brillantes.
“Este hombre ha muerto alunado”, dijo el soldado que lo encontró, un hombre del desierto que sabía de esas cosas. “Sí, estas tierras son así, inmisericordes con los extranjeros. Los matan de sus propios sueños”, replicó el padre Morales santiguándose. Siguieron su camino dejando al general francés atrás, en su sueño eterno, mordiendo el polvo de su propia gloria.
“La historia había terminado, pero en la oscuridad de la farmacia todos permanecían callados, adheridos a un silencio sagrado. El viento y la lluvia habían cesado y un rayo de luz gris se coló por una rendija de la puerta cerrada…
Continuará…

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